En El Nuevo Herald por la Saint Patrick / Dublín

Hoy en El Nuevo Herald por la San Patricio:

Enlace: Dublín, descubre sus milenarios secretos

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Dublín y sus alrededores

William Navarrete / El Nuevo Herald

16 de marzo de 2014

Al llegar a Dublín, la capital de Irlanda, quedo sorprendido por la dimensión humana de la urbe. Un río – el Liffey – de aguas oscuras y pobre iluminación corta en dos la ciudad. Tiene poco encanto comparado con otros que atraviesan ciertas urbes europeas como Praga, París o Budapest. Sin embargo, es la frontera acuosa de dos Dublines: uno de febril actividad diurna; el otro, de trepidante vida nocturna.

Los edificios administrativos están a ambos lados de O’Connell Str., la arteria comercial por excelencia. En esta parte hallamos tiendas, comercios importantes, el histórico y simbólico edificio de Correos (escenario de los acontecimientos políticos locales más sobresalientes del siglo XX irlandés), el gran mercado.

Del otro lado del Liffey, cruzando el puente, está Temple Bar, barrio de galerías alternativas, salas de ensayos, restaurantes de moda y, sobre todo, bares … muchos bares, y también tabernas o locales nocturnos que son un hervidero de luces de neón con colores llamativos. Son templos en los que la típica cerveza Guinness (cuya antigua fábrica, aún en funcionamiento, podrán visitar cerca de allí) corre como río paralelo al Liffey. Los irlandeses dicen que su cerveza tiene excepcional valor nutritivo y que tomarla equivale a ingerir una cena equilibrada y completa. Al sur de Temple Bar, Grafton Street, es la segunda arteria comercial más animada de la capital.

Visitemos ahora que celebramos el día de San Patricio (la fiesta nacional irlandesa) la Catedral del santo patrón de la isla. Ese día será motivo de jolgorio en cualquier lugar del planeta donde se encuentre un grupo, por pequeño que sea, de emigrantes irlandeses. A la entrada de la Catedral, en el piso, una tarja indica la sepultura de Jonathan Swift (1667-1745), el autor de los famosos Viajes de Gulliver. Tierra prolífica en escritores, Swift es el primero con quien nos topamos en nuestro recorrido.

No lejos de allí, el Dublin Castle ha sido remodelado en sucesivas ocasiones y ofrece poco interés. Su valor es esencialmente simbólico por haber sido la sede del gobierno colonial británico hasta que en 1949 Irlanda obtuvo la independencia.

Valdrá la pena acercanos al castillo para visitar la colindante Chester Beatty Library. La biblioteca atesora una impresionante cantidad de incunables y una de las colecciones de libros más valiosas del mundo. Su historia es la Sir Alfred Chester Beatty, un riquísimo norteamericano de ascendencia angloirlandesa, propietario de minas en África y filántropo, que se dedicó también a comprar a lo ancho y largo del mundo libros antiguos de incalculable valor. Desde biblias etíopes o coptas del siglo X, hasta papiros egipcios de los siglo II y III dC. con fragmentos de los Evangelios, o bellísimos Coranes persas, sirios, turcos, y una admirable colección de libros chinos y budistas tibetanos, anteriores al siglo XV, se exhiben siguiendo un criterio museográfico que realza la estética y el valor de cada ejemplar.

A pocas manzanas de allí, en el recinto del antiguo Trinity College, se halla también otra biblioteca: la de esta prestigiosa institución. Fue considerada durante mucho tiempo la más grande de Europa y cuenta con un catálogo de libros y manuscritos antiguos de valor incalculable. Es en ese recinto en donde se exhibe, en una sala acondicionada para ello, el célebre Libro de Kells (también llamado Gran evangeliario de San Columba), posiblemente el más valioso de la cultura occidental, realizado e ilustrado por monjes celtas en el siglo IX.

En esa misma área, aunque ya algo más alejado de Temple Bar, se encuentran el Museo Nacional de Arqueología y la Galería Nacional (con obras de los pintores clásicos irlandeses y piezas maestras del medioveo y Renacimiento italiano, la pintura alemana y flamenca, la francesa y algo de las vanguardias artísticas del XX). La visita del área al sur del río podrá terminarse con un paseo por el hermoso y paisajístico parque de Saint Stephen’s Green, de inspiración romántica y donde suelen ir durante sus pausas los estudiantes de los numerosos colegios vecinos.

