Esos que nunca mueren / recordatorio de seres queridos

Un post largo para estrenar el verano azureño. Porque el mar nos pone las ideas de azul y el yodo da ánimo para evocar – ¡al fin! – a todos esos que se han ido.

Los homenajes en vida, que es cuando los amigos los necesitan. Muchos amigos (unos más, otros menos) han muerto en estos últimos años. En contadas ocasiones he escrito notas necrológicas, esas fichas tristes que quieren condensar toda una vida de haberes y otros menesteres, más dignas de ser incluidas en enciclopedias o currículos que en las páginas del afecto o la amistad. Por eso casi siempre he optado por el silencio que dignifica cuando fallece alguien admirado o un ser querido, cuando uno no sabe ni qué decir cuando las palabras no suplen la pérdida. Curiosamente, todos los que ahora evoca han muerto en exilio. Es eso justamente lo que va definiendo mi mapa personal. Una historia cubana reconstruida fuera de los límites territoriales de la Isla. El no haber regresado nunca detuvo mi reloj de arena en un punto en que la gente que conocía cuando vivía en la isla se ha ido estableciendo en otras latitudes. A los otros, los he conocido fuera, en donde estaban ya desde hace tiempo o a donde llegaron después que yo. Granos desprendidos de una playa dispersa, desparramada, arrastrada por un tsunami que poca cosa ha dejado tras su paso. Una clepsidra indetenible, que ha vomitado y sigue vomitando esos granos de la nación que se diversifica y esparce por el mundo al mismo tiempo que se desvanece.

Hace tiempo tenía ganas de hablar de algunas de estas personas que al menos físicamente ya no están.  Quiero contar breves momentos o intensas experiencias que viví con ellas. No están todos. Los que faltan aparecerán en este diario incompleto, versátil y virtual en cuanto vuelva a desempolvar recuerdos.

Manolo GRANADOS

(Santa Clara, 1930  – París, 1998)

¡Quién no recuerda con afecto a Manolo Granados! Llegó a esta ciudad después de firmar aquella famosa carta en que diez escritores cubanos pedían cambios sustanciales al gobierno, la llamada Carta de los Diez. Un hecho que ya es historia y como toda historia que no se machaca a diario termina por ser olvidada. Había ganado el Premio Casa de las Américas en 1967 y su novela Adire y el tiempo perdido que un día me dedicó en mi casa fue recibida con mucho entusiasmo en su momento. Pero nada de esto parecía interesarle mucho a Manolo que prefería hacer cuentos interminables en el café de Cluny (en la esquina del Boul-Mitch y del de Saint-Germain y al que, como a todo, creo que hasta el nombre le han cambiado). Allí me lo encontré muchas veces cuando yo salía del Instituto de Estudios Hispanoamericanos de la rue Gay Lussac (La Sorbona) y también en varios fiestones por aquí y por allá. La única foto que tengo con él es esta (abajo) en la que también aparece el escritor José Triana. Creo que debe datar de 1996. Manolo y yo llevábamos sólo unos años de trote en París.

 José Triana, Manolo Granado y William Navarrete, Paris, 1997

José Triana, Manolo Granados y William Navarrete, París, 1997

 ————————-

Jesús de ARMAS

(San Antonio de los Baños, 1934 – París, 2002)

Jesús murió el mismo día en que me hallaba en Miami celebrando el Centenario de la instauración de la República de Cuba (en la sede del Colonial Bank de Brickell Avenue). A Jesús lo visité en su casa de Maisons-Alfort en 1999 y le hice (junto a Enrique J. Varona) una entrevista que publicamos en su momento. Poco después asistí a una muestra de su obra en el palacete de Salomon de Rothschild (fondation des arts graphiques et plastiques) en el distrito XVIII de París. Pero él ya no estaba, al menos físicamente. Quise cubrir aquella a la que Jesús no pudo asistir y lo hice en El Nuevo Herald en julio del 2003. A Jesús le gustaba autotitularse “el último de los Taínos”. Creo que lo pensaba de verdad.

Con el pintor Jesús de Armas en su casa de Maisons-Alfort, en abril de 1999.

Con Jesús de Armas en su casa de Maisons-Alfort, en abril de 1999.

jesus de armas, herald

Un artículo para Jesús de Armas, en El Nuevo Herald, el 6 de julio de 2003.

————————

Celia CRUZ

(La Habana, 1925- Nueva Jersey, 2003)

En Cuba se decía tener tremendo tupé cuando alguien se atrevía a hacer algo para lo que no estaba capacitado o, simplemente, preparado. Tremendo tupé fue el que tuvo entonces un cubano de París, autotitulado gerente de artistas, cuando se le ocurrió traer a Celia Cruz a cantar en no sé qué teatro. El caso es que aquel personaje tenía también, entre sus múltiples haberes, un restaurante de mala muerte que decía ser cubano. En esa época no me perdía un concierto de música del patio, así es que estaba en primera fila en aquel espectáculo del que prefiero reservarme para un libro de memorias los incidentes penosos que acaecieron (el arcaísmo es, como todo lo mío, plenamente intencional). No recuerdo si antes o después del concierto me vi sentado a la misma mesa que Celia en el infausto restaurante que no era cubano ni nada por el estilo. El cocinero, ceylanés de origen (ahora se dice srilankés y casi parece una mala palabra) hacía un pollo del que la carta decía que era “a la brava santiaguera”. Yo creo que era un pollo viejo, de postas enormes y que para disimular que se estaba echando a perder le pusieron más picante que a un plato a base de tacos, chiles y tortillas después de un funeral mexicano. Cuando Celia Cruz probó aquello, ella que era Cuba en su máxima, verdadera y sublime expresión, me dijo: “Ven acá chico pero qué cosa es esto”. Y yo le digo: “¿El pollo, por lo réquetepicante que está?”. Y ella: “¡Qué pollo, si esto lo que parece es un guanajo arrepentido y echando humo!”. Después volví a verla cantar en el Bataclan y por supuesto estuve en Miami cuando su velada fúnebre en la Torre de la Libertad. Creo que después de su desaparición física (Celia es de las que no mueren) no había escrito ni media palabra sobre ella. Por eso he querido contar esta divertida anécdota.

