Barichara – Colombia

Barichara es uno de los secretos mejor guardado de Colombia. Un pueblo colonial perfectamente conservado, sin añadidos contemporáneos que lo afeen, donde la gente vive con las puertas abiertas y donde en cada esquina hay una bodega como las de antes porque los supermercados no existen. Hay un sastre que confecciona la ropa a la medida y que también hace de barbero. Un pequeño local donde se venden los pasajes de autobuses a donde entra una campesina vendiendo las piñas más hermosas, dulces y jugosas que he visto y probado.  Una casa donde una experta en tamales los fabrica y vende, la puerta abierta, rellenos de carne o simplemente naturales. Un sitio donde hacen los mejores arequipes y un mercado donde un vendedor me regala las guayabas maduras que guardaba para hacerse un jugo y su gesto me parece tan poco corriente (en el mundo donde vivo) que le compro, para devolverle su delicadeza, varias de las frutas que vende, aunque realmente no estuviera en mis planes ni supiera muy bien qué hacer con ellas, pues no me quedaré tantos días como hubiera deseado. Un restaurante que es una casa familiar donde hacen el mejor cabrito al horno de la región, la especialidad de esta zona. Un sitio donde venden frutos secos que vende algo que en toda Colombia llaman “avena cubana” y que no es otra cosa que esa costumbre cubana (heredada de los americanos antes de 1960) de comer avena con leche acanelada (quaker), y me asombro que una costumbre (de las tantas que se perdieron en Cuba) se conserve con la apelación de la Isla en estas tierras. Un vendedor de helados ambulantes, de piel rosada y ojos azules, que me dice que sus abuelos eran suizos, que no habla ni alemán, ni italiano ni francés, y se pone guantes para servirnos sus paletas caseras que saca de un carrito donde todo brilla y no hay ni la más insignificante salpicadura ni mancha. Un hotel con un baño en que la ducha está al aire libre y basta con extender el brazo para tocar o coger los mangos de la mata del patio vecino. Un desayuno en ese mismo hotel, en el patio de árboles frutales y frutas, donde los pájaros vienen a comer las semillas que la empleada les pone en unos recipientes colgantes …

Un pueblo afable, entre valles y montañas, a donde se llega desde San Gil después de una hora de carretera. Un pequeño paraíso en esta hermosa tierra colombiana, a donde los turistas vienen (pocos) de día y se van antes de que caiga la noche. El lugar donde uno puede pasarse varios meses sin cansarse de sus bellos atardeceres y sus paisajes admirables. Una tierra próspera en la que todos parecen vivir en armonía con su entorno.

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