Regresemos a O’Connell Street. La excéntrica – y más bien fea – flecha metálica de 120 metros que se erige en el cruce de esta avenida con Talbot Street, fue erigida en el lugar en que se hallaba una célebre escultura de 1808, representando al Almirante Nelson (símbolo del dominio inglés sobre la isla). El monumento fue dinamitado en 1966 por el movimiento nacionalista IRA, en conmemoración de las tristes Pascuas Sangrientas irlandesas de 1916.

Al final de la gran arteria, una vez atrás la manzana conocida como Rotunda Hospital, se encuentra el Dublin Writers Museum, elegante casa de estilo georgiano en que vivió el fundador de la destilería de whiskey Jameson. El museo atesora las ediciones príncipes, documentos originales y material auditivo y visual sobre los escritores que han dado Irlanda (patria de cuatro Premios Nobel de literatura ) su grandeza literaria. Allí nos acercaremos a la vida y obra de Samuel Beckett, Bernard Shaw, James Joyce, Stocker (creador de Drácula), Swift, Bihan y muchos más.

La manzana acoje también un complejo de galerías conocido como Hugh Lane. Veremos una colección permanente y gratuita de pintura francesa del siglo XIX (Renoir, Monet, Boudin, etc.), así como el taller del artista angloirlandés, Francis Beacon, tal y como lo dejara en South Kensington (Londres) tras su muerte, acaecida en 1992. La adquisición por parte del Estado irlandés de este testimonio inigualable del espacio de creación del artista es, sin lugar a dudas, una referencia mundial para los que se interesen en la obra del que fuera el pintor vivo más caro de su tiempo.

Dublín ofrece también la posibilidad de, sin alejarnos mucho de la ciudad, disfrutar del campo irlandés y de sus paisajes marítimos.

Nos es difícil encontrar en cualquier hotel una excursión que nos lleve a la región montañosa de Wicklow y a la zona de Glendalough. Los paisajes, nevados en invierno, son inolvidables; la historia del lugar se remonta a épocas en que se produjeron los primeros asentamientos cristianos en la isla. Aún son visibles algunos edificios de la ciudad monástica fundada por San Kevin en ese paraje aislado. La iglesia de torre cilíndrica data del siglo VI dC. Los lagos de aguas misteriosas, los bosques de árboles cuyas ramas ululan a la par del viento, las ruinas de cementerios con cruces celtas y las antiguas ermitas derruidas, cascadas y riachuelos, llenan de magia todo el valle intramontano de Glendalough.

Del otro lado, en dirección del norte de la capital, vale la pena llegarse en tren hasta el pueblo marítimo de Malahide. Se encuentra a orillas de uno de esos brazos en que el mar se retira del todo con la marea baja. El balneario es conocido y muy frecuentado por los dublineses, pero el sitio posee también uno de los castillos mejor conservados de Irlanda. Perteneció a la misma familia (los Talbot de Normandía), desde su construcción en el siglo XII hasta 1974. Además del mobiliario y los objetos de arte que veremos, sus diferentes estancias y aposentos exhiben utensilios y enseres pertenecientes a las últimas generaciones que lo habitaron. Como en Irlanda las leyendas se confunden con la cotidianeidad, un fantasma de apenas un metro de estatura recorre todavía las galerías del castillo cuando se introducen cambios que no son de su agrado. Quien lo dude no tiene más que observar la puertecilla que los propietarios mandaron a abrir en una de las esquinas del gran comedor con el objetivo de que pudiese entrar y salir a su antojo.

Sin alejarnos todavía mucho de Dublín y siguiendo en dirección norte llegaremos al sitio arqueológico de Brú na Bóine, declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. El famoso túmulo de Newgrange, de 85 metros de diámetro y cuya datación de estima a 5000 años, se encuentra allí.

A pesar de grandes esfuerzos en el ámbito de la gastronomía, los platos que proponen los restaurantes irlandeses suelen ser pobres y poco apetitosos. Abundan algunas recetas de pescado ahumado, arenques y salmones con algo de tubérculos hervidos o en salsa, pero en general el visitante termina por frecuentar restaurantes de una comida que remeda a la francesa o la italiana o, en ocasiones, hamburgueserías, restaurantes indios o de comida rápida como los fish and chips. El Iris stew (especie de cordero con patatas) no tiene, francamente, gran interés. No en balde la cerveza remplaza, según dicen, una cena completa.

Una visita a la “isla verde”, la del trébol, es, sin embargo, un viaje enriquecedor a través de sus tradiciones artísticas milenarias, su música originalísima, su literatura admirable, su rica historia, pero sobre todo, un contacto privilegiado con un pueblo acogedor y dispuesto a abrirnos las puertas de los secretos de su cultura milenaria. Un pueblo siempre dispuesto a entablar apasionada conversación con quien viene de lejos a conocerle.

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