Boleto de entrada al concierto de Celia Cruz en el Bataclan de Paris, el 27 de junio de 1997. En ese mismo sitio hice esta foto de ella.

Boleto de entrada al concierto de Celia Cruz en el Bataclan de París, el 27 de junio de 1997. En ese mismo sitio hice esta foto de ella.

 ——————————–

José CARBÓ MENÉNDEZ

(Santiago de Cuba, 1921 – Nueva Jersey, 2005)

Era el compositor de Pínchame con tenedor, Cao Cao maní picao (popularizada por Celia Cruz y La Sonora Matancera), Pasito Tun Tun, Embrujo antillano, Esto es felicidad (que compuso junto al gran Bobby Collazo y a Orlando de la Rosa) y de decenas de guarachas, boleros y otros chachachás más. Mantuve una correspondencia con él (que conservo íntegra) de gran valor para mí. En sus cartas me revelaba anécdotas y detalles de la época gloriosa de la música cubana (1940-1950) de la que fue protagonista. Nos hablábamos mucho por teléfono y lo único que lamento es no haber podido coincidir con él durante mis viajes a Nueva York. Le encantaba adornar las cartas (ver abajo tres de ellas) que me mandaba con pentagramas de sus notas, imágenes, frases. Era uno de esos grandes cubanos de otros tiempos y sus conversaciones sabían a antaño. Hasta hace poco la gente se mandaba cartas como ésas. Los m@ails las fueron suplantando y ya ni siquiera estos últimos quedan. Yo creo que si Carbó hubiera seguido vivo no hubiera cambiado su modo de escribir cartas en la vieja máquina de escribir de siempre. Fina del Paso Farrés, la viuda del gran compositor Osvaldo Farrés (¿recuerdan Quizás, quizás, quizás; Tres palabras o Toda una vida?), al que también incluí y traduje al francés en mi libro sobre la música en exilio, se convirtió también en una amiga a distancia gracias al entusiasmo envolvente de Carbó. Una de las cartas de Fina (ver abajo) da fe del comienzo de nuestra amistad.

Carta de C

Carta de Carbó Menéndez, fechada en Nueva Jersey, en enero de 2004.

carbo menendez 2

Carta del compositor José Carbó Menéndez, fechada en Nueva Jersey, en diciembre de 2004.

Carta del compositor José  Carbo Menéndez, fechada en New Jersey,

Carta del compositor José Carbó Menéndez, fechada en Nueva Jersey, en marzo de 2005.

Carta de Fina Farrés, viuda del compositor Osvaldo Farrés.

Carta de Fina Farrés, viuda del compositor Osvaldo Farrés, New Jersey, 2004.

 ———————

Roberto GARCÍA-YORK

(La Habana, 1925 – París, 2005)

Roberto García-York tenía un talento desbordante para eso que se llama en francés la mise en scène (el espectáculo en grande). Tal vez por eso sacrificó su carrera de pintor autodidacta a la de gran diseñador de trajes que cada año arrastraba en arcas (como en otros tiempos) hasta la terminal de trenes de Santa Lucia, en Venecia, para participar en el Carnaval. Ya en La Habana de los años 1960 había vestido a varias comparsas y ganado premios al respecto. Había algo de excéntrico exhibicionismo en todo aquello, en la manera en que gozaba vistiéndose así y, pobre del que llamase disfraz a lo que él se empeñaba en llamar costumes. Estuve muchas veces en su casa, en la calle Saint-Martin, a dos pasos del Beaubourg. Aquel apartamento había cogido fuego y Roberto, fiel a su estilo épatant, lo había vuelto a decorar con tonos negros y rosados satinados. La música del disco Ameno del grupo experimental ERA se oía ininterrumpidamente y a todo volumen. El sitio adquiría un ambiente de catacumba postmodernista, algo que también formaba parte de sus mises en scène. La manera en que por culpa de él se anuló una exposición que había montado en una galería en París es digno de ser contado en otra parte. Ni siquiera me ofendí ni se lo saqué en cara, al contrario, me fui de viaje a Grecia, de vacaciones (tal y como tenía previsto), y le dije: “El que metió la pata que desmonte los cuadros y que arregle, si puede, el entuerto”. Y eso, con la misma desfachatez con la que vestido de cisne blanco se aparecía a cada rato en las presentaciones que entonces yo solía organizar en la Maison de l’Amérique Latine. Una entrevista larga le hice una vez junto a Enrique J. Varona.

Garcia York

Con Roberto García-York y su compañera Janine Viovi durante la muestra “Trois peintres cubains à Paris” que organisé en la Galerie du Carrousel du Louvre de París.

 ——————————

Guido LLINÁS

(Pinar del Río, 1923 – París, 2005)

Todo el mundo sabe (al menos todo el mundo que cuenta en estas cuestiones) que Guido Llinás fue el fundador del famoso Grupo de Los Once, iniciador del movimiento abstracto en Cuba a principios de la década de 1950. Frecuenté bastante a Guido, lo entrevisté junto a Enrique J. Varona, escribí sobre él y me regaló algunas de sus obras. En uno de esos desprendimientos me dijo, con esa gracia singular que tenía: “Muchacho, que no se entere Sutana porque capaz que mande a que le metan fuego a los cuatro trastos que tengo”. Su casa en Montreuil, en las afueras de París, era como una casa en Pinar del Río. Allí estuve un par de veces y en otras vino él a la mía. De humor sardónico, era mejor no caer en su lengua. Y cuando se lo decía soltaba tremenda carcajada porque sabía que eso era la vida y que no necesitaba ningún pedestal para ser que se creyese que él era lo que no era. El escritor José Triana lo conoció mucho mejor que yo y podrá contar (como me ha contado a mí) anécdotas geniales sobre este gran artista cubano que murió de forma absurda en París cuando empezaba a cosechar sus mejores triunfos en las galerías de Nueva York.

guido 4

Carta de Guido Llinás a William Navarrete, París, septiembre del 2000.

