París

A veces se me olvida que vivo en París. Tal vez porque esta ciudad forma parte de mi paisaje cotidiano, me olvido de mostrarla a aquellos que sueñan con ella. A mí me sucede algo raro: cuando me hallo lejos no la extraño y cuando regreso me doy cuenta de la suerte que tengo de vivir en elle.

Lo que acabo de llamar “vivir”, se refiere más bien al hecho de tener residencia fija en este lugar del mundo, porque lo que se dice realmente vivir no estoy lo suficientemente in situ, sino que ando en movimiento perpetuo que es como me gusta y lo que más disfruto.

Entonces, sucede que de pronto salgo a comer a un restaurante vietnamita que me recomendaron (dicen que hace el mejor bou-boum de la ciudad), cerca de Arts-et-Métiers, y descubro por el camino la maravillosa parroquia Saint-Nicolas des Champs que es de estilo gótico flamígero y posee una de las cajas de órgano más hermosa de la capital, y también la maravillosa puerta del hotel National des Arts et Métiers, que queda enfrente, y la vista del templo detrás de las hojas de los árboles, en un otoño que demoró en despuntar:

Hace mes y algo que estoy de vuelta después de 5 meses de ausencia y me parece que hace siglos que estoy aquí. En otra ocasión me fui a ver la exposición de la artista malograda Ana Mendieta, cubano-americana, en el Jeu de Paume, y saliendo de allí caminé por las Tulerías hasta el Louvre, en cuya ala Richelieu se encuentra el Museo de Artes Decorativas en donde estaba invitado a la retrospectiva del gran diseñador y arquitecto milanés Gio Ponti. Por el camino, la perspectiva de las Tulerías a lo largo de la calle de Rivoli, en una tarde de otoño luminosa, me alegró el día:

Otro día, regresaba de un almuerzo en casa de un amigo que vive en el barrio de Monceau. Decidí hacerlo caminando. El cielo estaba más azul que nunca, con esa luz que antecede al invierno, y que no quema las formas como la luz brumosa del verano. Atravesé el Parque Monceau y seguí hasta la iglesia de Saint-Augustin, cuya fachada acaba de ser limpiada y ha quedado muy bella. Es la iglesia a la que iba Marcel Proust que vivió casi toda su vida en ese barrio, a pocos minutos de casa. No pude resistir ala tentación de fotografiar algún que otro edificio, y también uno de los tantos palacetes (que en francés se llaman “hôtel particulier”) que encontré en mi paso.

Como vivo muy cerca de los grandes almacenes (les Grand-Magasins en francés), es una tradición que vaya a ver las decoraciones de los escaparates de ambas tiendas (Printemps y Lafayette). Cada año, esta última, por ejemplo, monta un gigantesco abeto navideño en el espacio de su edificio principal, justo en el medio, en el área correspondiente a la perfumería. Se trata de un espacio de siete pisos de altura y un ambiente operático bajo la enorme claraboya de la cúpula y los balcones que son un guiño a la Opera Garnier que se encuentra atravesando el bulevar. Los escaparates son la gran atracción de los pequeños, aunque también de muchos adultos como yo que vamos cada año a disfrutar los ingeniosos mecanismos de marionetas que mantienen el todo en movimiento, amén de la exquisita decoración y cada uno de los miles de detalles de esta hermosa tradición:

Lafayette:

Lafayette sapin

Printemps:

Como ya dije, vivo a menos de 10 minutos caminando de los Grands-Magasins, de modo que paso, por una razón u otra, por lo menos cuatro veces por semana por el área. Los tres últimos pisos del Printemps han sido habilitados para la venta de exquisiteces de la gastronomía francesa. Hay varios bares, cafeses y restaurantes (caros todos, por supuesto), además de una gran tienda lujosa de comidas. Y en la terraza a cielo abierto del noveno piso hay un restaurant de lujo con vista a la Opera, la iglesia de la Madeleine, y casi todo el centro de París. Allí suelo ir los días en que hace buen tiempo, porque las vistas son maravillosas y el ambiente también:

Perruche 1

En una de esas tardes en que me solazaba en la terraza antes mencionadas se armó la gorda en la calle. Los manifestantes contra la subida del precio de la gasolina, los ya famosos “chalecos amarillos” (como se les llama por exhibir el chaleco que el gobierno anterior exigió a cada conductor para que se lo pusieran en caso de que tuvieran una avería en la carretera – que es una manera de crear leyes y más leyes para recaudar dinero y seguir pagando el gran tren de vida de esta clase de parásitos que son casi todos los políticos). Estaba yo con el tema de cuál té pedir cuando empezaron las sirenas de bomberos, y los helicópteros a sobrevolar la ciudad con las patrullas a todo dar. Los gilets jaunes (nombre que se les da en francés) habían ocupado en esos momentos los Campos Elíseos (avenida en la que se les había prohibido manifestar) y allí estaban algunos de los más recalcitrantes rompiendo sillas, terrazas y el mobiliario urbano. “Bueno, me dije, París siempre ha sido una ciudad que ha vivido en medio de este tipo de chanchullos callejeros, y siempre ha seguido siendo París”. Lo importante es no hallarse uno en medio de una de estas refriegas. Y en eso estaba cuando de pronto vi, desde mi atalaya, que acababan de incendiar un coche en el bulevar de los Capucines, que es el que recorre el trayecto entre la Opera y la Madeleine. Y lo fotografié desde el sitio en que me encontraba:

gilets jaunes

Por suerte los chalecos se calmaron (aunque volverán a la carga, dicen, el próximo fin de semanas). Y es que no se van a calmar porque no solo protestan por el impuesto que el Estado añadió a los que ya había añadido a la gasolina, sino por una serie de cosas que contribuyen al malestar general, y no pocas medidas que afectan a los que menos tienen y favorizan a los que más. Pero, a lo que iba, aprovechando un día de calma y de bonita luz, fui a una cita de trabajo a un barrio al que raramente voy: Ecole-Militaire, detrás del Campo de Marte, los Invalides, la Torre Eiffel y todo eso. Y caminaba muy tranquilo, disfrutando de la arquitectura, como siempre, cuando de pronto vi que a la cúpula del cuerpo principal de la fachada de la Ecole-Militaire, le había salido, como si de un tocado se tratase, un sombrero puntiagudo que no era otra cosa que la Torre Eiffel. Y ahí mismo, click, tiré esta foto:

Tour Eiffel

Pero París también es el reencuentro con muchos buenos amigos que son como familia y a los que me une el cariño y la vieja complicidad de muchos años de vida en esta ciudad. Uno de estos amigos, Regina, celebra cada año la fiesta de Thanksgiving que yo conozco y he celebrado muchas veces no solo con ella, sino también en Miami, con mi familia. Cuando me ha tocado pasar el Día de Acción de Gracias en París, Regina se convierte en la anfitriona, pues aunque esta es una tradición que no existe en Francia, pero ella siempre la celebra por haber vivido una parte importante de su vida en Washington. Y de más está decir que los Thanksgiving de Regina son memorables, porque su mesa es siempre la más bella, sus amigos los más queridos y los manjares de los más exquisitos, sin que falte el famoso pavo que, a fuerza de probarlo cada año, ha empezado a gustarme:

chez Regina 2

Por supuesto, todo esto no es ni la cuarta parte de lo mucho que hago y he hecho en París durante el mes y algo que he estado sin salir de la ciudad ni a las afueras.

Solo quise compartir un pedacito de mi cotidianeidad en esta ciudad a la que tan poco homenaje rindo cuando en realidad le debo casi todo.

 

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