Cerdeña / la llegada y Olbia

A toda isla se debería llegar siempre por mar. Y por mar llegamos a Cerdeña, isla en la que he pasado 15 días y en la que no hubo un día que no deparara un rosario de sorpresas tanto por sus riquezas artísticas como por la increíble variedad de paisajes en tan poco espacio. Aunque es la isla más grande del Mediterráneo ha estado un poco relegada, esencialmente porque la imagen que se tiene de ella es la de la Costa Esmeralda (un sitio de gran belleza natural, pero completamente artificial pues fue creado para atraer a un tipo de turismo en específico, afortunado o célebre), de modo que se ha convertido en un sitio snob en donde ni siquiera quienes trabajan en los diferentes establecimientos son sardos.

La Cerdeña es justamente lo demás, o sea, el 90% restante de la isla, maravillosa, única, inesperada, sorprendente, rebosante de tradiciones, monumentos, paisajes, playas que nada tienen que envidiar a las del Caribe. Y por si fuera poco, un pueblo extremadamente amable, servicial, de buen humor, conversador, acogedor, honesto.

Comencemos entonces nuestro viaje por las primeras vistas de los peñones que afloran del mar, a las 7 am, poco antes de desembarcar en Porto Aranci, el sitio por donde comenzó nuestro recorrido.

Y desde allí a Olbia, la ciudad más importante del noreste de la isla, casi siempre un sitio de paso, antes de proseguir viaje. Y aún así, Olbia, bajo la luz resplandeciente de un mes de septiembre veraniego, es una ciudad que tiene mucha gracia y, sobre todo, una iglesia románica de primer orden: San Simplicio, fundada en el siglo XI, de sobrio interior, inesperada.

Olbia 4

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