Carta de Guido Llinas.

Carta de Guido Llinás, octubre 2000.

Guido Llinas me pregunta si sé de alguien que vaya a Cuba para enviar algo a su hermano. Paris, 1999.

Guido Llinás me pregunta si sé de alguien que vaya a Cuba para enviar algo a su hermano. Paris, 1999.

Tarjeta que me dirige Guido Llinas, en el 2001.

Tarjeta que me dirige Guido Llinás, en el 2000.

 —————————

Agustín TAMARGO

(Puerto Padre, 1924 – Miami, 2007)

Esta es la foto de “la hora en que mataron a Lola”. Si se observa bien el reloj de pared que hay detrás veremos que está marcando las tres de la tarde. Acababa de salir de una de esas Mesas revueltas del locutor Agustín Tamargo. ¿Quién no estuvo alguna vez, o incluso varias veces, con Tamargo en la cabina de Radio Mambí? En cada programa íbamos a hablar de un tema pero terminábamos invariablemente hablando de otro. Y eso cuando Tamargo dejaba que el invitado hablase. La foto se la mandé yo desde París al locuaz locutor con una nota al dorso que decía: “Si usted es un cubano de verdad tendrá que probarlo diciéndome qué hora indica el reloj de la pared”. Y él que me contesta al poco tiempo de recibirla: “Por suerte no era la querida y admirada Lola Flores la que andaba paseándose en aquel entonces por La Habana”. Yo creo que así era Agustín Tamargo, tan intransigente como abierto, tan dúctil como terco, tan amistoso como cascarrabias. Todo eso, y mucho más, podrán contar quienes lo frecuentaron día a día. Y luego… ese estilo único cuando terminaba aquella letanía supersónica en la radio diciendo “Cuba ayer, Cuba hoy, Cuba siempre”.

Agustin Tamargo, agosto 2006

Con Tamargo, al final de una de sus Mesas revueltas, Miami.

 ——————

Gladys ZALDÍVAR

(Camagüey, 1936 – Miami, 2008)

Un día, no sé cómo ni por qué, me vi en la sala de la casa que compartían Gladys Zaldívar y su amiga Concha Alzola, frente a una humeante taza de café cubano y una bandeja de pasteles de guayaba recién horneados. Recuerdo que era un verano tórrido miamense y reverberaba el asfalto de la calle (paralela a la Ocho y cerca del Versailles) en donde vivían ambas y de donde se me antoja sacó el título de su poemario La soledad fulgurada. Ese día Gladys me dedicó todos sus libros disponibles. Me contó su salida de Cuba por Madrid en 1968, su Camagüey natal, de su primo carnal Severo Sarduy… Anochecía y yo seguía allí, ella y Concha levantando velos, abriendo puertas, sacando de cajones bien cerrados palabras de una Cuba perdida para siempre. Después, distancia, océano, tiempo y todos esos pretextos no sirvieron para distanciarnos. Nuestro correo (que conservo) prolongó, ya sin pasteles ni café cubano, aquella larga conversación que sólo su muerte dio por terminada.

Gladys Zaldívar dedicandome uno de sus libros, en su casa, Miami, verano 2007

Gladys Zaldívar dedicándome uno de sus libros, en su casa, Miami, verano 2007

————————–

Concha ALZOLA

(La Habana, 1930 – Miami, 2009)

Existe un libro que todo el que pasó la niñez en Cuba debería leer: Folklore del niño cubano. Se lo debemos a “Concha” Alzola y no hay juego, adivinanza, palabra o travesura que haya quedado en el tintero de esa investigación minuciosa que la autora pudo hacer antes de salir definitivamente de Cuba. Estamos ante la misma bandeja de pasteles y la taza de café humeante que en la evocación de mi visita a Gladys Zaldívar. Los cuentos de Concha fueron otros, la pasión por la literatura la misma, el desarraigo y el exilio también. Quise entonces que de todo aquello que me contaba, su obra paciente y a veces desconocida, quedara algo, aunque fuese ínfimo. Escribí entonces un artículo para El Nuevo Herald (ver abajo) sobre todo lo que Concha había explorado. Su biblioteca y memorabilia la adquirió el fondo cubano de la University of Miami. Deberían algún día los patriotas poderosos rescatar todo eso y publicar debidamente las obras completas de tanto cubano, las de ella y las de todos los talentosos escritores fallecidos fuera de la Isla, en vez de malgastar tiempo y dinero con disidentes de plastilina y otras chusmas diligentes (con permiso de Gertrudis Gómez de Avellaneda)…

Un texto que escribo sobre Concha Alzola, El Nuevo Herald, en diciembre de 2007

Un texto que escribo sobre Concha Alzola, El Nuevo Herald, en diciembre de 2007

Concha Alzola, Miami, sept. 2007

Concha Alzola, durante mi visita a su casa, en Miami, sept. 2007

alzola 1

alzola, 2

 ——————————

Roberto FANDIÑO

(Matanzas, 1929 – Madrid, julio 2009)

El afable Fandiño, cineasta y amigo de los amigos de sus amigos, formaba parte (gracias a la arquitecta Irma Alfonso) de quienes hacían posible que las visitas a Madrid dejasen siempre gratos recuerdos. Escribí sobre su obra el 23 de agosto de 2007. Su casa en la calle Churraca era como uno de esos apartamentos en Centro Habana en los que pude estar un par de veces. Todo en él me recordaba el de unas parientas lejanas que vivían en la calle Infanta: el ruido afuera, las losas del piso, el puntal elevado, los muebles Remordimiento español, la brisa colándose por las persianas. En la foto de abajo estamos con Irma Alfonso en el Parador Atlántico de Cádiz, un 11 de noviembre de 2004. Hace unos años le dediqué un texto en El Nuevo Herald.

El cineasta Roberto Fandiño, el pintor Ernesto Lozano, la arquitecta Irma Alfonso y William Navarrete, en el Parador Atlantico de Cadiz, en 2004.

