Pushkar – India

Para llegar a Pushkar hay que pasar obligatoriamente por Ajmer.

Pushkar es la ciudad sagrada por excelencia del hinduísmo. En el lago que ocupa el centro de ésta los hindúes se bañan pues lo consideran sagrado. Hay que tener mucha fe para meterse ahí. El agua no da ninguna gana y ni siquiera los 51 escalones que bajan al lago, por los que no se puede caminar con calzado, parecen limpios.

Pero Pushkar es en realidad un pueblo. Los hippies y los alternativos viven felices allí. Se ven muchos “peace and love” occidentales, sobre todo israelíes, aunque también australianos y europeos. El sitio se presta para vivir en la contemplación y en el dolce farniente (después de haber ganado dinero fuera porque trabajo allí no hay ni para los indios). Todo es muy tranquilo, nadie trata de venderte nada (o muy poco), y en realidad cada cual va a su aire.

También por eso hay que tener cuidado con los hoteles, porque el 95% es una porquería. En eso estábamos claros porque tuvimos el olfato de reservar el mejor que finalmente era el único que valía la pena (y aún así el servicio en el desayuno era de contar ovejitas y sentarse a contemplar la montaña).

Una vez al año tiene lugar la feria de camellos más grande del país. A mí no me tocó verla, ni creo que me interesara mucho participar en ella. Nunca me han gustado los camellos. Bajo los árboles se ven algunas manadas cuyo objetivo es llevar a los turistas de paseo por las dunas de un desierto que parece no estar muy lejos. No vi a mucha gente montando camello, excepto los mismos dueños de los animales. Ni quise ir al desierto pues conozco el de Arabia y el Sahara y con esos dos me basta hasta el final de mis días. Hay pocas cosas en el mundo más aburridas que un desierto. E incómodas.

Lo que sí vi es monos por todas partes. Tantos que para comer en los roof top de los hoteles había que tener cuidado porque los monos pasaban como zeppelines y arrasaban con toda la comida que se dejara a su alcance.

Me gustó Pushkar. Sobre todo porque podía ir caminando a todas partes, porque no hay tráfico y a uno le da la sensación de que está en el fin del mundo. Hay que decir que para un país tan excesivamente poblado como la India los 21 000 habitantes de Pushkar caben sin problema en una plaza de Delhi.

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Aquí estoy sentado en el Sunset Café cuyo único interés es que es el único que tiene terraza con vista al lago porque, en realidad, el servicio es pésimo y la calidad de lo que proponen peor.

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