“Viajeros” Diez poetas hiperbóreos

Viajeros

Primero, agradecer a la escritora María Eugenia Caseiro, quien desde Miami tuvo la feliz idea de publicar este muestrario de poesía de diez poetas que ella llama “hiperbóreos” y que no paran de viajar por el mundo, a veces físicamente, otras gracias a su imaginación.

En el poemario aparecen, siguiendo este orden, poemas de: Mireya Robles, Jesús J. Barquet, Lilliam Moro, Jorge L. García de la Fe, Maya Islas, Alberto Lauro, María Eugenia Caseiro, William Navarrete, Karyon Kuma y José Luis Santos Muñoz. El prólogo lo escribe desde Cárdenas (Cuba) Alberto Abreu Arcia y la editorial es Arjé, en su colección Ápeiron d Poesía.

Agradezco a María Eugenia la oportunidad de publicar algunos de mis poemas de la India, de los cuales dejo aquí dos con las imágenes del momento en que nacieron. Además de la portada y el enlace para encargar el poemario.

Viajeros. Diez poetas hiperbóreos. Ed. Arjé, Florida, 2019

VIAJEROS.Caratula

VIAJEROS.Contratapa

 

Poemas de la India, William Navarrete

 

Los ghats de Pushkar

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a Emmanuel Arbaretier

Para acercarse al lago sagrado de Pushkar

hay que dejar los pies desnudos

y olvidar cualquier remilgo,

caminar sobre postillas que apestan

sobre esos ghats que bajan hasta el agua,

heridas abiertas por siglos de clamor,

de gracia, otros dicen que de fe, tal vez,

de lo que sea, escalones más pútridos que el lago

donde practican abluciones los locales

y los turistas bobalicones de trencitas, abalorios y bombachas.

En Pushkar los peaceandloves se sienten como en casa,

los dromedarios no pueden dar un paso más

hartos de cargar con tanto imbécil,

los monos te mangan la comida en un descuido

y hay que ponerse duro, desafiante,

porque te rozan la cara con sus uñas,

y el petit garçon del Sunset Café lleva a tu mesa,

burlón, el peor té masala del planeta

y te dice que el crepúsculo tiene un precio,

mientras suenan los tambores huecos de más alternativos

como matracas tristísimas

al viento de este mundo.

 

La música del viento en Hawa Mahal

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En el Palacio de los Vientos de Jaipur

detrás de su fachada agujereada

cuando los últimos visitantes se retiran

se oye entre las celosías rosadas

el frufrú de ricas sederías rozar

los peldaños en que pacientes esperan

todavía mil doscientas concubinas

a que la vara enhiesta del marahajá

más rico de todo el Rajastán

las cubra de joyas, monedas y títulos

por cada gemido que en sus oídos suene

como las notas de su balada preferida.

 

Especias de la infancia

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a Rosa Hernández Almira

En Udaipur hay mil mercados en uno solo.

Me siento entre los sacos de especias,

entre montañas de comino, cúrcuma y cardamono.

Se toma el vendedor todo el tiempo del mundo.

Yo soy su rey, mío es también su reino,

huelo, siento, hablo, miro, palpo, vivo.

Me extiende una tacita de humeante té.

Me cuenta cualquier cosa, de su padre,

del mercado de otros tiempos, de la lluvia.

Me invita a hundir los dedos en los olores.

Me emborracho de belleza, de pasiones,

me llevo en el olfato el corazón de la ciudad.

Lo paladeo lento ya en París, aún sonriente.

Y pienso que entre aquellos sacos de sabores,

el tiempo discurre como antaño.

Me veo de niño ante el fogón de mi abuela.

Paladeo la delicia del tiempo reencontrado,

la sabiduría ya perdida para siempre.

 

El chofer del tuck-tuck

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Para Pierre, cómplice en desentrañar el mundo

De entrada, el inevitable regateo

y como un endemoniado, un resorte,

Bhuvan, el chofer del tuck tuck,

devora con su artefacto de juguete

la humareda de las amplias avenidas de Agra

donde yace en cuclillas la gente como animales.

En invierno no se sabe

si la niebla es un manto de impurezas

o toca porque enero es el mes de las gotas suspendidas.

