El Principado de Liechtenstein

© Fotos: William Navarrete

El Principado de Liechtenstein es uno de los micro-Estados europeos con el que sueñan todos los que no son europeos. A él llegan miles de turistas chinos con la ilusión de enviar a sus comptariotas, desde el Correos de Vaduz (la capital de esa pequeña porción de territorio soberano) una tarjeta postal como prueba de que allí estuvieron. De hecho, entran en el Correos como locos, compran los sellos, escriben las tarjetas y salen, de nuevo como locos, con esa prisa china que es insoportable, sin echar una mirada a la interesante colección del Museo Postal, que es una de las instituciones (junto con los bancos libres de impuestos) de este reino extraño entre Suiza y Austria, y orillas del río Rhin:

 

(a la izquierda el Ayuntamiento, a la derecha dos imágenes de lo que puede apreciarse en el Museo Postal de Vaduz)

Vaduz tiene varios Museos. Como el país es inmensamente rico les ha dado por comprar obras de arte, muchas de ellas modernosas y a mi juicio de poco valor, aunque el valor, lo sabemos, lo inflan la especulación y los coleccionistas ávidos de subir el precio a piezas que, en realidad, no valen nada artísticamente hablando. Por ello, no es raro encontrar en las calles de Vaduz obras de arte diseminadas, como esta gorda de Botero, en la entrada del Museo de Bellas Artes:

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El príncipe Hans-Adam II vive encaramado en su Castillo, desde donde ve toda la ciudad y el Rhin. El castillejo es una vieja fortaleza medieval, del siglo XII, destruida por los otomanos y reconstruida después, a la que se sube ya sea caminando por un sendero que atraviesa un bosque que crece en la ladera, ya sea por una carretera estrecha. Una vez en los jardines que anteceden al castillo hay que conformarse con mirarlo todo desde fuera porque como la familia principesca vive en él no está permitido visitarlo. Así y todo, los chinos llegan en minibuses y sin mirar los jardines, ni los árboles que crecen en el parque forestal, se bajan, de ponen delante de la torre principal (desde afuera), se tiran una foto y se van corriendo.

 

(Tres vistas del Castillo, desde Vaduz y desde el parque en lo alto de la colina)

Luego, se puede visitar la Catedral Saint Florin, que no es gran cosa. Era una simple iglesia parroquial y aun costado están enterrado todos los príncipes (o parte de ellos) del Principado.

 

Debe ser muy aburrido vivir en Liechtenstein. Tuve la suerte de caer durante un periodo soleado, pero me imagino lo que debe ser cuando empieza el frío, y que las brumas alpinas y los vientos helados del norte se ocupan del resto. El Principado tiene 160 kilómetros cuadrados y viven en él 38.000 personas. Tiene además el mayor PIB por habitante del mundo y la tasa de desempleo más baja también. Evidentemente, es un paraíso fiscal, en el que reina esa monarquía reconocida como Estado independiente, desde 1719.

Después de recorrer los Museos y las pocas calles de la capital, me dirigí a “El Oro del Rhin”, una edificación construida por el arquitecto cubano Ricardo Porro, para el coleccionista y financiero judío nacido en Hamburgo, Robert Altmann, casado con una cubana (Hortensia) a la que tuve el gusto de conocer hace años pues era muy amiga de Mariíta Mesa (otra cubana de París conocida por unos Guateques que daba en los años 1990, primero en un restaurante colombiano llamado Mi Ranchito, que se hallaba en la rue Rodier, luego en una especie de hangar enorme, en la de Mont-Cenis, cerca del Cementerio de Père-Lachaise). Este edificio fue, durante un tiempo, un Centro de Arte y Comunicación que dirigió durante un tiempo uno de los hijos de Robert Altmann, llamado Roberto Altmann, artista, a quien también conocí en París y entrevisté hace años cuando vivía en el Bd. de Magenta.

Los Altmann tenían una casa en las afueras de París y sus hijos vivían en Francia en aquella época. El caso es, que Altmann, quien vivió en Cuba en los años 1941-1950, encargó a Ricardo Porro este proyecto en 1968. Y esa fue la primera realización del arquitecto cubano más internacional una vez llegado al exilio:

 

Una vez, en su casa de París, Ricardo Porro me contó por qué concibió esta obra de esta manera. Ricardo era un esteta y también un simbolista. Acababa de concebir sus Escuelas de Arte de La Habana, y con la misma fantasía y originalidad que siempre lo caracterizó pensó en este encargo como si se tratara de los gigantes de la mitología germánica, con brazos como aspas de molinos, chorreando oro (el Oro del Rhin, por haber sido este río una fuente de riqueza y arteria por donde fluyó durante siglos la riqueza del corazón de Europa). Desafortunadamente, no se puede visitar el interior de la casa.

Otros edificios interesantes de Vaduz pueden verse caminando por la calle principal o subiendo al barrio en la ladera del Castillo:

Con esta visita a Liechtenstein doy por visitados todos los micro-Estados europeos, que son: el Principado de Mónaco, el Principado de Andorra, el Gran Ducado de Luxemburgo, la República de San Marino, la Ciudad del Vaticano y la República de Malta. El único que me falta es la República Monástica de Monte Athos, que espero visitar un día a pesar de las dificultades que imponen los monjes ortodoxos que la gobiernan.

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