Mi homenaje a Nivaria Tejera en El Nuevo Herald de hoy

Mi modesto homenaje a la escritora y amiga Nivaria Tejera en El Nuevo Herald de hoy, publicado el día de su 87 cumpleaños. Fallecida a principios de este año en París fue seguida, muy poco tiempo, por su esposo Hanton, uno de los primeros pintores abstractos españoles.

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Nivaria Tejera en el parque de un castillo francés / El Nuevo Herald / William Navarrete

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Presentación en la Maison de l’Amérique Latine de París (en 2008) de la antología en homenaje a José Lezama Lima “Aldabonazo en Trocadero 162” (33 autores) de la que Nivaria Tejera (en el centro) fue autora junto a Regina H. Maestri, José Triana, Regina Ávila y William Navarrete, también presentes.

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Nivaria Tejera en el parque de un castillo francés

El Nuevo Herald / © William Navarrete

La primera vivencia de la que tengo noticias se la debo, no a mi memoria, sino a la de otro escritor, algo olvidado hoy, quien me habló de una adolescente, de impecable vestido y lazos rosados, que leía poemas, sus poemas, en una de aquellas instituciones culturales que eran la gloria de una Habana republicana y a la que la habían invitado a pesar de ser una joven de provincias. Así recordó Mario Parajón, en un almuerzo en mi casa en París, en donde estaba también el dramaturgo José Triana, a Nivaria Tejera, precoz e inquieta desde que vio la luz en la ciudad de Cienfuegos, a donde su padre tinerfeño, Saturnino Tejera, había llegado huyendo de la dramática guerra civil española.

La vida de Nivaria, nombre que para los romanos evocaba la isla del majestuoso Teide, fue un constante ponerse a salvo del mezquino poder de los hombres cuando se ejerce con fines opresivos. Su primera obra maestra, de la que había publicado un capítulo la enjundiosa revista Orígenes (fundada por José Lezama Lima), fue El barranco. Su título revelaba el modo peculiar con que la novelista (la primera en abordar el sangriento conflicto civil español desde la visión de una niña) observó y reveló el entorno. Así, parada al borde del abismo que se abría a su pies, en la frontera entre todas las caídas, aguzó la vista para desentrañar lo más profundo de la grieta, de aquella rajadura sin fin en la faz de la tierra, cuando nadie sabía si lo mejor era seguir hacia adelante o dar un paso atrás: escapar o morir.

En su huida, marcada por la presencia infinita de las islas, ya en Cuba, en Tenerife, o incluso en la región francesa de la Isla de Francia, en donde vivió las últimas casi cinco décadas (y que jocosamente comparaba con un abigarrado archipiélago del que quiso ser un día su conquistadora), Nivaria Tejera no olvidó ni un solo instante que la literatura era algo serio.

La conocí, y mucho la frecuenté, décadas después de todos los derrumbes. Aunque los estragos de cada uno de ellos eran perceptibles en una especie de neurosis que exigía tratarla con guantes de seda, Nivaria sabía ser no sólo la amiga incondicional de sus amigos, sino también una intelectual consciente del valor de la palabra, de la necesidad de ser consecuente con sus ideas, aunque pagase un alto precio. Tal vez por esa misma conciencia, fue sistemáticamente excluida durante el largo túnel de los años de simpatía europea por la Cuba post 1959, de los selectos círculos académicos y fórumes de la progresía, de ese ballet de lentejuelas con que los simpatizantes de los tiranos festejaban (y festejan), ensalzaban (y ensalzan), desde sus cómodos cenáculos y cátedras, aquel gobierno de fracasos y atropellos ignorando que la Historia un día les pasará la cuenta.

Conciente de haberse convertido, a partir de su renuncia en 1965 al puesto de agregada cultural de la embajada cubana en Roma y París, en enemiga pública del lobo de dientes afilados, Nivaria prefirió lanzarse a la trituradora que, en aquel entonces, convertía en partículas de polvo errante a quienes se atrevían a desafiar el sueño de los simpatizantes. Una trituradora que, lo sabía, le había negado por similares razones el Nobel a Jorge Luis Borges, pero también reconocimientos a su coterráneo, el escritor Guillermo Cabrera Infante, cuyo pasado compartía por haber, como él, creído en que la Cuba de Batista necesitaba un cambio. Nivaria vivía ya exiliada en París en los años que siguieron al golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 y desde París regresó, respondiendo al primer llamado, al que acudieron después de 1959 muchos intelectuales cubanos que se habían marchado de la isla.

