Osuna, Andalucía y toda melancolía del invierno en tiempos de gritadera

Avanzo en mi novela, viajo – hace 25 años que no he parado de viajar -, escribo, me entrego a la melancolía del invierno, visito pueblos de nobles piedras, de nobles nombres, y contemplo los palacios ocres y las casas blancas de Osuna, en esta comarca de la provincia de Sevilla que llaman La Campiña.

Del otro lado de la pantalla hay tremendo revuelo y sobre todo mucho griterío, de ese que no trasciende de la virtualidad de estos plásticos acuosos de ordenador.  Algunos alegatos dan risa. Abundan los que empiezan en primera persona: “yo”, “cuando yo”, “era yo” … como si el mundo dependiera de esas anónimas almas y de sus desbordantes (e infantiles) egos. Debe ser tristísimo creerse lo que no es y curarse de las frustraciones personales gritando en solitario. Hay quienes mueren incluso sin enterarse de nada. Es la gran ventaja (la única) de los obtusos.

En Osuna nada de eso existe, ni siquiera en su fabulosa Universidad fundada en el 1535 por el IV Conde de Ureña. Aquí se espera que el manto de nieve lo cubra todo de un momento a otro. Por si acaso acude a la cita, y adelantándome al polvo blanco y helado que disimulará las bellas fachadas del Renacimiento osunés, salvo estas imágenes decembrinas para que disfruten de ella los amantes del arte y la eterna belleza.

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