Hay que perderse en Orvieto – Umbria

Hay que perderse en Orvieto pero perderse de verdad. Lo ideal sería instalarse aquí un par de meses, en primavera o en otoño, dejar el tiempo correr, escribir, desconectar internet, leer, darle tiempo a la naturaleza para que vuelva a entrar en uno. Vale la pena vivir al ritmo de las campanas, asistamos o no a los oficios de sus numerosas parroquias e iglesias. Sentarse, como dije ya, frente a esa pantalla gigante de cine que es la fachada del Duomo. Tomarse el tiempo de ser el único humano que transite callejuelas donde sólo se ven gatos tal vez sin dueños. Cuando el pueblo empieza a quedarse sin turistas – casi todos vienen desde Roma a pasar el día solamente – las viejas se sientan en los bancos que hay delante de la entrada de las puertas de los viejos caserones de piedra. Uno cree que no miran, cansadas como deben estar de ver tanto turista, pero te siguen con el rabillo del ojo y cometan entre ellas, tal vez jugando a adivinar de dónde viene cada cual.

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