Un premio, el Novela Breve de Seix Barral en 1971 por su Sonámbulo de sol, fue muy poco consuelo ante tanto ninguneo, ante esa larga noche de espera que el título y contenido de uno de sus libros más completos y difíciles, Espero la noche para soñarte, Revolución (cuya edición en castellano publicada en 2002 tuve el honor de prologar), intentaban explicar.

Poeta de puntadas finas, Nivaria soportó estoicamente su eterna « Rueda del exiliado », parafraseando uno de sus más bellos y largos poemas: « Estamos sembrados en la tierra de exilio como espantajos / De los que se huye como de la intriga de una historia / Los días y las noches caen como sombras en el pozo de las venas / Pulsaciones de tiempo pátina de la cúpula somos / Sin otro son que los pasos y entre ellos / El cuerpo música mutilada fluyendo / Bajo sus tendones el torrente de la locura / Frota balsámica la herida que tiende retadora / Su arcoiris de mapa cuarteado. »

Los versos la acompañaron siempre desde mucho antes de su primer libro de poesía, Luces y piedras, publicado en Cuba en 1949. Cuando en 2008 la invité a participar en el homenaje que treinta y tres autores y amigos de José Lezama Lima le ofrecimos, por el venidero centenario de su nacimiento, Nivaria rechazó escribirle un poema por parecerle « inocuo usurpar el vedado terreno del hermetismo » del autor de Paradiso. Acto seguido, en su exquisito texto recogido en la antología de Aldabonazo en Trocadero 162 (Valencia, 2008), aclaraba que en su escritura « poesía y prosa se persiguen, se extravían una en la otra, se funden extirpándose la médula, la posible aridez del origen, reclamándose mutuamente complicidad y autonomía en un combinado híbrido, arca de un organismo sin reglas », explicando cómo concebía y asumía su propia literatura.

Al taller de artista del 44 de la avenida parisina Jean Moulin (barrio de Alésia) en que vivió con Antón González (Hanton para el mundo de la pintura), su esposo por más de 50 años y uno de los primeros abstractos españoles (a los que el Reina Sofía debe todavía una prometida retrospectiva que él inútilmente esperó con amargura los últimos diez años de su vida), iban los pocos íntimos a verle. Los que lo hacían con más frecuencia o quienes a distancia conservaban comunicación periódica sabían que a Nivaria se le escuchaba siempre con la avaricia de quien teme perder una sola de sus palabras.

En ese escogido grupo de amigos que de cerca o de lejos la apoyaban y querían estaban los académicos María Hernández-Ojeda, Madeline Cámara y Antonio Álvarez de la Rosa, los poetas Isel Rivero, Manuel Díaz Martínez y María Elena Blanco, además de cuatro grandes del ámbito literario: Claude Couffon, Hector Bianciotti, Pío Serrano y Maurice Nadal, quienes se interesaron en su obra, la publicaron y elogiaron.

La muerte de la autora de El barranco el pasado mes de enero nos sorprendió a todos (la de su compañero Hanton, apenas dos meses después) mucho más. En el cementerio del apacible pueblo del Valle del Oise, Epinay-Champlâtreux, a 25 kms de París, descansan hoy los dos. Feudo de la Casa de los Noailles, una de las familias más prominentes de la nobleza francesa de la que se destacaron por alizanzas maritales las visionarias Anne y Marie-Laure de Noailles, este pueblo ha sido casi siempre administrado por los duques de dicha familia, convertidos en tiempos republicanos en simples ciudadanos para ejercer el cargo de ediles y alcaldes. A los últimos Noailles Hanton estuvo muy estrechamente vinculado pues trabajó durante años en la restauración del fabuloso castillo.

Para Nivaria el château (como lo llama, en francés, en su poema Visita al château), como Vallauris (en la Riviera francesa), era un sitio especial. Ese era su mundo de fantasmas y sombras, de ensueños y ruidos de ultratumba. Allí se retiraba a pensar, escribir y leer, y daba largos paseos en su parque, bajo los mismos árboles centenarios que cobijaron también un día a Chateaubriand, amigo íntimo del conde Molé, durante los suyos. Y bajo esos castaños, todavía vestida de rosado, recita sus primeros poemas habaneros, los más ingenuos, mientras paleta en mano Hanton le dibuja un mundo en que sus cuerpos levitan como levitaron siempre para ella las letras hasta quedar atrapadas en las páginas memorables de una de las grandes escritoras del siglo XX hispanoamericano.

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