Joyas medievales en los Alpes Marítimos – en El Nuevo Herald

Pueblos riviera

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Joyas medievales en los Alpes Marítimos

William Navarrete / El Nuevo Herald / 1 de diciembre de 2013

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Los turistas deseosos de recorrer los míticos lugares que han dado renombre a la Riviera francesa suelen dar prioridad a las ciudades y pueblos costeros. Desde Mentón hasta Cannes, pasando por Mónaco, Niza, Antibes y otras conocidas aglomeraciones marítimas, hay cientos de monumentos, museos, palacios, iglesias y otras tantas atracciones que los visitantes combinan con deportes náuticos y actividades relacionadas con la playa y el mar.

Es tal vez la única razón por la que vienen a esta hermosa región de Francia. Sin embargo, la mayoría olvida, o simplemente desconoce, que a pocos kilómetros de la costa todo un patrimonio ancestral, arquitectónico, histórico y culinario les espera. Es allí donde late el auténtico corazón de esta región, que en otros tiempos fuera parte de la antigua Provenza, luego de reino del Piamonte-Cerdeña y, por último, del Condado de Niza incorporado por pleibiscito a Francia en 1860.

De algunos de esos pueblos de piedras ancestrales, callejas medievales, fuentes provenzales y plazas silenciosas hablaremos durante este viaje por la trastierra azureña: los primeros valles alpinos antes de adentrarnos en la alta montaña.

Desde Niza se llega con mucha facilidad a Peille y Peillon, completamente medievales y rodeados de olivares y zonas boscosas. El primero de los dos posee una arquitectura que ennoblece su imagen. El palacio Lascaris (del XVII), el palacete de la Gabelle de Sal, la iglesia Santa María y las numerosas capillas forman parte de su patrimonio. Los primeros fines de semana de agosto el pueblo organiza la célebre Fiesta del Trigo y Lavanda, homenaje a la vocación agrícola de la localidad. Música provenzal, tradiciones, animaciones y talleres didácticos forman parte de esta manifestación.

A poca distancia de Peille, el pueblo de Peillon es considerado uno de los más hermosos de los Alpes Marítimos franceses. Construido al pie de farallones a este tipo de pueblo se les llama a menudo “tibetanos” por los sitios escarpados en que para defenderse de los invasores fueron concebidos. En ese sentido han conservado su auténtico carácter medieval. Peillon, por ejemplo, posee escasas callejas y sí muchas escaleras que comunican los diferentes niveles habitables. Los monumentos más significativos son la iglesia de la Transfiguración, de estilo barroco y la capilla de los Penitentes Blancos, pero no es por este tipo de patrimonio que vale la pena la visita, sino por la homogeneidad del burgo en su conjunto.

Ambos pertenecieron en una época al principado de Mónaco y dependían del pueblo de La Turbie. Desde este último se podrán apreciar espectaculares vistas del Principado, además del célebre Trofeo de los Alpes, su monumento más significativo. Fue construido para honrar al emperador Augusto en el año 7 adC. y se halla en la antigua via Julia Augusta. Después de visitar esta ruina romana, se puede ir a la iglesia Saint-Michel que atesora un retablo atribuido a Louis Brea, el pintor más destacado del Renacimiento en la región.

En la trastierra de Mónaco y Menton las opciones de visitas se multiplican. El más cercano de los pueblos medievales es Roquebrune. El castillo feudal es del siglo X. Visible desde muchos puntos costeros, conserva el torreón más viejo de Francia y atesora el olivo milenario, el más antiguo del mundo, con 2 000 años de existencia.

También próximos a Mónaco se encuentran los villorios de Sainte-Agnés y Gorbio. El primero de ellos es el más alto de todo el Mediterráneo, pues está a 800 metros de altura. Los últimos fines de semanas de julio sus habitantes celebran una popular Fiesta de la Lavanda.

A media hora de carretera desde Menton se halla Sospel. Su plaza y catedral Saint-Michel (siglo XVII) forman parte del itinerario del barroco nizardo-ligur. Una pieza de los hermanos Brea ornamenta una de las capillas. El pueblo conserva parte de su carácter medieval y crece a orillas del río Bevera. Posee además el único puente medieval (siglo XIII) de pago ya que durante siglos era la puerta comunicante entre el Piamonte y el condado de Niza. Su arquitectura, el hallarse en la Ruta de la Sal y el hecho de que un Papa residiera en él, contribuyeron a su importancia histórica.

Sospel es también la antesala del Parque Natural del Mercantour, único lugar de Francia donde los lobos viven en libertad. Es posible subir hasta el pico de Turini (1 604 metros de altura) mediante una carretera sinuosa y estrecha. En el camino vale la pena detenerse en la cascada de la Magdalena (donde es posible bañarse), la capilla Notre-Dame-de-la-Menour (cuyo puente de acceso recuerda en algo a la gran muralla china) y el pueblecillo de Le Moulinet.

A muy distancia de la frontera que separa a Francia de Italia está el sublime Valle del Roya (nombre del río que lo surca), considerado uno de los más bellos del Mediterráneo. En otros tiempos fue el coto de caza de los príncipes de la Casa de Saboya y hoy día es posible recorrerlo por carretera aunque también existe un tren (Tren del Valle de las Maravillas) que comunica a sus pueblos con las ciudades de Niza y Turín.

