Tres ataúdes blancos, de Antonio Ungar

Hoy escribo en El Nuevo Herald sobre el escritor colombiano Antonio Ungar y su novela Tres ataúdes blancos recientemente publicada en francés.

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Tres ataúdes blancos para un entierro en vida

© William Navarrete / El Nuevo Herald, 13 de julio de 2013

Antonio Ungar, nacido en Bogotá, en 1974, desciende de una familia judía austríaca establecida en Colombia. Su padre tuvo una de las librerías más importantes de la capital colombiana. Entre tanto, fiel al cliché del errante solitario, Ungar ha vivido en Manchester, Barcelona, Estados Unidos, México y en su propio país, antes de instalarse con su esposa palestina en Israel.

De todo esto y mucho más habló recientemente en París cuando presentó la edición francesa (de la editorial Noir sur Blanc) del libro que le ha valido reconocimiento en el mundo de las letras: Tres ataúdes blancos, con el que obtuvo el Premio Herralde en el 2010. Con anterioridad había publicado una antología de cuentos y dos novelas tituladas Zanahorias voladoras y Las orejas del lobo.

“Mis abuelos paternos eran libreros. Durante las vacaciones trabajaba entonces en la librería y mis lecturas eran heterogéneas: desde los libros de aventuras típicos como los de Salgari que leen todos los muchachos, hasta cómics y todo lo que me fuera cayendo en las manos”, nos revela cuando evoca sus primeros pasos en el universo de las letras. En esa rama familiar cundía el liberalismo ateo, e incluso, las ideas afines al marxismo, apunta.

Ungar es además periodista y arquitecto. Inconforme ante el mundo, tal vez ante la vida, la impresión que me dio cuando le escuché presentar su novela en la Maison de l’Amérique Latine, en París, es la de un opositor nato. En ocasiones entre líneas, en otras con lenguaje directo, criticó la gestión política que ha sufrido su país desde siempre, e incluso la de Álvaro Uribe, de cuya acción destacó, tal vez con ironía, que al menos logró acorralar a las FARC.

Su obra está marcada por cuestionamientos profundos de nuestra propia existencia, de su día a día. Ya en Zanahorias voladoras anunciaba una apología de la juventud, del existencialismo, del mundo de las drogas, el alcohol, los excesos. “Un libro sin humor”, recordó, al que se añadió Las orejas del lobo, novela autobiográfica en que discurre su propio drama familiar: el suicidio de su padre cuando tenía apenas siete año, el hecho de que su madre se fuese a vivir sola al campo. “Cuando se sobrevive a dramas importantes en la vida todo puede ser entonces relativizado”, dice con cierto deje de escepticismo.

En un país imaginario: la República de Miranda, al estilo de la tradición literaria latinoamericana de las repúblicas bananeras que proliferaron desde que la independencia de España fue alcanzada por muchos países de América, Tres ataúdes blancos está concebida en forma de thriller al que se suma una serie de conflictos e intrigas político-amorosas que describen, en gran medida, la visión que tiene Ungar de la realidad colombiana de la que ha sido testigo.

Un hombre solitario y antisocial se ve, de pronto, en la casi obligación de suplantar a un importante líder político que ha fallecido tras un atentado. Aunque no se vislumbran destellos esperanzadores en el contexto de vigilancia y persecución política imperante en el país, algo ha cambiado – y puede cambiar – cuando entendemos que el protagonista ha salido del anonimato en que duermen muchos pueblos para convertirse en un actor esencial de una trama que no hubiera sido capaz de imaginar.

“El humor negro está en la cultura del colombiano. Humor que le ha hecho sobrevivir en media de su realidad”, nos cuenta. Ungar recuerda que en su país cada presidente ha sido víctima de chistes y de la hilaridad del pueblo en general. “Con Álvaro Uribe sucedió que su solennidad puso fin a estos chistes y yo estimé pertinente hacer un libro humorístico contra el autoritarismo de su poder, un libro de humor negro justamente”, aclara. Para Ungar, la prensa de su país, en manos de una sola familia, era evidentemente uribista. Un periódico como El Tiempo, gobernista. Toda esa compleja situación heredada de un pasado reciente necesitaba, en alguna medida, ser parodiada y es en realidad lo que con su novela intentó.

Para Ungar su país es su familia y algunos pocos amigos. Es una manera, dice, de inmunizarse contra situaciones que ha vivido tanto en Colombia como en Israel. Cuando nos cuenta las dificultades para instalarse en Israel con la esposa palestina que conoció durante una estancia en Estados Unidos, entendemos a qué se refiere cuando evoca el verbo “inmunizarse” para enfrentar el absurdo de la vida y de las acciones del hombre.

Su libro ha recibido laudatorias críticas. También otras que le achachan reciclar algo que ya se ha convertido en tradición literaria acuñada y superada con el tiempo. Sin embargo, algo no ha sido dicho y es tal vez la razón por la que recatarlo en estas páginas es hacer justicia: Tres ataúdes blancos posee la legitimidad de toda obra nacida de la vida cotidiana de su autor. Una vida que él mismo, voluntariamente, ha querido enterrar en vida yn sus páginas. No miente quien cuenta lo que ve de la manera en que lo ve. Contarlo como creería que lo ven los otros entonces es hablar en tercera persona. Para Ungar su historia, la de su primera persona, le atañe por encima de estilos y elucubraciones.

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