La muerte de Rafael Chirbes

La muerte de Rafael Chirbes, como a muchos, me dejó perplejo. A la perplejidad se sumó, inmediatamente, la tristeza. También el consuelo de saber que su obra es de las que quedan. Los que le queríamos hemos perdido a un buen amigo. Las letras, a uno de los más altos exponentes de este tiempo. Alguien que no había terminado de decir la última palabra, sus verdades enormes, que nos deleitaba con el pulso firme de su escritura, con la sabiduría tejida en historia, dosis perfecta de ironía e inteligencia, situaciones donde perderse era (y será siempre) atravesar paisajes y cuerpos como espejos en donde encontrarse a sí mismo.

A Rafael lo conocí gracias a Cristina García, la directora del HAY Festival. Hicimos algunas travesuras juntos. Se convirtió en mi compañero de excursión por las tierras de Xalapa cuando visitamos Coatepec, la capital del café veracruzano, y Xico, un pueblecillo pintoresco, de reputado mole y mejores dulces. Fue en este último donde me enteré de su diabetes. A Rafael no le daba la gana de renunciar al placer de las golosinas y en uno de los abarrotes de Xico, una tienda en la que hay un poco de todo, nos dimos buen atracón de hojaldres y panes de canela. Inolvidable.

En la plaza de Coatepec una orquesta de danzones tocaba a la marimba Palmeras, interpretada mil veces por la inmortal Toña la Negra y compuesta por Agustín Lara. Nos miramos sin necesidad de traducir en palabras nuestra emoción. Nos sentamos allí mismo, en un banco del parque, cerca de los músicos. El repertorio de Lara continuaba, mientras las parejas seguían bailando “sobre un ladrillo”, una expresión cubana que indica poco movimiento al bailar con la intención de sentir y expresar mejor toda la sensualidad de la música. En ese parque la gente disfrutaba de la vida. Palpábamos su ritmo lento cuando de pueblos de provincia se trata. Unos se enamoraban, otros tomaban nieves (helados), las parejas bailaban, mientras los músicos callejeros llenaban el parque de nostalgias y recuerdos encaracolados en la mente de quienes habían amado, llorado y soñado al ritmo de esas melodías. Por la mirada casi empañada de Rafael entendí que lo que oíamos le removía caricias juveniles, instantes irrepetibles, cosas de su tiempo.

Ya en el minibús que nos paseaba (junto a otros autores) por las serranías cafetaleras de la región xalapeña, coincidimos en que fuera del entorno veracruceño casi nadie debía saber ya lo que significaron un día aquellas dulces melodías.

Tras nuestro regreso a Europa, yo de vuelta a París, él a su pueblo de la región de Valencia, nos mantuvimos siempre en contacto. Para él no existían Facebook y Twitter, ni ninguna de esas redes que ocupan más tiempo que intelecto. Respondía siempre, eso sí, cada correo recibido y, sobre todo, contestaba el teléfono.

Mantuvimos una hermosa correspondencia. Hicimos incluso una apuesta con respecto al Premio de novela Vargas Llosa 2014 en que estaba de finalista junto a Juan Bonilla y Juan Gabriel Vázquez. Le pronostiqué que lo ganaría y me equivoqué. Él me había dicho antes que no tenía suerte con los premios. En un correo del 29 de marzo de ese mismo año me anunciaba que el ganador de la apuesta era él y sentía no darme la alegría. Sin embargo, en el curso de ese mismo año sumaría dos importantes lauros a su carrera: el premio de la Crítica de narrativa castellana y el Nacional de Narrativa en España, ambos por su reciente novela En la orilla (Anagrama / Sur les rivages, en francés), además de haber sido declarado mejor libro del año por el diario El País.

Creo que a Rafael le importaban poco los premios, y se alegraba, después de todo, de no haber ganado por el que apostamos, evitándose así viajes, entrevistas y figureo. En el mail en que me lo anuncia casi con regocijo tocaba el tema de su salud, sin darle mucha importancia, de paso, como siempre hacía, evocando una simple molestia propia del calendario, de la que saldría pronto. Nunca imaginé que le restaba importancia a su enfermedad para no causar preocupación a quienes le querían.

Hacia marzo, cuando el invierno no acababa de abandonarnos, me escribió para decirme que descubrió por pura casualidad que yo había escrito poemas sobre Marruecos. Se admiraba que los hubiera publicado en su tierra: en Valencia. Rafael había tenido una estrecha relación con ese país del Mahgreb, en donde vivió décadas atrás. A Beniarbeig viajaron entonces mis Lumbres veladas del sur y él me agasajó con Mimoun que recibí en los albores del verano. Era su primera novela, descubierta y publicada por Herralde en 1988, la revelación de un escritor de ley, un formidable descubrimiento, en su edición por el trigésimo aniversario, prologada de la mano de su editor. Viajaba con el libro una tarjeta.

Antes de dejar París e instalarme como cada verano en la Côte d’Azur, eché el ejemplar de Mimoun en la maleta. Me lo leí en Niza, en dos tirones, y hubiera deseado que fuesen más, pero resultó ser el tipo de libro en que uno se muere por conocer el final. Estaba preparando una carta para contarle mis impresiones. La había dilatado porque sabía que a Rafael no le iban los halagos, las zalamerías, nada que pareciera artificial. No buscaba luces, tampoco aplausos. Ni le iba ni le venía que se le enviasen ramos de flores. Por eso, más que halagos (merecidos, por cierto) había preparado un par de preguntas que sabía respondería con gusto. Preguntas que ahora se han quedado sin respuestas, o mejor, con las respuestas que yo desee, que es, en realidad, la esencia mágica de la literatura. No le hubiera preguntado, por supuesto, cómo le permitió el editor dejar en su novela párrafos enteros en francés, sin traducción, sin pie de páginas, de imposible comprensión para el lector hispanohablante que desconociera una lengua que él, en cambio, hablaba perfectamente. Lo que sí quería saber era si seguía volviendo a Mimoun en sueños y si aquella casa de La Creuse no era acaso la casa de todos los miedos que albergamos dentro.

Yo creo que Rafael era de los que hacía lo que le daba la gana. Hizo bien.

Ni poses ni caramelos. A su aire. Respirando la soledad del campo en que vivía, al final de su propio camino. La plenitud de las estrellas, sin ciudad a la vera que les devorase el brillo. Dos perros por simple compañía. Y un buzón en el que no faltaban seguramente cartas de admiración, las que más valen: las de sus lectores y amigos. A lo lejos, el bramido del mar. La Costa Blanca. Las palabras retumbando en sus páginas a vuelta de olas. Vomitándolas en libros. Devolviéndonos la falacia del mundo en que vivimos. Abofeteándolo. Y el sol dándole en la cara cada mañana, antes de devolvernos el día a día de todos filtrado y sopesado por su mente prodigiosa.

chirbes mail

Esta entrada fue publicada en literatura. Guarda el enlace permanente.