Misión jesuítica y pueblo de Concepción – Chiquitanía (Bolivia)

Fiel a mi idea de la armonía, de la estética y del goce voy a comenzar a llenar las páginas de mi viaje a Bolivia recalcando aquello que siempre quedará: lo bello, la raíz, lo eterno. Dejo a un lado la parte oscura del viaje que, como siempre ha sucedido – y sucede -, es hija del Poder, con esa P mayúscula, sinónimo de castración y de arma letal.

Concepción es un pueblo que hay que merecer. La ruta es penosa, larga, inestable, pero muy hermosa. Cuajada de un verdor que a veces solo salpica el naranja chillón de los flamboyanes y del que emergen, por momentos, piedras de caprichosas formas lisas y rondas que parecen túmulos consagrados por la naturaleza a algún dios. Los búfalos invaden el camino y los ñandúes se enseñorean de los claros. Los extraordinarios toborochis (una pena no haberlos visto en flor) son los centinelas de su gente.

En Concepción se encuentra una de las nueve misiones de la Chiquitanía. Fue fundada alrededor de 1710. La iglesia es hermosa, amplia, achatada y esbelta. Es un barroco austero, simétrico, con notas indígenos y muy propio de esta zona. Las columnas robustas de maderas locales y estilo salomónico sostienen techumbres y vigas. Tal vez sean un guiño a los fornidos troncos de los toborochis. El claustro, despejado, ayuda a imaginarlo todo en grande, y el campanario es casi una atalaya que debía servir para advertir que las notas musicales que retumban en el templo eran (y son) asunto exclusivo del viento.

Del coro de niños, de la música maravillosa, de la calidez, hablaré luego. Les dejo los colores de esta tierra que en mi Isla llamamos “colorá(da)” y, ¡pobre del que ensucie su ropa con ella! No hay puño ni voluntad que le quite la marca de su fuerza.

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