El cineasta Roberto Fandiño, el pintor Ernesto Lozano, la arquitecta Irma Alfonso y William Navarrete, en el Parador Atlántico de Cádiz, en 2004.

 ——————————

Olga GUILLOT

(Santiago de Cuba, 1922 – Miami, 2010)

No sé si era difícil o no encontrarse con “La Reina del bolero” en Miami, pero yo me la encontré y hablé mucho con ella en varias fiestas y reuniones en esta ciudad, donde pasó buena parte de su vida. Un día le conté la anécdota de cómo la escuchábamos en mi casa, anécdota que escribí en el famoso álbum de las Cien mejores canciones del milenio, que con pomposo título y exquisita factura y selección hizo Cristóbal Díaz Ayala desde Puerto Rico. La canción sobre la que escribí fue La gloria eres tú, del genial José Antonio Méndez. Y Olga me dijo con ese humor espontáneo que tenía y que yo llamo santiaguero: “¡Chico, que de la limpieza ni las canciones me salvan!”. En esta fiesta en Coral Gables varios éramos los enturbantados. Otros se habían colocado máscaras. No recuerdo con motivo de qué ni por qué razón, pero sé que fue la última vez que vi a la más grande de todas las boleristas que ha dado la historia de Cuba, digo, la de América. Aquí subo la anécdota que conté y que aparece en el libreto de la mencionada compilación.

Con Olga Guillot, en agosto de 2005, Coral Gables.

Con Olga Guillot, en agosto de 2005, Coral Gables. Aparece detrás mi querido amigo Eloy Cepero.

Texto que escribi sobre "La gloria eres tu" para las Cien canciones cubanas del milenio, de Cristobal Diaz de Ayala, en el 2000.

Texto que escribí sobre “La gloria eres tú” para las Cien canciones cubanas del milenio, de Cristóbal Díaz de Ayala, en el 2000.

 —————————-

Juan ARCOCHA

(Santiago de Cuba, 1927 – París, 2010)

Un día llegué con veinte minutos de retraso a un almuerzo en casa de Juan Arcocha. Tuve que empezar a comer el plato por el que ya iba. “Ni aperitivo ni entrada”, me dijo. “Quien llega tarde se incorpora a lo que va quedando”. En esa época ni siquiera había teléfonos móviles para avisar, o sea, que con Arcocha había que estar a la hora en punto. Allí me contó la precisión necesaria para que los granos de arroz quedaran en su punto, pues de otra manera, según él, el arroz blanco podía convertirse en un plato indigerible, digno de ser lanzado a la basura. Eso fue en 1998. Otra vez me lo encontré en un cóctel. Estaba sentado sin decir media palabra, a pesar de haber allí varios amigos. Cuando le pregunté qué le pasaba me dijo: “Han puesto música, así que supongo que si se pone música en una reunión no es para que hablemos sino para que la escuchemos”. Estas dos historias describen, al menos para mí, al personaje, el mismo que sirviera de traductor a Sartre y a Simone de Beauvoir durante el viaje de esta pareja doneuse de lessons a Cuba. Luego hubo otros intercambios. Libros sobre todo. Me dedicó La piel de canela, me prestó (ya no había otros ejemplares) Tatiana y los hombres abundantes. Un día quise hacerle un homenaje en la Maison de l’Amérique Latine y me dijo que sólo una persona estaba apta en el mundo para hacerlo: Lira Campoamor, quien conocía a cabalidad su obra. Por supuesto, nunca hubo ningún homenaje. Un día me enteré por un diario de internet que acababa de fallecer. Me quedé pensando en dónde habrá terminado su obra inédita y toda su papelería. No sé si tenía herederos.

Con Juan Arcocha y Baruj Salinas, en 1999

Con Juan Arcocha y el pintor Baruj Salinas, en París, 1999

—————————-

Rosendo ROSELL

(Placetas, 1918 – Miami Beach, 2010)

Con Rosendo es toda la memoria de un país (Cuba) y de una época (las décadas de 1940 y 1950) las que se fueron. Por suerte, sistemáticamente, se ocupaba de publicar en el Diario Las Américas y en volúmenes de una colección llamada La farándula en Cuba aquellas deliciosas historias sobre la música, el cine, la radio y la televisión en la Isla. Autor de muchas composiciones musicales (como La calculadora, que cantó Oscar D’ León y con la que muchos han bailado), Rosendo era vecino de mi madre en Miami Beach. A cada rato lo visitaba y cuando no estaba allí siempre sabía de él porque los de casa lo veían pasar en su caminadita diaria. A Rosendo le propuse que escribiera sobre la televisión en Cuba y en exilio para la antología colectiva del Centenario de la República que publicamos en el 2002 en las Ediciones Universal de Miami. En el Canal 17 de Miami tenía entonces un programa que se llamaba De la botica a la farmacia, al que me invitó varias veces. Así, infatigable, se mantuvo activo casi hasta los noventa años. Hoy día una calle de Miami Beach (la 71) lleva su nombre porque a pesar de ser nativo de Placetas (pueblo al que dedicó incluso un libro y del que me escribió un texto [ver abajo] para que lo publicara en el boletín del Centenario) Rosendo decía que era playero hasta la médula: “en La Habana viví siempre en una casa en Santa María Loma que me robó el castrismo, en Miami he vivido siempre en la playa, también por culpa de ellos”.

Con Rosendo Rosell, en el Cuban Heritage Collection de la University of Miami, agosto de 2004.

Con Rosendo Rosell, en el Cuban Heritage Collection de la University of Miami, agosto de 2004.

rosell, placetas 1

Dedicatoria que me hace Rosendo Rosell de su libro sobre Placetas.

Dedicatoria que me hace Rosendo Rosell de su libro sobre Placetas.

