La Colombia que nunca me contaron / en El Nuevo Herald

Escribo en El Nuevo Herald sobre mis impresiones de Colombia durante el viaje de un mes que realicé a lo largo de varias regiones de ese hermoso país en el mes de enero de 2018.

Un viaje que incluyó Bogotá, y las provincias de Boyacá, Santander, Antioquia, y Bolívar, y terminó en el HAY Festival de Cartagena de Indias.

Aquí dejo el enlace: La Colombia que nunca me contaron / El Nuevo Herald

(las fotos publicadas en la galería las tomé durante el viaje)

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La Colombia que nunca me contaron

Por William Navarrete / El Nuevo Herald / 6 de julio de 2018

Fue viajando en una buseta, como le llaman a los minibuses en Colombia, entre Barbosa y Tunja, que mi vecina de asiento me dijo: ‘‘Aquí todos tenemos un muerto’’. Yo le había preguntado qué pensaba de los candidatos que respaldaban los acuerdos de paz. Como vio que me quedé pensando, añadió, con esa parsimonia de los serranos al pronunciar cada una de las letras: ‘‘Este viaje que su merced está haciendo hace apenas tres años era impensable. Ni nosotros lo hacíamos por miedo a que quemaran la buseta con uno dentro’’.

Había aterrizado en Bogotá el primer día del año. Mi objetivo era recorrer el país antes de llegar a Cartagena de Indias, en donde estaba invitado a participar en uno de los eventos literarios más prestigiosos del continente: el HAY Festival, a fines de enero. Mi experiencia colombiana se limitaba a un viaje realizado diez años antes con mi madre a la región caribeña, la única en donde se podía circular entonces con relativa seguridad.

Me instalé en un hotel de Chapinero, un sitio intermedio a lo largo de la carrera Séptima, entre la zona selecta de Chicó y el Centro. Con lo que había escuchado de Colombia, las experiencias de amigos en el pasado, decidí redoblar las precauciones, tantear poco a poco el ambiente. El primer día me limité a andar la parte vieja de la capital, el barrio de La Candelaria, sus innumerables museos, iglesias y conventos coloniales, cafeses y restaurantes bohemios. Lo primero que me sorprendió fue lo bien y económico que se comía en todas partes. También la extrema amabilidad de la gente, el trato afable, el intercambio ameno. Algunos me dijeron que en la parte antigua no era recomendable caminar a altas horas de la noche. Yo obedecí, porque además de no ser un viajero que toma riesgos innecesarios, tampoco suelo trasnochar en la calle.

Visité el espléndido museo –completamente gratuito– que Botero donó con su impresionante colección de pintura internacional y su propia obra al pueblo bogotano, el espectacular Museo del Oro, la hermosa capilla del convento Santa Clara, la Casa del Florero y la Cuervo-Urisarri (excelentes ejemplos de arquitectura doméstica colonial), la animada Plaza del Chorro en donde los estudiantes pasan sus ratos de ocio, las iglesias de la Tercera, la Veracruz y San Francisco (las tres con fabulosos artesonados y altares barrocos).

Al segundo día me dirigí la Quinta de Bolívar, subí al cerro de Montserrate, almorcé en el barrio de La Macarena y visité el Museo Nacional, oportunamente instalado en una antigua prisión, estuve en la Hacienda del Chicó, y hasta recorrí, guiado por un cadete, el Museo de la Policía, hermoso edificio neoclásico, algo que nunca hubiera incluido en mis visitas y resultó de las más instructivas que hice. En pocas horas Bogotá, una ciudad que no es particularmente hermosa, me había conquistado, y entre otras razones, además de que tuve la suerte de tener un tiempo excepcionalmente soleado, porque nunca nadie me molestó, fui tratado siempre con familiaridad respetuosa y todo resultaba fácil.

Como decidí no alquilar auto –no me atrevía a conducir en un país asociado a la violencia– me dirigí al Salitre, terminal de donde parten decenas de autobuses hacia los pueblos. Me sorprendió el conductor, vestido de cuello y corbata, al decirme: ‘‘si su merced desea conectarse, el wifi es gratuito’’. A partir de ese momento viajé en autobuses de la compañía Libertadores, y otras más, entre Bogotá y Tunja, Villa de Leyva y San Gil, a Santa Sofía y Sutamarchán, a San Gil, Barichara, Guane, Barbosa, entre las provincias de Boyacá y Santander. Atravesé campos muy cuidados, fincas de casas sólidas y muy bien pintadas. En todas partes la comida era excelente; los mercados una orgía de colores, sabores y buen trato. En ningún transporte me importunaron, nadio habló alto, ni gritó con el móvil en altavoz. No sentí nunca un olor desagradable, todo estaba impecablemente limpio, se respetaban los horarios.