Entre los núcleos urbanos del Roya más interesantes se encuentra Tende, último pueblo en incorporarse a Francia cuando en 1947 los habitantes tomaron esta decisión mediante referendum. Es notorio su patrimonio religioso: la muy barroca Colegiata Sainte-Marie-de- Bois (fundada en el siglo XII, aunque el edificio actual data del XV), las capillas de la Anunciación y de la Misericordia y también el Museo de las Maravillas. Llamará mucho la atención la disposición en forma de anfiteatro y los edificios construidos como si estuviesen sobre gradas.

La Brigue, una de las aldeas más pintorescas del Roya, es el punto de partida para poder visitar a cuatro kilómetros al este la llamada “Capilla Sixtina de los Alpes”. Se trata de la iglesia Notre-Dame-des-Fontaines (siglo XIV), cuyos frescos han dado relevancia al edificio pues se consideran de excelente factura y fueron pintados a finales del siglo XV por los artistas piemonteses Giovanni Canavesio y Giovanni Baleison. Otro de los sitios importantes del valle es el pueblo de Saorge en donde se halla el Monasterio franciscano (1633) hoy transformado en centro de arte.

Pasar de un valle a otro en la trastierra rivereña requiere transitar por altas carreteras de montaña. Desde Niza los valles de la trastierra en donde los habitantes de la ciudad se retiran en verano cuando el calor y las oleadas de turistas les agobian son los valles de la Vésubie, de Cians, la Tinée y el Esterón. Dos de los pueblos inscritos en la Ruta del Barroco regional son Saint-Sauveur de la Tinée y Saint-Martin-Vésubie. El pueblo de Clans, el segundo de estos valles, posee una antiquísima Colegiata del siglo XII en donde se conservan impresionantes frescos románicos de la época de su fundación. El río Clans forma cascadas al bajar hacia los valles y es posible bañarse en sus aguas. En el de Cians hay hermosas gargantas de piedra rojiza y los pueblos de Valberg y Beuil son también estaciones de esquí en donde se puede esquiar contemplando a lo lejos las aguas azules del Mediterráneo.

En el Valle del Esterón se halla el adorable pueblo de Sigale con sublimes vistas del río, las altas montañas y el estrecho valle del Esterón al que se accede desde el pueblo por dos empinados caminos. Cascadas, ríos donde es posible bañarse, bosques, antiguos puentes románicos (como el puente sardo llamado Clue de Riolan), forman parte del paisaje. En Sigale, la iglesia Saint-Michel (románica del siglo XIII), la plaza provenzal con sus lavaderos y fuente de 1583, así como el campanario que ritma la vida del pueblecito, dan mucha personalidad y encanto al apacible villorio. A apenas un kilómetro de Sigale se halla la capilla Notre Dame d’Entrevignes que conserva importantes frescos de 1540.

Al este del río Var el paisaje cambia. Ese territorio nunca perteneció a los reinos de Italia sino que se mantuvo siempre bajo la influencia de los condes de Provenza y de Francia. Por ello el barroco es menos significativo y el estilo provenzal, incluso en el hábitat doméstico, es el predominante. Son las tierras de las famosas masías provenzales, esas casonas de piedras, cuyos orígenes se remontan a la época en casa doméstica significaba también fortín para defenderse de los intrusos.

Estamos en la trastierra de Cannes, Antibes y Cagnes-sur-Mer. Allí encontramos el archiconocido Saint-Paul-de-Vence, tan cambiado por la manera artificial con que se ha convertido en una sucesión de galerías y tiendas de souvenirs. Aun así, es imprescindible visitar la Fundación Maeght, icono del arte contemporáneo. Más auténticos son el propio Vence, la aglomeración más importante del área, con sus plazas provenzales a la sombra de plátanos, sus comercios de calidad y la antiquísima catedral románica (construida sobre un templo romano a partir del siglo IV) en donde puede contemplarse un mosaico de Chagall. También la capilla del Rosario, en las afueras del pueblo, con las obras que Matisse pintó para esta hermandad de religiosas durante una estancia en dicho lugar.

Mougins, en lo alto de Cannes, posee una curiosa disposición circular y es sitio en donde suelen ir a cenar los veraneantes de la costa. Biot atesora el museo más completo sobre el pintor Fernad Léger y una iglesia románica de gran belleza. Villeneuve-Loubet es la patria chica de uno de los grandes cocineros de Francia: Auguste Escoffier. Un museo con objetos y recuerdos relacionados con él puede ser visitado. Valluaris es sitio relacionado con la vida y obra de Picasso y acoge un museo con obras del artista, además de que le considera la capital de la cerámica.

Muy conocida es la quinta de Renoir (Domaine des Collettes) en Haut-de-Cagnes. Allí vivió a partir de 1907 el artista impresionista buena parte de su vida y allí murió en 1919. Un parque de olivares y naranjos, jardines cuidados con esmero, así como obras y objetos que formaban parte del universo cotidiano del artista forman parte de la atractiva visita.

Muchos son los pueblos alpinos de la Riviera Francesa cuyo rico patrimonio histórico y artístico merece ser descubierto. No es posible visitarlos todos en un sólo viaje ni mencionarlos todos en este reportaje. La Riviera que los franceses llaman Côte d’Azur puede ser motivo de varios viajes a lo largo de toda una vida. El equilibrio entre turismo cultural y natural está indiscutiblemente garantizado del todo en esta región.

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