Manuscrito del texto que Rosendo Rosell me enviara sobre su pueblo natal: Placetas

Manuscrito del texto que Rosendo Rosell me enviara sobre su pueblo natal: Placetas

Rosendo Rosell me escribe

Rosendo Rosell me escribe, Miami, 2001

 ———————–

Pedro LUIS ÁLVAREZ

(La Habana, 1963 – Santa Cruz de Tenerife, 2011)

En el pueblo de Tenerife en que vivía le llamaban Pedro pero para mí y sus amigos del Vedado de los años 1980, era simplemente “Vladi”. Nuestros años de juventud en la Europa de los noventa nos llevaron a Milán, a Aosta, a Boloña, Florencia, Rímini, Parma, Reggio Emilia, Niza, los Alpes… Inauguramos el nuevo mileno y andamos y desandamos las Canarias: Tenerife, Lanzarote, La Gomera, La Palma… De La Habana a Praga, de Suiza al norte de Italia, de ésta a las Canarias, vivió su vida algo breve y muy trepidante con una intensidad asombrosa. Con una fuerza que ya no tenía y que no quería admitir que le fallaba, se enfrascó en organizar eventos que drenaron su escasa energía. Presidía la asociación de vecinos del pueblo de Los Abrigos y preparaba actividades públicas (que si las cruces floridas de mayo, que si los Reyes Magos cabalgando sobre el Atlántico, que si las fiestas patronales, que si un concurso de belleza y ni sé ya cuántas más). Después, con idéntica febril obsesión montó un bar de copas en Granadilla de Abona al que puso de nombre El Fisquito. Todo funcionaba de maravillas menos su salud. Después de haberlo desaconsejado por tanta agitación, tanto su amiga Andrea Gizzarelli como yo, si algo tendríamos que admitir ambos es que sabía llevar a cabo todo lo que se proponía. Quedarán lugares de la querida geografía tinerfeña, tantas veces recorridos, que no volverán a ser lo mismo sin él: la playa de La Tejita, El Médano, el hotel de los Riverón en Vilaflor de Chasna, los restaurantes de pescado del Tajao, la plaza de Granadilla siempre fresca bajo sus frondosos laureles, la carreterita que discurría frente a la cueva del Hermano Pedro, los buenos asados en Las Brasas cerca de Buzanada, o un alto a medianoche en Las Delicias del Teide para tomar un jugo de papaya … Me pregunto incluso si valdría la pena recorrer todo eso que conozco de memoria ahora que se nos fue.

Con Vladi en el Lago Maggiore, Italia, hace 18 años, en el verano de 1995.

Con Vladi en el Lago Maggiore, Italia, hace 18 años, en el verano de 1995.

Con Vladi, listos para los Carnavales de Santa Cruz de Tenerife, en 2007.

Con Vladi, listos para los Carnavales de Santa Cruz de Tenerife, en febrero de 2007.

Con Pedro Luis Alvarez, en Granadilla de Abona, en junio de 2008.

Con Pedro Luis Alvarez, en Granadilla de Abona, Tenerife, en junio de 2008.

 ————————

Nicolás QUINTANA

(La Habana, 1925 – Miami, 2011)

El amigo Nicolás Quintana me invitó un día a participar en un proyecto de ensayos titulado “El río de la cultura cubana” (ver abajo). Corría el año 2001 y dicho proyecto llegó a ser publicado en un número especial de la revista Herencia, por la asociación Herencia Cultural Cubana. Mi texto se llamaba “Los foros republicanos cubanos y el fantasma del poder”, tema que Quintana consideró justo y oportuno (ver imagen). Al año siguiente era yo quien invitaba al arquitecto y excelente teórico a formar parte del libro 1902-2002 Centenario de la República Cubana, que publicó Juan Manuel Salvat en Ediciones Universal. Nuestro intercambio selló lo que vendría después: una década de amistosos encuentros, conversaciones, intercambios… Lo visitaba a menudo en Miami y nos encontrábamos siempre en presentaciones y conferencias. Creo que la última vez que nos vimos fue en el Centro Cultural Español, cuando estaba en Douglas y la Ocho, debajo de un árbol sentados en una mesa circular frente a la oficina de dicho centro. Lo memorable debe haber sido nuestra última conversación que recuerdo perfectamente, mientras que de la presentación a la que asistíamos lo he olvidado todo.

Un e-mail que me dirige Nicolas Quintana en marzo de 2001

Un e-mail que me dirige Nicolás Quintana en marzo de 2001

Portada de la revista Herencia, verano, 2001, tema "El rio de la cultura cubana", a cargo de Nicolas Quintana.

Portada de la revista Herencia, verano, 2001, tema “El río de la cultura cubana”, a cargo de Nicolás Quintana.

quintana, herencia

quintana, herencia, 2

Mi texto “Los foros republicanos cubanos y el fantasma del poder”, que Nicolás Quintana me pidio para la revista Herencia.

Primera página del texto de Nicolás Quintana en el libro "1902-2002 Centenario de la Republica Cubana", 2002.

Primera página del texto de Nicolás Quintana en el libro del “1902-2002 Centenario de la Republica Cubana”, Ed. Universal, 2002.

 ——————————

Regina MAESTRI

(Campo Florido, 1922 – París, 2011)

Cannes, Venecia, Bourges, Deauville, Reims, Chartres, Arabia … tantos lugares marcados ya en la memoria de nuestros viajes. Guanabacoa, Campo Florido, Washington, Caracas, Madrid, otros vividos por ella y que al compartirlos conmigo entraban también en el imaginario de lo que vivimos juntos. Ladurée, el Crillon, el Grand Hôtel, Les Deux Magots, Carette… son parte ya del mapa cotidiano de un París que trazábamos juntos con cuentos interminablemente deliciosos sobre todo lo que existió en el mundo y lo que temíamos que quedase borrado por el plumazo de la barbarie y la ignorancia. La conversación viajaba de una página de Proust al amante de Alejandro el Grande, de los brujos de Guanabacoa a los versos de Cavafi, de Ortega y Gasset a la duquesa de Alba buscando a su gato en Venecia, de los alucinantes arenales saudíes al los cerezos en flor de Washington durante sus primeros años de exilio, de la vida en una hacienda de Caracas a su estancia en casa de unos latifundistas en Ecuador, de los abanicos y gallos a los encajes y rosas de Redouté, de la Cuba que nunca conocí a la Cuba que nos tocaba vivir en la promiscua lata de leche condensada en que se convirtió todo de pronto, empalagosa, con gente baja. Todas esas conversaciones con Regina Maestri las escribiré un día, con el beneplácito de su hija, mi íntima amiga, para que no desaparezcan de este mundo. Mucho hicimos juntos y una de las cosas de las cuales me siento satisfecho es de haber publicado en 2006 las Obras Escogidas (ver catalogo de Yale University Library) de quien fuera su esposo, el gran intelectual y economista cubano Raúl Maestri. La dedicatoria con que marcó mi ejemplar (ver abajo) lo resume todo.

