Día 6 de confinamiento: de garbanzos y otras noticias menos halagüeñas

Hoy hice unos garbanzos que para qué (ver la foto abajo). ¡Ni las cinco estrellas de Michelin! A unos buenos garbanzos no pueden faltarles chorizo español, patatas, ají, passata de tomate y el correspondiente sofrito, en el que hierbas aromáticas, ajo, cebollas y hasta el comino en granos que traje de la India el año pasado estuvieron presentes. Hay gente que les echa calabaza y no sé cuántas cosas más, pero mi receta es la mía y creo que tampoco es un ajiaco cubano. Así que me limité a mi receta de siempre, pero como el tiempo sobra pude esmerarme.

El año pasado, estando de vacaciones en pleno mes de julio en el dominio vinícola de un amigo en Florensac (Languedoc) hice los mejores garbanzos de mi vida. Resulta que ese amigo es propietario de una hermosa “masía” (el equivalente de los cortijos andaluces o de las dehesas extremeñas, pero en esta parte de Francia llaman así y en la Provenza francesa “mas”). Este amigo alquila sus campos a los productores de vino y a otros campesinos. Uno de sus lotes se los alquila un conde (de esos que solo conservan el título y el apellido kilométrico) quien decidió ponerse a cultivar garbanzos. Como en Francia el Gobierno da subvenciones y ayudas a cualquier parvenu que se lanza en proyectos agrarios (entre otros), el susodicho conde se dio a la tarea de sembrar garbanzos, pero como lo único que le interesaba era cobrar la subvención del Estado, una vez que obtuvo el dinero abandonó el campo. Entonces, las plantas de esta gramínea tan mediterránea crecieron a la buena de Dios, sin fertilizantes ni intervención alguna por parte del hombre.

Mi estancia en Florensac coincidió con el periodo en que los garbanzos ya estaban listos para la cosecha y mi amigo me comentó que en poco tiempo vendría el conde con un tractor para arrasar literalmente con las plantitas, sin importarle recolectarlas ni hacer nada con sus frutos. En mivida nunca había recogido garbanzos y para ser franco ni siquiera sabía a qué se parecían las plantas en cuestión. Ante la amenaza de aquel acto bárbaro de arrancarlas sin apenas salvar los granos agarré un recipiente y con mi amigo Pierre nos fuimos al terreno a recoger los granos.

Decir quiero que recoger garbanzos no es tarea fácil. Al principio muy bien, pero cuando pasas diez minutos, ya sea agachado o inclinado o arrastrado, no hay quien aguante la posición, y menos bajo el sol reverberante del sur de Francia en esa estación del año. Así que me conseguí una sillita plástica que fui arrastrando por los surcos en lo que recogía los preciosos granos que vienen envueltos en un capullo. La plantita es espinosa, así que hay que tener cuidado para limitar los cortes.

Recogimos una palangana de aquellos granos y nos sentamos luego con nuestros amigos, debajo del pinar que rodea la casa, a sacar los granos de los capullos (una vaina translúcida para cada garbanzo). Decir quiero que nunca he comido un potaje de garbanzos tan delicioso. No cabe duda de que eran auténticamente orgánicos y ésa, y no otra, la razón de tan exquisito sabor, amén de mi sazón, modestia aparte. De tan naturales y buenos ni siquiera arrojaron espuma como sucede con los que se compran en mercados y tiendas. Los que hice ayer en Niza no quedaron igual, pero clasifican entre los cinco mejores que he hecho.

Otrosí: ya nos acercamos a una semana de confinamiento. Tengo tres amigos con el COVID-19. Una joven de menos de treinta años y dos escritores mayores. De los tres hay uno que creo no la está pasando bien y su vida pende de un hilo. El hecho de conocer a tres personas enfermas me da la medida de que esto no es broma.

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