A la altura del puente sobre el  Yamuna raquítico,

invisible, triste, hediondo, una fisura entre dos sueños,

Bhuvan desafía a su universo,

autobuses, carretas, la cara criminal de un pasajero,

un grupo de monos brincando de auto en auto,

el mundo que da ganas de salir gritando,

de llorar sin parar hasta llenar el cauce

de ese río que parece nunca fue,

el ruido ensordecedor de mil rutinas, de lenguas, de creencias

adornadas de saris, mil colores, pedazos de cuerpos

apenas sostenidos por los brazos, muñones

y reflejos de almas reencarnadas en carnes de dolor,

el puente gritando, el tuck tuck girando,

adelantándose al pastor con sus ovejas,

malabarista entre la mugre, malabarista de la muerte,

que ronda el precipicio, volcándose un remorque de estropajos

que nadie ayuda a recoger porque ese puente

hay que cruzarlo a todo precio,

so pena de volverse costra en el asfalto,

mientras corta Bhuvan entre dos rastras cargadas de

animales despavoridos, tan asustados como yo,

ya casi en otro mundo, mirando en la orilla

a unos niños que juegan sonrientes

y a unas viejas agachadas que soplan sus lumbres,

mientras aquel cacharro trepidante,

va venciendo la nada, lo engulle el tiempo,

recorre raudo entre chozas esmirriadas

el tramo que nos queda hasta Mehtab Bagh,

un jardín quimera o maldición del tiempo detenido,

desde la orilla opuesta al pétreo resplandor de los amantes,

la bruma cerrándonos el paso,

Bhavan orondo, gozoso, por su hazaña,

las verjas del jardín cayendo tras mi paso

porque el guardián cumple con celo los horarios,

el templo del amor del otro lado, envuelto en velos,

los naranjales, los rosales, luz de perla,

un animal desconocido que viaja hacia el ocaso

y atraviesa regio el lecho del Yamuna,

mis brazos abarcando los cuatro minaretes

flotando entre las lágrimas que empañan la memoria,

las aves libres, los seres unidos en un beso,

el día y la noche fundidos como amantes de otros tiempos,

Bhuvan sonriente, esperando del otro lado de las rejas,

vencedor de todas las miserias, creador de todo el universo.

 

Vagón de primera clase

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Salimos de Ajmer

el mismo polvo, los rostros agrietados,

Icham que juega con un globo

sin importarle el pez de plata

que se desgrana en los cristales

danzando en cada sacudida

de este vagón-Babel, camino de Chittorgarh.

 

El mundo se desteje

desde este cuadrilátero que rueda sobre rieles,

un ruso de Siberia, un coreano que habla chino,

el globo de Icham cambia de bando,

dos brasileras le dan un manotazo

y un griego con los ojos de Ulises

ha dicho que nació en Comodoro Rivadabia

y le cuenta a una francesa la historia de su abuelo,

buscador de petróleo en Patagonia.

 

El pez de plata se encabrita

lo zarandea el trote sobre rieles,

quedan atrás los campos amarillos,

la colza, el lodazal, y unas misteriosas lucecitas,

las vacas famélicas deambulan por los trillos

con cara de llorar todas las noches,

cuando el silencio le arrebata a las mujeres

maridos, vida, los gemidos

y sus miradas clavadas en este tren inalcanzable.

 

Tanto país abruma, tanto cielo,

hace rato que Ajmer se evaporó

devorado, como todo, en una madeja de recuerdos

y el globo de Icham que no ha parado ni un momento,

el pez de plata desmadejado en el espejo,

perplejo ante su propio decaimiento,

y la luna mordisqueando, leve, nuestras sombras en el barro.

 

La poesía de Delhi

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En Nueva Delhi el metro es terapéutico.

Viajo de Janpath a Lal Qila y al salir

vuelvo a abrirme paso entre las inmundicias

hasta encontrar refugio en el Fuerte Rojo.

De vuelta, tomo aire y cuento hasta cien

para emerger una vez de esta dulce entraña,

donde brilla el suelo de los pasillos desiertos

para encarar bostas de vaca, humaredas de fogones

un mundo frágil e improvisado en los parterres ingleses

de Connaught Place, y la misma cantaleta de

… te llevo a cualquier parte, al fin del mundo.

 

La línea amarilla, especialmente cuando pasa por Chawri Bazaar,

e incluso más al sur, es el paraíso bajo tierra,

la antítesis perfecta de lo que está ocurriendo afuera,

y qué decir del refugio subterráneo de Nehru Place,

cuando late la plaza con el pulso desbocado del mercado,

repleta de mustios tenderetes de porquerías chinas

y multitudes taciturnas que nunca han visto el mar

e ignoran que el silencio puede retumbar en los oídos.

 

A las mujeres solas le reservan un vagón de ensueño,

el edén mismo si no fuera porque se les ve tristes

pues andan solas por la vida,

y a veces llevan niños cogidos de la mano,

y huyen de la mirada lasciva de hombres

invisibles como lobos hambrientos

en los vagones donde se apiña el olor de la manada.

 

Luego, para visitar la tumba de Hamayun,

un vastísimo palacio ya casi olvidado

hay que salir en Hazrat Nizamuddin, línea magenta,

y atravesar manzanas con choferes que esperan

ojerosos las órdenes de sus amos ausentes

y poner cuidado en no cruzar de un lado a otro

porque apenas dos calles hacia el este

legiones de leprosos en harapos tienden sus manos al cielo

para alimentar con semillas a las aves peregrinas.

 

Se está mejor en el oasis de estos túneles,

en el frescor de estos suelos de mármol,

entre personas que tienen con qué pagarse el viaje,

ajenos al tumulto, a la mugre que cubre hasta los ojos

de las bestias que pastan silenciosas donde quiera.

 

Y sin embargo, es afuera, donde germina y canta toda la poesía.

Donde la India se convierte en tu novia de por vida.

 

La India desde lejos

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a Didier Laporte

En Pioch Ramond solo el coro de cigarras

y el viento tramontano que azota los pinos

perturban el silencio de las tardes.

 

El sol abrasa las viñas que descienden

como un ejército al toque del clarín

y el gavilán centinela abandona su escondrijo.

 

El cuerpo de la India adolorido se evapora

como el recuerdo irreal y a destiempo

de una flor que surca el lago de Udaipur.

 

Pero aún aquí, las cornejas son el terror de las palomas,

la carabina de Roger expande púlvora en el aire

y puede desatarse una tormenta.

 

En Pioch Ramond puede surgir la India

intempestiva, porque la India es el riesgo de los hombres

tras su breve paso por la vida.

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