Con Regina Maestri en el Château Champs-de-Marne, 2006.

Con Regina Maestri en el Château Champs-de-Marne, 2006.

maestri, 2006

Dedicatoria de Regina Maestri

Dedicatoria de Regina Maestri

 ——————————–

José Miguel GONZÁLEZ-LLORENTE

(La Habana, 1939 – Miami, 2011)

En Miami pasa como en muchos pueblos conquistados tardíamente: cobrar arraigo cuesta trabajo. José Manuel llegó a esa ciudad a principios de 1990, después de un largo exilio de 30 años en Caracas. Un día le pregunté a dos escritores cubanos afincados en Miami desde los sesenta si lo conocían, y me respondieron: “Sí, pero él no es de aquí”. Así mismo dicen en Canarias cuando alguien desciende de un abuelo que llegó de la península. No basta estar para ser. Así decían en los pueblos de provincia de Cuba de quienes no eran tataranietos de los fundadores. Y aunque no era de Miami, José Manuel empezó a ocupar un lugar muy visible en la ciudad. Venía de una carrera de publicista, así que sabía cómo abrirse camino en un nuevo sitio. Quiso que participara en un libro titulado Voces tras las rejas que estaba preparando. Así comenzó nuestra gran amistad. También venía (y en ello sí tenía arraigo) de dos viejas familias de Trinidad: los Llorente y los Torrado. Su hermano Pedro Pablo era jesuita y por obligaciones del Ministerio le había tocado volver a Cuba como párroco de la iglesia de la calle Reina, en La Habana. Creo que aquel suceso volvió a conectar a José Miguel, exiliado de la primera oleada, con el país al que nunca volvió. Digo creo porque estas cosas son fragmentos de la historia de los amigos que uno va armando por cuenta propia, y tal vez sea ese fabular lo que luego llamamos literatura. El caso es que en cuestiones de amistad José Miguel era uno de mis grandes nuevos viejos amigos de Miami, tres sustantivos que unidos no necesitan mayor explicación. Me dedicó un cuento de su último libro Las confesiones del Comandante, llamado El último libro. Le agradezco que me haya enseñado por dentro lo que desde siempre fue el Colegio de Belén. Sin él no hubiera entendido la educación sistemática y casi aritmética (para bien o para mal) del espíritu belemita. Creo que no tuve tiempo para decírselo. Me imagino que ahora lo estará leyendo.

Diario Las Américas, Miami, 26 de agosto de 2006, presentación de Catalejo en lontananza en la Casa Bacardí, aparecen en las fotos Soren Triff, José Manuel González-Llorente, Armando Cobelo, Yolanda del Castillo, Lourdes Abascal y Eduardo Zayas-Bazán Loret de Mola.

Diario Las Américas, Miami, 26 de agosto de 2006, presentación de Catalejo en lontananza en la Casa Bacardí, aparecen en las fotos Soren Triff, José Manuel González-Llorente, Armando Cobelo, Yolanda del Castillo, Lourdes Abascal y Eduardo Zayas-Bazán Loret de Mola.

Presentación de mi libro Catalejo en lontananza en el Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-americanos de la University of Miami, el 27 de julio de 2006, por Soren Triff y José M. González-Llorente

Presentación de mi libro “Catalejo en lontananza” en el Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-americanos (ICCAS) de la University of Miami, el 27 de julio de 2006, por Soren Triff y José M. González-Llorente

Una reseña de un libro de   José M. González-Llorente que publiqué en El Nuevo Herald, 13 de noviembre de 2005.

Una reseña de un libro de José M. Gonzalez-Llorente que publiqué en El Nuevo Herald, 13 de noviembre de 2005.

 ——————————–

Gilda ALFONSO

(Bejucal, 1949 – París, 2011)

Nunca he entendido la poesía semiótica, pero en materia de poesía no hay nada que entender. Gilda me dijo un día que si la entendía entonces es que dejaba de ser poesía y su objetivo escribiéndola no había sido cumplido. “Vaya trabalenguas”, le dije y acepté el desafío de publicar sus poemas en aquella antología de poetas vivos en París que preparé en 2004 bajo el título de Insulas al pairo. Compartía su vida con el pintor Jesús de Armas y aunque no nos veíamos con frecuencia después de la muerte de éste sí hablábamos bastante por teléfono. Un buen día me llama la amiga Lira Campoamor desde Bruselas para decirme que Gilda había fallecido. Todavía no sé por qué ni cómo. Tampoco quise preguntarlo, tal vez porque siempre pienso que los poetas nunca mueren.

insulas al pairo, gilda alfonso

Poemas de Gilda Alfonso que publiqué en la antología “Insulas al pairo: poesía cubana en París”, Ed. Aduana Vieja.

Gilda Alfonso a mi izquierda durante el lanzamiento de la antologia de poetas cubanos de Paris "Insulas al pairo". Aparecen también: Fernando Nuñez, Lira Campoamor, Eduardo Manet, Eyda Machin, Carlos Casanova y Regina Avila Behrens.

Gilda Alfonso a mi izquierda durante el lanzamiento de la antología de poetas cubanos de Paris “Insulas al pairo”. Aparecen también: Fernando Nuñez, Lira Campoamor, Eduardo Manet, Eyda Machín, Carlos Casanova Regina Avila Behrens y Miguel Sales. 2004.

