Haydée Milanés, a dúo con Amor

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© William Navarrete

En Cartagena de Indias, durante el HAY Festival, compartí panel sobre música cubana con la cantante Haydée Milanés y con Juan Gossaín, un periodista colombiano, conocedor de nuestros ritmos y canciones. Esto ocurrió en el teatro de la Escuela de Arte y fue una tarde maravillosa que los tres panelistas disfrutamos tanto como el público.

En el calor del evento Haydée me ofreció y dedicó el álbum de canciones que grabó con su padre, el cantante Pablo Milanés. El disco, publicado en 2017, se titula Amor, tiene 11 canciones cantadas a dúo y la producción artística la hizo, con muy buen gusto, Alejandro Gutiérrez, el esposo de Haydée.

Debo confesar que hacía muchos años, tantos como unos 28, no oía muchas de las canciones que están en este álbum. Cantadas a dúo, con dos voces muy diferentes que se armonizan delicadamente en ese arte del difícil acoplamiento de tonos, me parecieron canciones muy frescas, como nuevas, y aunque las reconocía me parecía estar oyéndolas por primera vez. La manera en que padre e hija han escogido el segmento ideal, según cada voz y los momentos más oportunos para superponerse, no deja duda alguna en cuanto a la calidad de este trabajo.

En estos 30 años transcurridos, desde que llegué a París desde La Habana, no había vuelto a oír estas canciones. Francia queda muy lejos de la que debió de ser la música de  mi adolescencia, y desde las ventanas y puertas de las casas de este país no viajan hasta mis oídos esos temas que poblaron mis pasos por las calles habaneras.

Ahora han vuelto canciones completamente renovadas como El breve espacio en que no estás, Ya se va aquella edad y Hoy la vi.

Primero, porque el bosque desde lejos se disfruta y entiende mejor. Segundo, porque es un trabajo muy hermoso y, como suele suceder con la música de verdad, con quienes la respetan, creen en ella y con las canciones cantadas con amor, resulta conmovedor la pasión que brota de cada nota. Tercero, porque Haydée es alguien que sabe a dónde va, que no juega con su trabajo y se deja querer porque es modesta y sabia, y es difícil ser la hija de alguien que ha marcado tan profundamente, en todos los sentidos, el imaginario colectivo, y seguir siendo ella, “independientemente de”. Y, por último – y eso para mí cuenta mucho – porque de alguna manera, al oír estas canciones (no suelo oír, por primera vez un disco distraídamente mientras hago otra cosa o converso, sino que presto atención a cada nota, cada detalle), he vuelto a recorrer espacios y momentos que tenía completamente olvidados de mi niñez (yo tenía 8 años cuando se grabó Hoy la vi en 1976) y de mi adolescencia. Y he visto hasta los colores de las paredes del lugar en donde oí por primera vez canciones de este álbum, en la casa de quien era en aquellos tiempos (1975-1990) la directora del Conservatorio de Música Alejandro García Caturla, de La Ceguera, quien tenía todos los LP de Pablo y los ponía sin parar.

A mí me tocó olvidarme de esta música dentro y fuera.

Dentro, porque pertenezco a una generación y viví en un mundo (en un medio) en que buscábamos exclusivamente lo que se cantaba fuera: rock, música disco, y sobre todo lo prohibido en aquel tiempo en que, pronto, un cantante pop o de otro estilo dejaba de oírse por razones nunca explicadas.

Fuera, porque al llegar a París me tocó enterarme (por razones largas de explicar, pero que tuvieron mucho que ver con mis estudios universitarios y mi trabajo a medio tiempo en una gran tienda de discos) de lo que era la música cubana, desde Sindo Garay, María Teresa Vera, Ñico Saquito y Manuel Corona hasta Bebo Valdés, Chico O’Farrill, Olga Guillot, Arsenio Rodríguez o Celia Cruz.

Y en eso pasó el tiempo… me apasioné por la ópera (el gran templo de Garnier me queda a cinco manzanas de casa), me dio por la música oriental y los cantos del Sahara, me interesé en las polifonías corsas, los cantos celtas, luego en el flamenco y el cante jondo, etc, etc., y aquellas canciones de Pablo con las que convivía porque pasaban por la radio, se cantaban en la TV, estaban en la calle, las de los primeros veinte años de mi vida, se fueron quedando en el olvido, poco importa si involuntario o no, porque, entre otras cosas, el mundo que se abrió ante mí era muy amplio y variado, repleto de caminos y horizontes, y a veces uno no se toma el tiempo de mirar hacia atrás, y porque 20 años, ni 30, son nada.

Así llegó y entró Haydée, llevando de la mano a su padre (los roles se invierten cuando los hijos crecemos), hasta mi casa en París.

Afuera nieva. La ciudad del Sena lleva ahora ese manto perlado que lo cubre y uniformiza todo, y no deja de maravillarnos a los caribeños, por mucho que haya vivido más aquí que allá. Haydée entró para quedarse porque tiene una voz muy hermosa y su disco es una maravilla. Esas canciones son poesía y, sin que yo mismo lo supiera, pude tararear más de cinco, y hasta me asombré de conocer tan bien sus letras, de recordarlas. Y también se queda porque bastó con que nos miráramos rápidamente en Cartagena para que la enorme elipsis que hay entre nuestras circunstancias de tiempo y espacio quedase borrada por eso que yo llamo identidad, amparada en el hecho de venir del mismo sitio.

Oyendo Amor he vuelto a Cuba. La razón es muy simple por muy compleja que parezca: yo no tuve otra Cuba que ésa por mucho que soñara, deseara o imaginara otra. Un día le contaré a Haydée Milanés las muchas otras razones por las que le agradezco y disfruto su disco.

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