Cuba y Venezuela, unidas por la cultura desde mucho antes / en El Nuevo Herald

Me entero, estando de vacaciones en Madrid, que ha salido en El Nuevo Herald mi artículo sobre nexos culturales más profundos que los actuales entre Cuba y Venezuela.

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Cuba y Venezuela unidas por su música y la cultura / William Navarrete / El Nuevo Herald

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Cuba y Venezuela, larga trayectoria de intercambios culturales

William Navarrete / El Nuevo Herald

Las relaciones entre cubanos y venezolanos no datan de ayer. Sus raíces son profundas y desde el siglo XIX personajes cimeros de la historia de ambos países se destacaron o marcaron la actualidad cultural y política del otro.

El caso de José Martí, y en sentido inverso, el de Narciso López, por sólo mencionar los más relevantes, son elocuentes. El primero, a la edad de 28 años, llega a Caracas en 1881. La ciudad no tenía entonces más de 50 000 habitantes y el propio Martí contará en su relato Tres héroes que sin sacudirse el polvo del camino preguntó dónde se encontraba la estatua del Libertador Simón Bolívar. En la capital venezolana pronuncia varios discursos en el Club del Comercio, escribe artículos en La Opinión Nacional, y otro el la Revista Venezolana sobre el destacado escritor Cecilio Acosta que disgusta mucho al despótico presidente Guzmán Blanco. En una plaza de Chacaíto, en Caracas, una estatura rinde homenaje al apóstol de Cuba.

Cita : « Los que le vieron en vida, lo veneran; los que asistieron a su muerte, se estremecen. Su patria, como su hija, debe estar sin consuelo; grande ha sido la amargura de los extraños; grande ha de ser la suya. ¡Y cuando él alzó el vuelo, tenía las alas limpias! ». (José Martí, Revista Venezolana, Chacas, 15 de julio de 1881)

Al caraqueño Narciso López (1797-1851), el segundo, Cuba debe su bandera nacional confeccionada en 1849 junto con otros exiliados cubanos entre los que se hallaban el poeta Miguel Teurbe Tolón y el novelista Cirilo Villaverde. López participó en varias acciones contra el poder colonial en la Isla, de las que sobresale la conspiración de la Mina de la Rosa Cubana, así como una expedición que desembarcó en 1851 por el puerto de Cárdenas, ciudad en donde se enarboló por primera vez la enseña nacional. Capturado tras una segunda expedición, el 12 de agosto de 1851, fue condenado a garrote vil y ejecutado en La Habana a fines de ese mismo mes.

Otra figura del siglo XIX realcionada con Venezuela fue el santiaguero Diego Vicente Tejera (1848-1904), precursor de las ideas socialistas en Cuba, quien estudiara bachillerato y medicina en Caracas, ciudad donde comienza a escribir sus primeros poemas. Allí se enroló en actividades políticas contra el dictador Guzmán Blanco, antes de establecerse en Puerto Rico, a donde su padre había llegado con un puesto en la Audiencia de Ponce.

Con la instauración de la República de Cuba (1902) los intercambios entre personalidades de ambos países se incrementan. La Habana y Caracas son epicentros de la vida cultural en el Caribe y no es raro encontrar a literatos destacados representando a su país en el consulado del otro.

Es el caso de Luis Rodríguez Embil (1879-1954), destacado escritor cubano de amplia trayectoria en la narrativa, fundamentalmente en la cuentística y el periodismo, quien fuera embajador de Cuba en Venezuela. Desarrolló una intensa labor diplomática que lo llevó a representar a su país en Génova, Madrid, Viena, París, Madrid, Hamburgo y Montevideo. Escribía bajo el pseudónimo de Julián Sorel y colaboraba con asiduidad en las revistas Bohemia, Carteles, Social, El Fígaro. A él debemos la primera visita del insigne novelista venezolano Rómulo Gallegos a La Habana, en 1948, luego de haber sido desfenestrado como presidente y expulsado de su propia residencia caraqueña por los militares de Marcos Pérez Jiménez, autor de un sonado golpe de Estado. Carlos Prío Socarrás le brinda entonces asilo por intercesión de su Ministro de Relaciones Exteriores Carlos Hevia y Reyes-Gavilán al célebre autor de Doña Bárbara.

En sentido contrario, el político y escritor Carlos Álamo Ibarra (1896-1958), fue cónsul de su país en La Habana entre 1943-1946, además de gobernador del territorio del Amazonas. No es muy conocida su trayectoria de novelista, y menos, su sorprendente novela Río Negro inspirada en su experiencia de vida en el territorio del Amazonas. En Cuba lamo Áplantó su semilla pues tuvo con la cubana Regina Hernández Rodríguez-Alfonso una hija.

Para nadie es un secreto la relación íntima entre la gran escritora venezolana Teresa de la Parra, nacida en París en 1889 y la antopóloga cubana Lydia Cabrera, a la que conoció durante su primer viaje a La Habana en 1927. Viajaron juntas a Italia en 1929 y se convierten en compañeras inseparables hasta la muerte de Parra en 1936. La autora de El Monte será su compañera , y hasta enfermera, durante la estancia de la célebre venezolana en el sanatorio suizo de Leysen donde la tuberculosis condena a vivir recluida casi cuatro años. Y a su lado permanecerá también durante toda su agonía.