 ————————————–

Enrique HURTADO DE MENDOZA

(La Habana, 1924 – Miami, 2012)

En historias de familias cubanas Enrique sabía hasta donde el jején puso el huevo. Genealogista por afición, fue diplomático y funcionario de la OEA en Washington y Ginebra. Compartíamos la pasión de los orígenes y podíamos pasarnos horas hablando de esos cruces de parentescos que pocos (incluso los concernidos) imaginan o conocen. Con Enrique anduve por Troyes, por Reims y otros pueblos de la Champagne francesa en alguno de sus viajes a Francia. Luego lo veía con frecuencia en Miami, en donde vivía en una de esas desalmadas torres de Brickell que en nada se parecían a su estilo ni a sus conversaciones. En su casa no había un metro cuadrado libre donde cupiera un libro más. Cuando supe que su inmensa papelería había sido vendida a la FIU sentí gran alegría. Lo único que no le perdoné, incluso en vida, fue que no escribiera todo y tanto de aquello de lo que sólo él podía hablar. Ojalá Enrique nos haya dejado en esos kilómetros de papelería todas las historias que nunca quiso escribir. Estoy esperando volver a Miami para comprobarlo.

hurtado de mendoza 2001 troyes

Con Enrique Hurtado de Mendoza, en la ciudad de Troyes, en 2001.

 ————————–

Ernesto LOZANO

(Holguín, 1959 – Ciudad México, 2012)

El pintor Ernesto Lozano irrumpió en mi vida de la misma manera en que se alejó. De otro modo no hubiera sido posible tratándose, como era el caso, de alguien tan espontáneo. Nos unían, entre otras afinidades, la pintura y Holguín. Muchas veces vino a verme a París y yo le devolví la visita en 2006 cuando visité Teotihuacán, en México, guiado por él. Nunca me hubiera montado en una de esas guaguas mexicanas que compiten en carreras sin freno por las avenidas si no fuera porque a Ernesto Lozano nada le daba miedo y me propuso semejante locura. Así, en un pesero de esos, me llevó a ver a la Guadalupe y también en otro artefacto similar a un sitio llamado Indios Verdes (¿por qué eran verdes esos indios?) para desde allí ir a Teotihuacán. Después seguimos coincidiendo, en Cádiz, en Madrid, de nuevo en París. Una vez se apareció con el poemario de Regis Iglesias Ramírez. Lo había sacado de Cuba y Regis estaba preso. Me lo extendió porque sabía que lo sacaría a la luz, como fue el caso gracias al apoyo de Janisset Rivero. La portada de ese libro es de Ernesto. En ella se ve una Cuba atrapada por una hoz de la que sigue prisionera. Todavía Facebook conserva su muro abierto. Creo que para sus amigos él sigue vivo. Quién sabe si un día se nos vuelve a aparecer de pronto, tan intempestivo como siempre.

Un articulo que escribi sobre Ernesto Lozano, en El Nuevo Herald, en junio de 2004

Un artículo que escribí sobre Ernesto Lozano, en El Nuevo Herald, junio de 2004

Portada de Ernesto Lozano para el poemario de Regis Iglesias.

Portada de Ernesto Lozano para el poemario de Regis Iglesias Ramírez.

Con Ernesto Lozano en Teotihuacan, México, 2004

Con Ernesto Lozano en Teotihuacán, México, 2004

 ——————————

Viredo ESPINOSA

(Regla, 1928 – Costa Mesa, California, 2012)

Él mismo me dijo (y luego Guido me lo confirmó) que del grupo de Los Once él era el Once y medio. Pues para pertenecer a ese grupo lo ideal era ser abstracto y él terminaría pintando más figuración que aquello que daba unidad al grupo. Tal vez por eso se fue marginando con respecto a los que sí siguieron siendo abstractos y desarrolló, ya en el exilio, una exitosa carrera en California, su segunda patria. Quise hacerle un homenaje en vida y le pedí una portada para el boletín del Centenario. Un poco de todo eso y de su propia obra y vida quedó en ese número que puede ser visto más abajo.

Carta de Viredo Espinosa,  2003

Carta de Viredo Espinosa, 2003

viredo cien annos

viredo cien annos 2

Homenaje a Viredo Espinosa, febrero 2002

 —————————

Heriberto HERNÁNDEZ MEDINA

(Santa Clara, 1964 – Miami, 2012)

Acababa de recibir el último poemario publicado de Heriberto cuando me sorprendió la noticia de su incomprensible muerte. Que uno se entere de que ha fallecido alguien que ha vivido mucho es siempre penoso pero, como morir habemos, es hasta comprensible. Lo que desarma realmente y nos deja para siempre perplejos es que fallezca, por decisión propia, un amigo joven, activo, lleno de planes, proyectos, entusiasta y cordial. Todo eso nos deja tan consternados que no habrá nada que pueda explicarnos debidamente por qué no está ya entre nosotros. Cuando fundó el sello editorial Bluebird – con el esfuerzo que conlleva hacer estas cosas en una ciudad con las características de Miami – enseguida me brindé para reseñar en El Nuevo Herald los libros que él ya había pubicado. Después vinieron varias presentaciones en Zu Gallery, el espacio de Manny López, y no pocas reuniones y hasta fiestas en su casa. Fue breve su amistad para todos porque breve era su estancia en el Sur de la Florida a donde había llegado después de haber vivido en Lima. Breve, y sin embargo, intensa también, porque Heriberto era de los que siempre tenía algo entre manos.

heriberto

Texto sobre Bluebird Ed. que escribí en El Nuevo Herald, en diciembre de 2008.

heriberto hdez

 ———————–

Carmen VIVES NEGREIRA

(Holguín, 1946 – El Paso, Texas, 2012)

