Misa del Gallo y procesión en Saint-Paul de Vence

Caminar en procesión desde la plaza al pie de las murallas hasta la iglesia, encender con una llama traída desde Belén mi vela blanca y alargada, recorrer las callejas estrechas y subir las empinadas escaleras hasta la Colegiata del siglo XIII, dejar que las notas del tamborcillo provenzal purifiquen pensamiento y ánimo, compartir con amigos y familiares – con quienes había cenado antes – las calles desiertas de un pueblo que, fuera de un día como el de hoy y bajo una amenazante alerta de tormenta, es el ejemplo que mejor ilustra la imagen bíblica de los mercaderes del templo.

Me he regalado (nos hemos regalado) una Navidad en Saint-Paul de Vence, probablemente en el único momento del año en que este memorable pueblecillo provenzal vuelve a ser aquel lugar en donde venían de incógnitos hace casi un siglo Chagall, Léger, Braque, Miró, Bonnard, Utrillo, Matisse, Derain, Vlaminck y todos aquellos que, sin saberlo ni quererlo, lo convirtieron en una triste vitrina de todo lo sublime y lo ridículo que en materia de arte existe. Del arte al servicio del mal gusto, de la pacotilla que adquieren seguros de haber hecho un buen negocio u obtenido un privilegio que sólo da el poder adquisitivo, los ignorantes más patéticos de la Tierra.

Pero nada de esto vi porque volví al Saint-Paul del silencio, de la paz y del recogimiento. Un lujo que nunca conocerán los que se sueñan con una estancia estival en La Colombe d’Or.

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