Me quedé tres días en Villa de Leyva, ciudad patrimonial, con una de las arquitecturas coloniales más homogéneas del continente. Comí longanizas caseras fabricadas en hornos de piedra en Santa Sofía, camino del convento colonial Ecce Homo. Me bañé en manantiales y cascadas. Visité la casa del Escribano en Tunja (con los frescos más hermosos y antiguos del continente). Anduve por el Parque del Gallineral, en San Gil, un sitio para practicar deportes de sensaciones fuertes. Estuve tres días en Baricachara, uno de los pueblos más hermosos que conozco y en donde viven con las puertas abiertas. Allí en cada esquina, hay una bodega con todo, idénticas a aquellas que mis abuelos decían que existieron un día en Cuba. Visité Guane, famoso por sus fósiles, de hermosas calles de guijarros y casas de tejas, en donde fabrican una bebida llamada sabajón, a base de ron, azúcar y huevo. Me hospedé en sitios en donde se desvivieron por complacerme, y no porque esperaran algo a cambio.

Dos semanas más tarde volé a Medellín. Tenía previsto visitar la capital antioqueña y algo de la provincia antes de llegar al Hay de Cartagena. La ciudad no tiene grandes atractivos, y la vida nocturna transcurre en El Poblado, en donde se concentra la vida bohemia, la juventud internacional que viene a aprender español y a salir de juerga. Y si bien hay barrios marginales, no me sentí en peligro ni acosado en ninguno de mis paseos por la parte antigua, que caminé varias veces, desde la renovada Estación de Ferrocarriles por todo el paseo peatonal de Carabobo hasta la parroquia La Candelaria y el parque de las esculturas de Botero.

Estuve un día en Santa Fe de Antioquia, hermoso pueblo colonial, y uno de los más antiguos del país (1541). En todas partes, la arquitectura doméstica, admirablemente conservada, ofrece una amplia gama de puertas, ventanas labradas, zaguanes, patios floridos y galerías con hermosas baldosas.

Luego, a unas tres horas al sur desde Medellín, recorrí la región cafetera justo en donde comienza, en las inmediaciones de Los Andes y Jardín, zona fronteriza con la provincia del Cauca. Son las auténticas tierras paisas, donde los campesinos conservan sus tradiciones y es frecuentes verlos en las terrazas de los bares, tomando café con leche o puro tinto, el caballo a escasos metros del lugar, atado a un poste. Es en Jardín, pueblo de bellísimas casas coloridas, donde vi las mejores demostraciones de paso fino, que cada jinete exhibe con orgullo haciendo que su caballo baile una coreografía marcada por el ritmo de los cascos en los adoquines.

Si en algún lugar valdría la pena perderse es en Jardín. El pueblo, con su plaza mayor animada noche y día, la extrema amabilidad de los habitantes, la exquisita cocina local, ofrece además la posibilidad de explorar los campos aledaños sin temor. Estuve en cascadas y ríos, observando al hermoso gallito de las rocas. Visité un cafetal en donde me sirvieron un desayuno inolvidable y me explicaron el manejo de la hacienda. Subí, atravesando ríos y bosquecillos de eucaliptus, hasta el mirador del Cristo, desde donde se ve todo el pueblo y las montañas. Estuve en La Argelia, una fábrica de panela o trapiche del siglo XIX, que funciona mediante un molino de agua. Allí se puede ver el proceso de elaboración de la panela mediante métodos del siglo XVIII.

Cuando llegué a Cartagena le conté a quienes preguntaban que sólo fui agredido en Jardín. Resulta que quise cortar camino en dirección del trapiche por una guardarraya de cañaveral y sin darme cuenta entré en una finca privada. Estaba cerca de la casa cuando salió un amenazante pitbull que me ladraba listo para morderme si daba un paso o retrocedía. De pronto, la propietaria de la casa al verme en apuros empezó a regañar al animal ordenándole que me dejara en paz. Trató de tranquilizarme diciéndome que no era agresivo, pero yo seguía como una estaca hasta que lo amarró. Entonces oí decirle, llamándola por su nombre: ‘‘Natacha, usted es una grosera, por importunar a los visitantes la dejaré de castigo amarrada toda la tarde’’.

La Colombia que anduve no se parece a la que en Europa cuentan. No me atrevo a decir que, un lugar que ha sufrido sesenta años de conflictos, no tenga secuelas y heridas abiertas. Tampoco me atrevo a definir en qué momento y gracias a quién este maravilloso país empezó a enderezarse, a ofrecer un clima de prosperidad y seguridad. Lo que sí sé es que esto no debe ser el trabajo de un día, ni tampoco de un firmazo en un papel. Creo que ha habido mucho de consenso y voluntad de dar una imagen que se corresponda realmente con el alma de su gente. Esta es la Colombia por la que viajé. Creo que ésa es la que se debe conservar a todo precio.

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