Hay gentes que llegan tarde a nuestras vidas. Tarde por el poco tiempo que podemos disfrutarlas. Como si presintiéramos todo eso Carmencita y yo nos hicimos grandes amigos en cuestión de horas. Al principio nos unieron los ancestros holguineros que tenemos en común. Con la misma espontaneidad con que ella lo hacía todo un buen día me escribió a París pidiéndome que la ayudara a desmadejar su árbol genealógico (el mío en algunas ramas) que se enredaba con entrecruzamientos difíciles de entender. Desde ese día saltábamos de un ancestro a un cuento de nuestras vidas, de la de ella en Puerto Rico, de mis vacaciones estivales en Banes, de esto, de aquello y de los otro. Nos hicimos íntimos amigos. Éramos además primos del siglo XVIII. Al teléfono estábamos hasta cinco veces por semana y durante mis viajes a Miami otras tantas más. Recordaré siempre la parsimonia con que lo hacía todo. Los mameyes se perdían en el horizonte de su finca. Preparaba el mejor pan con bistec que he comido en mi vida y nos parábamos en los mejores puestos de comida de Krome Avenue porque sabía, antes de comprarlo, si el puerco tenía o no el sabor de aquel que todos comimos un día en los campos de Cuba. La palabra imposible no la tenía incorporada al léxico. Su salud era lo único que detenía sus planes. Por eso volvió a Cuba, a Holguín, más de 40 años después de haberse ido. Menos mal que lo hizo. Así y todo, en el tintero se quedaron muchas cosas y, sobre todo, el famoso viaje a Jamaica con el que soñábamos. Un día iré por los dos, si puedo, a desempolvar la historia de nuestros lejanos ancestros, aquellos que llegaron a Bayamo en 1655 cuando abandonaron la isla por culpa de los ingleses. En eso ambos éramos también jamaicanos.

Miami marzo 2011 114

Toda la familia Torrent-Negreira: María Elena, Manny, Marta, Celia, Carmen, Carmencita, Jose, Diana, Monseñor Peña (Obispo de Holguín) y yo en el restaurante portugués Old Lisbon, Miami, 2011.

————————

Carlos M. LUIS

(La Habana, 1932 – Miami, 2013)

Conversador nato y bibliófilo empedernido Carlos M. Luis y su esposa Martha eran fieles a eso que se llama la francofilia. Cada año, desde que los conocí, venían a París rumbo a Aix-en-Provence, ciudad provenzal en donde habían encontrado una especie de paraíso terrenal personal. A Carlos le hice varias entrevistas y también artículos sobre sus libros. Lo invité a participar en la antología de homenaje a Lezama Lima Aldabonazo en Trocadero (ver en la imagen las dos primeras páginas de su ensayo en ese libro) y juntos compusimos y descompusimos muchas veces el mundo. Si no nos encontrábamos en París lo hacíamos en Miami, en su casa de Fontainebleau, en donde Martha me recibía siempre con su inmejorable flan de coco. Hasta el final de su vida Carlos escribió sobre arte y vivió para el arte. En El Nuevo Herald han quedado cientos de textos sobre los plásticos contemporáneos o de otros tiempos. Valdría la pena reunirlos un día en un solo volumen. Dos de los más grandes amigos de Carlos – Jorge Camacho y Lorenzo García Vega – fallecieron poco antes que él. Me gusta pensar que tienen armada tremenda tertulia en donde estén.

William-Carlos M. Luis

Con Calos M. Luis y Martha, en Saint-Germain, en 2008.

carlos m. luis mail

Un e-mail, no sin humor, que me dirige Carlos M. Luis al principio de nuestra amistad.

carlos l luis aldabonazo

Dos primeras páginas del ensayo de Carlos M. Luis sobre Lezama para nuestro libro “Aldabonazo en Trocadero 162”, un homenaje de 33 autores cubanos a José Lezama Lima.

 —————————–

Yolanda del CASTILLO

(Santiago de Cuba,  – Miami, 2013)

Hace apenas unas semanas supe que Yolanda del Castillo, compositora y amiga entrañable, acababa de fallecer después de una larga enfermedad contra la que luchó varios años. Pierdo la cuenta de las tertulias en la casa que compartía con su inseparable esposo, el doctor Armando Cobelo. Tenían el don atraer gentes encantadoras y de mucho talento. Allí no faltaban nunca pianistas geniales, compositores, cantantes, artistas, escritores. Con Armando se enfrascó durante años en dar vida a la asociación Herencia de la Cultura Cubana. Cuando le gustaba algo se lanzaba sin pensarlo dos veces. Un día me dijo que le había gustado tanto mi soneto dedicado al violinista matancero José White que quería musicalizarlo. Y así lo hizo. Santiago de Cuba, la ciudad a la que nunca volvió después de salir al exilio, estaba siempre en su mente. En los últimos años había compuesto una misa a la Caridad del Cobre y estaba muy satisfecha de saber que había sido tocada en la Catedral de la capital de Oriente y en el santuario de la Virgen también. En una de sus cartas (ver abajo) me cuenta de esas emociones y si me llama poeta “de ringo-rango” es por una de esas bromas de nuestra complicidad. Resulta que una vez estaba hablando con una descendiente de los ilustres y encopetados Kindelán de Santiago y se le ocurrió decirle que justamente acababa de hablar con Navarrete, que descendía de los que llevaban ese apellido en Santiago. Entonces la Kindelán, de la que nunca supe el nombre, le dijo: “Ah claro, sé quien es Navarrete, un poeta de ringo-rango”. Y desde entonces Yolanda siempre me llamaba así para risotada de ambos pues nunca nos anduvimos creyendo en pretensiones y menos en abolengos ilustres. En mi libro Cuba: la musique en exil traduje y hablé sobre la obra de Yolanda, autora del primer pregón que se hiciera en el exilio (ver imagen). Yo creo que gente llana, franca, transparente, entusiasta, solidaria y amiga como Yolanda hay pocas. El lujo en nuestras vidas es haberla tenido. Nos toca ahora hacer que su recuerdo perdure.

yolanda del castillo, 2003

Con Yolanda del Castillo, en la Casa Bacardí, University of Miami, 2003.

yolanda del castillo mail

yolanda del castillo habanera

Anotaciones hechas por Yolanda del Castillo al musicalizar mi soneto “Una habanera en las Tullerias”.

yolanda castillo 1

yolanda castillo 2

Sobre Yolanda del Castillo en mi libro “Cuba: la musique en exil” (2004)

Esta entrada fue publicada en historia. Guarda el enlace permanente.