Horror en Niza / mi testimonio para El Nuevo Herald

Mi testimonio para El Nuevo Herald de lo que viví y cómo lo viví ayer en Niza. A las 3 am estaba contándolo en AméricaTV, en Telemundo, etc. y, por supuesto, he dormido dos horas (y mal) desde ayer. Todavía no sabemos quiénes han perdido sus vidas en esta nueva contienda bélica. Porque de lo que sí estoy seguro es de que vivimos una guerra a cuentagotas que va desangrando lenta e irremidiablemente nuestro mundo, nuestro sistema de valores, las cosas que amamos y por la que tanto lucharon quienes nos las legaron.

(El título en el Herald no lo escojo yo nunca)

Horror en Niza / William Navarrete / El Nuevo Herald

Niza, atentado

Y algunas imágenes de la ciudad, en el punto en donde ocurrieron estos hechos, hoy a la 1 de la tarde:

Horror en Niza

William Navarrete* / Niza

Como cada año el espectáculo de los fuegos artificiales lanzados desde el mar es la ocasión para que la gente de Niza y los turistas se congreguen en la fachada marítima de la ciudad, la larga y hermosa avenida que recorre el Mediterráneo, bautizada desde finales del siglo XIX como Paseo de los Ingleses por ser los británicos quienes inauguraron la moda de pasar temporadas (en invierno entonces) en la Riviera francesa.

Como cada año también había allí miles de personas, sin distinción de sexos, razas y creencias, que festejaban la belleza del arte de la pirotecnia, en el marco de un centenario más de la toma de la Bastilla. O simplemente, daban gracias a la vida, felices por disfrutar de sus vacaciones y del placer de encontrarse entre amigos durante uno de los momentos que marcan la estación veraniega de la célebre Cote d’Azur.

Y como cada año paso el verano en Niza, segunda destinación turística de Francia, una ciudad que recuerda en mucho ciertos lugares del Caribe, y que no por gusto fue oficialmente hermanada con la ciudad de Miami desde 1981 tanto por la creatividad como porque, entre palmeras y espuma, ambas ciudades se dejan acariciar por el azul del mar.

Pero por primera vez, a diferencia de años anteriores, decidí, ausentarme del espectáculo de los fuegos.

Me asomé apenas unos minutos al paseo marítimo hacia las 10 de la noche. La muchedumbre era compacta, la Municipalidad había mandado apagar, como de costumbre, el alumbrado público, y ya empezaban a verse, en la negrura del cielo como telón de fondo, las primeras figuras de colores trazadas por los artificios. Media hora antes, el mistral – viento del Oeste que desciende entre los Alpes hasta el mar – había empezado a soplar con mucha fuerza hasta alcanzar rachas cada vez más violentas, algo poco corriente en esta época del año. Me sorprendió que no se ordenase la suspensión del espectáculo, a sabiendas de que el viento es el peor enemigo de la pirotecnia y que una simple chispa fuera de sitio bastaría para incendiar el parque de la Colina del castillo, muy cerca de allí, a orillas del mar.

Tal vez porque me molestaba mucho el viento o, simplemente, porque durante un mes había padecido, literalmente, la invasión de los aficionados durante la reciente Eurocopa de fútbol, decidí alejarme del Paseo.

Caminé hasta la heladería de una amiga sarda, a pocas manzanas del lugar del atentado. El local se halla en el corazón del viejo Niza, la parte de la ciudad que se repleta de turistas en esta época del año y a donde se suele venir el año entero, después de cada evento o festividad, por la profusión de locales comerciales, bares y restaurantes que existe. Fue justo en ese sitio donde minutos después presencié la descomunal estampida.

Miles de personas corrían alocadas por las estrechas calles de la ciudad medieval. Corrían despavoridas y gritaban sin saber a dónde dirigirse por desconocer, en el caso de muchos, la laberíntica trama de callejones de este lugar. Nadie lograba explicar coherentemente qué era lo que estaba sucediendo, y de vez en cuando se oían, entre balbuceos y gritos, las palabras ‘‘atentado’’, ‘‘muertos’’, ‘‘terrorismo’’.

En lo personal, es lo más similar que he vivido a un encierro pampelonense de San Fermín, pero esta vez sin toros corriendo detrás, mas un enemigo invisible que ha logrado su objetivo: el de sembrar el terror, destruir nuestra confianza y hacer de cada uno de nosotros, ciudadanos de un Occidente libre y democrático, animales asustadizos que dudan hasta de la eficacia de nuestras instituciones.

Nadie sabía exactamente por qué se corría. ‘‘Hay un kamikaze suelto’’, decían unos.  ‘‘Son varios francotiradores escondidos’’, aseguraban otros. En ese instante, acuartelados en el interior de la heladería, después de haber cerrado las puertas y apagado las luces para que no nos viera el ‘‘enemigo invisible’’ desde el exterior, esperamos a que pasara el peligro, a la vez que tratábamos de obtener alguna información fiable a través de nuestros móviles.

Poco a poco nos fuimos enterando. La cifra de muertos anunciada no cesaba de aumentar. La orden era tácita: permanecer guarecidos y en lugar seguro, no moverse del sitio en que cada cual se encontrara. Así vivimos más de una hora de incertidumbre. Casi nada, en realidad, con respecto al dolor de quienes acababan de perder a familiares y amigos, con quienes escaparon por puro milagro de la carrera desenfrenada de aquel bólido sobre ruedas segando vidas.

El atentado de Niza ha sido la obra de un individuo que representa el odio hacia nuestros valores. Ha escogido una vez más una fecha simbólica: el 14 de julio, fiesta nacional francesa. Y ha golpeado en nuestra manera de celebrar la vida, los logros, la Historia, nuestra herencia cultural.

El enemigo tiene (y tendrá) hasta que lo aniquelemos, mil maneras novedosas de sorprendernos, y en cada ocasión – lo hemos visto ya – la proporción de pérdidas humanas se inclina muy desfavorablemente hacia nuestro lado. Por cada asesino perdemos a decenas de seres inocentes. En cada ocasión ha sido y será prácticamente imposible anticipar el golpe bajo. Por cada uno de ellos que nuestros militares o fuerzas policiales eliminen son decenas de muertos inocentes y miles de ciudadanos los que tenemos la impresión de que nos están robando nuestro mundo: el mismo que con tanto esfuerzo nos legaron nuestros ancestros.

Más de ochenta víctimas en la fachada mediterránea de una de las ciudades más turísticas de Europa, y decenas de heridos, algunos en estado grave.

En las condiciones actuales ya no podemos decir ‘‘se ha atentado contra Francia’’. En el mundo en que vivimos, llámese Orlando, San Bernardino, Estambul, Londres o Bruselas, en cada sitio en donde estos bárbaros han sembrado el terror, los actos de esta naturaleza son actos contra todos los hombres libres del planeta.

* Escritor cubano residente en París

wnavarre75@wanadoo.fr

 

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