Belén – Palestina

Un viejo sueño realizado: visitar Belén, de mítico nombre y míticas historias. Ir a la Basílica de la Natividad, a la Gruta de la Leche, perderme por sus calles, su viejo mercado, evitando ese feo muro que es una herida abierta en la piel de un pueblo en el que pagan justos por pecadores. Belén es hermosa, blanca, luminosa, ajetreada, movida, inesperada. Su gente (palestina) amable, las mujeres tienen cutis de nácar y se visten con mucha gracia, no son esquivas, conversan con los turistas (conmigo), sin rodeos. La comida es exquisita y Afteem restaurante palestino de delicados platos, pulcro, económico, servicio atento. No tengo queja alguna de mi viaje a Belén, excepto de que, en el momento de pasar el puesto de control israelí bajaron a los palestinos del autobús y a los extranjeros (los pocos que viajábamos en un autobús usado por los locales) nos quedamos en la cabina. A ellos les revisaron hasta la médula, a nosotros no: un soldado con metralleta larga miró con desgano nuestras visas y pasaportes. En ese momento, al no saber qué debíamos a hacer, pregunté a la palestina que viajaba a mi lado. Ella me respondió: “Ustedes se quedan en el autobús, solo nosotros tenemos que bajar”. Y eso me trajo el recuerdo triste de una época de Cuba, la que yo viví, en la que el cubano era extranjero en su propia tierra, la suya y de sus ancestros, y el turista un dios, que tenía todos los derechos.

A cada cual le tocará diseñar su propio viaje a Palestina y llegar a sus propias conclusiones. Yo, al fin, tengo una idea más o menos clara de lo que allí pasa.

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