El Taj Mahal desde el Mehtab Bagh – Agra (India)

Llegamos a Agra procedentes de New Delhi. El tren llegó con hora y media de retraso e inmediatamente nos instalamos en el hotel. Eran ya las 4h 30 de la tarde y poco se podía visitar ya a esa hora, dado el tamaño y la importancia de los monumentos de la ciudad, amén de los horarios.

Agra es además una ciudad fea y caótica. Tuve la impresión de que no se articulaba a partir de un cengtro, ni de una plaza. Los ingleses no construyeron aceras, de modo que lo que hay son grandes y anchas avenidas con enormes manzanas semiurbanizadas por las que solo se puede transitar en carro. Los barrios populares, cerca de la South Gate del Taj Mahal, por ejemplo, son abigarrados y pobres, sucios y polvorientos. Los mochileros y trotamundos de visita se quedan allí, a mí particularmente no me hubiera hecho mucha gracia quedarme en esos sitios: no hay nada que ver que a la excepción de gente y más gente, tienduchas y más tienduchas, vacas, inmundicias, monos, carretones con frutas, y un ruido ensordecedor.

Alguien nos había dicho que valía la pena ir del otro lado del río Yamuna, para ver el Taj Mahal desde los jardines Mehtab Bagh, en la orilla opuesta. Nos dijeron que la puesta de sol era muy bella y consideramos que era una opción interesante para tener una idea de la monumentalidad de ese gran mausoleo antes de visitarlo al día siguiente.

Hacía allí nos dirigimos en un tuck-tuck que por 300 rupias nos propuso el viaje de ida y vuelta (o sea, que nos esperaba pacientemente a que termináramos la visita de los jardines). El chofer se convirtió en un mago que avanzaba desenfrenado en medio de una circulación muy densa para cubrir la distancia de 10 kilómetros que separaban al hotel de ese lugar. Hubo un momento, sentado en el compartimiento trasero de ese vehículo de tres ruedas que creí que me iba a dar un infarto. Además del ruido y el humo asfixiante de la circulación, el chofer avanzaba metiéndose entre camiones, autobuses, coches, sin parar de pitar (todos hacían lo mismo) y sin que yo viera el fin del recorrido. Lo que no sabía era que se había dado mucha prisa para que no nos cerraran la verja de los jardines en nuestras narices, pues apenas llegamos a la taquilla en donde vendían los tickets el empleado nos hizo saber que habíamos tenido suerte porque éramos los últimos en acceder al sitio. Tal gesto de delicadeza por parte del chofer de aquel artefacto me conmovió, porque en Europa y en el resto de Occidente a ningún chofer de taxi ni de nada le importa un bledo que uno llegue tarde a determinado sitio, p que incluso, perdamos un vuelo.

Al fin pudimos contemplar el famoso Taj Mahal desde la otra orilla de un río que en esta época del año está casi seco. En invierno las tardes son brumosas, pero es mejor que así sea que visitarlo en verano cuando no para de llover y el barro lo cubre todo.

Aquí dejo las imágenes de aquel aterdecer, en que vimos pasar por la ribera del río una pareja de animales entre cabra y antílope, bastante raro y que nunca habíamos visto ni supimos tampoco de qué especie se trataba. Lástima que no los fotografié. El Taj Mahal y la atmósfera aparecen envueltos en un manto perlado.

 

 

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