No ha de extrañarños que en su Diario, Teresa de la Parra dedique párrafos enteros de admiración a quien permaneció junto a su cabecera los últimos meses de su vida. Parte de la correspondencia entre ambas y otros textos fueron publicados en Venezuela, en 1982, con omisiones que pretendían ocultar la relación íntima entre las dos mujeres. La escritora cubana Rosario Hiriart se dio a la tarea de restituir la verdad en su libro Cartas a Lydia Cabrera. Correspondencia inédita de Gabriela Mistral y Teresa de la Parra (Ed. Torremozas, 1988). Teresa llamaba a Lydia «cabrita» y en una sus cartas fechada en Bogotá en 1930 leemos:

Cita: Cabrita querida: A los dos días de llegada di mi primera conferencia. Mañana otra, el viernes la última. Quizá repita alguna a lo Lorca soltando conferencias en varias ciudades… Te digo buenas noches, y no sé hasta cuándo, pues mi vida es sin descanso y un minuto libre, libre… ¡Cómo anhelo verme dueña de mi persona!

Gabriela Mistral da fe, en una de sus misivas, de la dedicación de Lydia: «… su única y noble enfermera, la cubana Lydia Cabrera, a la hora del desbande de las amistades estaba con ella y quedaría a su lado hasta las postrimerías». La premio Nobel chilena achacaba incluso a Lydia el no ocuparse de su propia obra por atender a Teresa. Cuentos negros de Cuba, publicado en 1936, en francés, en las prestigiosas ediciones parisinas de Gallimard, fue escrito por Lydia Cabrera «para entretener» (así lo confiesa) a Teresa de la Parra durante el internamiento de ésta en el sanatorio suizo.

Otro grande de las letras cubanas, Alejo Carpentier, el primer lationoamericano en recibir el premio Cervantes (1978), vivirá en Caracas entre 1945 y 1959. Había sido anteriormente redactor de la revista Carteles. Llega a la capital venezolana invitado por Carlos Eduardo Frías para enseñar historia de la cultura en la Escuela de Bellas Artes. Gracias a la exploración de la jungla y de zonas boscosas de ese país podrá escribir Los pasos perdidos, novela que comenzó en 1956. En Caracas se ocupará de la sección Letra y Solfa del periódico El Nacional para el que escribe alrededor de 3 000 artículos de literatura, arte y música, y en este mismo diario relatará su viaje a la Gran Sabana, germen de la novela mencionada.  Aunque los nombres que evoca Carpentier en su libro no existen en el Alto Orinoco, pues deseaba crear arquetipos de amplias zonas del continente americano más que centrar en el interés en un sitio en específico, es fácil reconocer la topografía y las características de su paisaje. En Venezuela terminará también El reino de este mundo, una de sus obras maestras, inspirada en los sucesos de la revolución haitiana de 1792.

A Venezuela irá también el arquitecto cubano más connotado del siglo XX: Ricardo Porro. Allí se instala en 1957 porque que pesaban sobre él las sospechas de actividades subversivas contra el gobierno de Fulgencio Batista. Es contratado como profesor en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Caracas, donde enseña junto con el célebre arquitecto Carlos Raúl Villanueva y el pintor cubano Wifredo Lam, responsable de uno de los murales de dicha institución, concebido en 1957. Con Villanueva trabaja en el proyecto del Banco Obrero de Caracas, antes de regresar a La Habana, en 1960, respondiendo al llamado de la revolución a intelectuales dispersos por el mundo para que se incorporasen a la nueva etapa que se inauguraba en la Isla. Es entonces cuando, junto a los arquitectos italianos Roberto Gottardi y Vittorio Garatti, concibe el proyecto de las Escuelas de Arte de La Habana, en su caso, las de Danza Moderna y Artes Plásticas, antes de exiliarse por la segunda vez de su vida, en 1966, esta vez en París, donde ha fallecido recientemente.

En el ámbito musical también el intercambio fructífero entre músicos y cantantes de ambos países ha dejado huellas profundas en la memoria colectiva y no pocas influencias. El Trío Matamoros revoluciona el ámbito de la música popular caraqueña en los años 1930, cuando actúa en el Teatro Ayacucho, y Celia Cruz, quien no se había consagrado todavía con La Sonora Matancera, ocupa la cartelera del Hotel Majestic durante una larga temporada en 1947.

Muchos recuerdan al gran cantante y compositor caraqueño Alfredo Sadel actuando junto a los cubanos Blanquita Amaro y Otto Sirgo en la película A La Habana me voy (1950). Poco después, grabará con Benny Moré Alma libre, quien también tocará en repetidas ocasiones en Venezuela.

En otro registro, al cantante Fernando Albuerne, nacido en Sagua de Tanamo, Oriente de Cuba, en 1920, y considerado «la Voz romántica de Cuba»,  se le recuerda con afecto en la Venezuela de la década de 1960 a donde llega como exiliado. Allí graba el álbum El son se fue de Cuba, haciendo alusión al éxodo de artistas provocado por la radicalización de la revolución de 1959. Numerosas giras lo llevarán por el interior del país.

Los integrantes del famoso Trío La Rosa escogieron también en esa misma época a este país como tierra de acogida. Nacida en Cuba, la cantante y actriz María Conchita Alonso llega a ese país a la edad de cinco años con sus padres y comienza en él su carrera artística. Otra cantante cubana de renombre, Blanca Rosa Gil, conocida por su estilo peculiar al interpretar boleros, vivirá también un largo periodo allí. Su interpretación del bolero Sombras de Julio Jaramillo evoca muy bien esa fructífera etapa de su carrera.

Muchos han sido los cubanos y venezolanos que han contribuido a lo largo de los siglos XIX y XX, antes de la etapa actual que vive el país sudamericano, a enriquecer la cultura de ambos pueblos. Es bueno recordarlo porque nuestra historia común no se escribió ayer.

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