Vanguardia mexicanas en París / El Nuevo Herald

Escribo en El Nuevo Herald de este domingo, sección Artes y Letras, sobre la gran retrospectiva de las vanguardias mexicanas en el Grand-Palais de París, una exposición que no deben perderse bajo ningún pretexto si pasan por París. Como el artículo ya está on-line aquí les dejo el enlace. Tiene una bella galería de fotos.

París celebra las vanguardias de México / El Nuevo Herald / William Navarrete

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París celebra las vanguardias de México

William Navarrete / El Nuevo Herald / 1 de enero de 2017

La gran retrospectiva de la temporada otoño-invierno 2016 en el Grand-Palais de París este año está dedicada a las vanguardias de México en la primera mitad del siglo XX. La organizan la Secretaría de Cultura, el Instituto Nacional de Bellas Artes y el Museo Nacional de Arte, instituciones estatales mexicanas, junto al órgano de los Museos Nacionales franceses. El objetivo: mostrar un arte moderno mexicano que fue el resultado de su interacción con las vanguardias internacionales pero que supo distinguirse con voz e identidad propias. De ahí su singularidad, originalidad e, incluso, el extrañamiento que suele provocar.

El punto de partida es un lienzo de 1889 de José María Jara titulado El velorio, una obra costumbrista que en su época fue muy criticada porque mostraba los pies del difunto de una forma considerada obscena.

En las dos primeras salas se exponen artistas que no rompieron del todo con la pintura académica, y otros que entraron en contacto con las tendencias del París de las dos primeras décadas del siglo XX. Sobresalen Roberto Montenegro, Francisco Goitía (con un misterioso Tata Jesucristo) y Ángel Zárraga.

El primero de estos pintores, también litógrafo y escenógrafo, fue quien dio a conocer el arte contemporáneo mexicano en el exterior. Gracias a una beca de su gobierno en 1906 estudió dos años en París y entró en contacto con Picasso, Braque y Gris, los pioneros del cubismo. Gran muralista, la impronta cubista se notará siempre en las decoraciones murales que realizó tanto dentro como fuera de México. Se le considera uno de los grandes talentos olvidados de la pintura de su país.

En cuanto a Zárraga, sobresalen los lienzos La mujer y el pelele (1909), La futbolista (1926), La frontera septentrional (1927) y L’épicerie du Bon Poète (1939), todas presentes en la retrospectiva. El simbolismo influyó en su dibujo, pero los temas y el tratamiento formal eran puramente mexicanos. De esa etapa se destacan los cuadros de la serie de mujeres futbolistas que asombran tanto por lo moderno de la temática como por la masculinidad de los personajes cuando de féminas se trata. En su país se le conoce poco (pasó más 40 años en Francia donde decoró también el castillo de Vert-Coeur y la iglesia Nuestra Señora de la Salette, en Suresnes). Cuando regresó a México en 1941 su pintura no encajaba en un contexto en que la aceptación popular correspondía al arte liderado por el trío nacionalista de Rivera, Orozco y Siqueiros. Siguió pintando frescos y, uno de ellos, los que adornan la Catedral de Monterrey.

Antes de entrar en la etapa nacionalista Diego Rivera llama la atención por varios cuadros que concibió durante su estancia en París. Uno de estos, Notre Dame de París (1909), fue concebido de modo que la catedral parece emerger de las brumas que preceden al Impresionismo. Otro, Retrato de Ramón Gómez de la Serna (1915), parece la obra de un cubista europeo.

El muralismo apoyado en el carácter ideológico de la Revolución Mexicana se apoya naturalmente en la tríada antes mencionada del propio Rivera, junto a Siqueiros y a Orozco. Son los que llevan el estandarte estético de la revolución, alentados por José Vasconcelos quien desde su puesto de Ministro de Instrucción Pública velaba porque la llama de ese momento histórico iniciado en 1910 no se apagara.

La violencia del muralismo, su función apologética, los temas de la lucha de clases y de la utopía social fueron excluidos por otros artistas. La ausencia de un discurso nacionalista los opacó entonces. Fue el caso de Ramón Alva de la Canal, Germán Cueto (conocido por sus máscaras fantasmagóricos), Frida Khalo (muy conocida hoy, pero ignorada o casi en su tiempo), Gerardo Murillo (pintor abstracto de excelente factura), Nahui Olin, María Izquierdo y Olga Costa, junto a las fotógrafas Tina Modotti y Lola Álvarez Bravo, cuya militancia no significaba una relación directa con la obra. Sueño y presentimiento (1947) de Izquierdo y Nahui y Lizardo frente a la bahía de Acapulco, de Olin, demuestran esta autonomía.

A Rufino Tamayo se le sitúa, como es lógico, entre los artistas que miran sin complejo lo que se hacía en Europa y Estados Unidos antes de darse a la tarea reinterpretar la herencia precortesiana y el propio nacionalismo. Por ello, aparece cerca del excelente caricaturista Miguel Covarrubias y de Marius de Zayas, todos influidos por el arte y el diseño de Nueva York o Detroit, donde también triunfaron ellos y donde influyeron a sus artistas tras un complejo proceso de hibridación.

La última etapa de la muestra es la de México visto a través de los foráneos que se establecieron allí, pues había allí un clima propicio para que desarrollaran sus ideas. Antonin Artaud, Benjamin Péret y André Breton habían abierto, tras su estancia en el país, una ventana por donde respirar a artistas de una Europa que padecía persecuciones e intolerancia. Llegan así el andaluz José Horna, o las muy afines al surrealismo Leonora Carrington y Alice Rahon, originarias de Inglaterra y Francia respectivamente. También el guatemalteco Carlos Mérida. Un ciclo que se cierra, como sucederá también en la muestra, con la llegada a México, en 1949, del prusiano Mathias Goeritz, impulsor de la arquitectura emocional y uno de los artistas más originales relacionados con este país.

México 1900-1950 es un recorrido completo por la estética de un país, su historia en pinceladas y la manera en que la modernidad puede interpretarse como simbiosis con el mundo exterior y un pretexto para exponer las entrañas, el cauce profundo que lo diferencia del resto del mundo. Del porfiriato a la revolución, del maximato al cardenismo, la modernidad de México avanzó a la par de su historia, siempre indisolubles, siempre entrelazadas.

 

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