Escribo sobre Ana Mendieta / El Nuevo Herald

Hoy escribo en El Nuevo Herald sobre Ana Mendieta y la exposición que en estos momentos exhibe el Jeu de Paume en París. Una artista fuera de los común, una víctima más del desarraigo y de sus propios fantasmas. Una creadora fuera de serie, visionaria, adelantada a su tiempo. Leerlo aquí:

Ana Mendieta en París: el tiempo y la historia / El Nuevo Herald / William Navarrete

mendieta

Ana Mendieta en París

* Por William Navarrete / El Nuevo Herald / 25 de octubre de 2018

Reúne prácticamente todas las condiciones que dan vida a los mitos. Murió joven y en condiciones oscuras. Tenía un talento desbordante y su obra se hallaba en plena madurez. Se había granjeado el interés del mundillo de arte, tan poco dado a privilegiar a las mujeres cuando no entraban en sus moldes. Y había aportado algo diferente al ámbito de la creación de la década de los 1970. Era Ana Mendienta, artista cubana y americana, llegada desde Cuba a Estados Unidos, durante el programa llamado Pedro Pan, en 1961. Entonces tenía doce años, una edad en la que ya se puede hablar de desarraigo cuando se ha dejado atrás el lugar natal.

El Jeu de Paume de París, uno de los centros de arte contemporáneo más prestigiosos de Europa, dedica, en colaboración con la galería Katherine E. Nash, de la Universidad de Minnesota, una retrospectiva a la obra de esta malograda artista, nacida en La Habana en 1946 y fallecida en Nueva York en 1985. La muestra se extenderá hasta finales de enero.

Desde sus primeras obras, Mendieta demostró estar obsesionada con el cuerpo – con su cuerpo – no de forma narcisista, sino tratando de entenderlo como una conexión con todo lo que la rodeaba, en un flujo constante entre esa entidad y el mundo exterior. La muestra dedica una sala al periodo inicial en que la sangre, como en ciertos ritos religiosos, es parte esencial de algunos de sus performances (todos filmados). De los 18 filmes que realizó sobre este tema, entre 1972 y 1975, la exposición presenta cuatro. Se piensa inmediatamente en ciertos rituales afrocubanos, pero Mendieta iba cada verano, a partir de 1970, es a México, un sitio en donde subyace una cultura precolombina en la que la sangre fue también un elemento de comunión entre el hombre, los dioses y la tierra.

México se manifiesta una vez más en las dos etapas siguientes, presentadas en dos salas distintas: el fuego y el árbol de la vida. Una vez más es su cuerpo el que está en juego. Su silueta (Siluetas, se llama esa serie) se incendia, las marcas que deja en la tierra las devoran las llamas, la materia se consume y se regenera con el tiempo. Parte de la tercera etapa la concibe en Iowa, estado en el que realizó estudios de arte y a donde llegó con su hermana de 14 años al salir de Cuba.

El doble desarraigo de Ana Mendieta pudiera explicar lo descarnado de su obra. Su madre demora (retenida por el gobierno cubano) cinco años en volver a reunirse con sus dos hijas, que, mientras tanto tienen que vivir en familias de acogida durante los difíciles años de la adolescencia. Su padre, preso en Cuba por haber participado en la guerra civil contra el régimen castrista en bahía de Cochinos, no sale a Estados Unidos hasta 1979. Ana durante vivió 18 años la ausencia del padre. A menudo, la artista habló de la tierra como madre, a Ana Mendieta le faltaron durante un periodo esencial de la vida sus dos madres, y para colmos, también el padre.

En 1980, la artista regresa a Cuba. A esta etapa la muestra la coloca bajo el signo de la reconciliación de la artista con su pasado, con sus fantasmas, con la Isla. En Cuba trabaja en las Escaleras de Jaruco, allí esculpe cuerpos a la Venus de Willendorf en las paredes de dos cuevas (una serie de Esculturas rupestres), y en la playa de Guanabo, donde deja su propia silueta en la arena, que se va borrando lentamente por efecto de las olas. A Mendieta la obsesionaba también el efecto del tiempo, de la erosión, de la naturaleza, sobre su propia creación. La manera en que la huella se borra y solo perduran, como reminiscencias, en las prácticas místicas. Esta cuarta y última etapa es la del agua, elemento comiunicante entre la Florida y Cuba, como deja entrever con la marca de su cuerpo en la arena de alguna playa de Key Biscayne.

El Jeu de Paume exhibe un documental realizado por Raquel Cecilia Mendieta, sobrina de la artista, que reúne imágenes familiares, momentos de la vida de la artista, comentarios estéticos. La muestra, titulada ‘‘El tiempo y la memoria me cubren’’ resume muy bien la convicción de Mendieta de que la dimensión del tiempo es un misterio y su versión asimilada por los hombres, la historia, su pálido reflejo.

Yo descubrí a Ana Mendieta gracias al artista cubano-americano César Trasobares, una de las personas de obligada consulta si se quiere estudiar el fenómeno de la primera Generación Miami de artistas, quien pudo entrevistar y frecuentar a la artista. Eso sucedió en Miami, a mediados de los años 1990 y César me llevó a ver, en Little Havana, una ceiba en cuyo tronco Mendieta había ‘‘sembrado’’ vellos de su pubis y realizado unas incisiones en rojo que imitaban la forma del sexo femenino. Recuerdo que le comenté que había que ser muy atrevido para, siendo cubano, hacer algo así en una ceiba. Fiel a sus propios principios sobre el efecto erosivo del tiempo, de aquella obra perduraban, haciendo muchos esfuerzos y con deseos de ver alguna huella, unas ligeras marcas y alguna vellosidad que muy bien hubiera podido tratarse de otra cosa.

Mucho de este sentimiento perdura en su obra y el espectador que visite esta muestra en el jardín de las Tulerías de París podrá imaginar que murió con la misma intensidad con que vivió. Su defenestración desde una alta torre de Manhattan fue, sin dudas, su último performance, y las circunstancias en que esto sucedió conservará para siempre el misterio de su propia obra.

Ana Mendieta es ahora icono de muchas causas. Feministas, militantes contra la violencia de género, nostálgicos del body-art, del earth-art, artistas desarraigados y creadores independientes, reclaman su legado, se ven reflejados en ella, la llevan como estardante. Y es que suele suceder siempre así con los genios.

* Escritor cubano residente en París

wnavarre75@wanadoo.fr

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