Murano en París / Musée Maillol

En El Nuevo Herald escribo sobre la expo de Murano en la capital francesa, Musée Maillol.

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Ocho siglos de Murano en París

William Navarrete / El Nuevo Herald, 5 de mayo de 2013

Los míticos cristales de Murano, la larga historia del arte veneciano del vidrio, la manera en que ha sobrevivido desde el Medioevo hasta nuestros días es lo que ofrece hoy el Museo Maillol de París en una retrospectiva que se extiende hasta julio próximo y que incluye también el homenaje de artistas contemporáneos a estas técnicas ancestrales del soplado.

En el año 1291 los hornos deben abandonar Venecia. Una ordenanza del gobierno de la ciudad del Dux exige que los vidrieros trabajen fuera del ámbito urbano por temor a los incendios. El hecho de que deban instalarse en una de las islas de la laguna, exactamente en Murano, contribuirá a salvaguardar el secreto de su fabricación, celosamente guardado durante siglos al punto que revelarlo podía costar la vida a quien incumpliese con la prohibición.

Ya en 1341 aparece mencionado el taller de Barovier, vidriero que existe todavía en nuestro tiempo. A principios del siglo XV Angelo Barovier inventa el “lattimo”, un tipo de vidrio opaco similar a la porcelana que se obtiene añadiendo estaño y óxido de plomo al vidrio caliente. La muestra exhibe una copa de exquisita factura conservada en el Museo Narodni de Praga, decorada con un motivo que representa a un músico tocando el laúd.

El vidrio ha sido una herencia de la Roma antigua y los romanos lo adquirieron a su vez de Bizancio. Su historia es antigua y muy interesante observar cómo va evolucionando según los periodos estilísticos del arte.

En la muestra aparecen varios ejemplos de piezas del Renacimiento. En esa época ya los vidrieros están organizados en corporaciones, siendo la del Arte dei Vetrai la que se ocupa de protegerlos en la Venecia de aquellos tiempos.

A medida que se realizan descubrimientos, los cristaleros van dejando en sus piezas la impronta de esas novedades. En el siglo XV aparecen los esmaltes, un vidrio compuesto de óxidos metálicos aplicados sobre el vidrio por medio de pinceles antes de introducirlo en el horno. El famoso cáliz llamado “del Triunfo y la Justicia”, exhibido en la muestra y conservado en el Museo Bargello de Florencia, ejemplifica este tipo de trabajo.

Los cristaleros descubren las imágenes llamadas “grotescos”, figuras caricaturales que emergen de los frescos de la villa romana Domus Aurea. Numerosos vasos dejarán testimonio de estas figuras utilizadas, en lo adelante, como motivos ornamentales en no pocas vajillas. También son frecuentes los blasones de las familias nobles que encargan a Murano las piezas para sus servicios de mesa.

En el siglo XVI aparecen los vidrios afiligrinados y las decoraciones esmaltadas. La invención la patentizan en 1527 Bernardo y Filippo Catani. El virtuosismo técnico y el estilo innovador en materia de texturas es innegable. Surge entonces la variante llamada “reticello”, una manera de presentar el vidrio en forma de hilos entrecruzados tejiendo una redecilla. En cuanto a la decoración aparecen motivos vegetales, escamas, composiciones florales, las hojas de oro y las llamaradas azules.

Es también la época de los vidrios quebrados que se obtienen cuando se sumerge la pieza en agua fría en el momento del soplado. Surgen los cristales grabados con punta de diamante cuya autoría patentiza el maestro cristalero Vicenzo D’Angelo en Murano en 1549. Aparecen entre los motivos grabados guirnaldas, mascarones, dragones y casi todos los ornamentos de la arquitectura doméstica de Venecia.

Otra de las técnicas del vidrio de Murano en el Renacimiento es la calcedonia. La introduce Angelo Barovier y le confiere a la pieza un aspecto jaspeado que se obtiene gracias a una mezcla de nitrato de plata, óxido de cobalto, potasio, sales y vidrio opalino calcinado. Las formas cambian, surgen recipientes inesperados cuyas asas son de gran originalidad.

A finales del XVI los poderosos Medicis de Florencia logran fabricar un vidrio que si bien no posee la calidad del de Murano sí es de gran originalidad y valor. El secreto ha sido revelado y ahora se cuece y sopla un cristal “a la manera de Venecia” en los hornos de Florencia y Pisa. Los Medicis son fanáticos de la alquimia y todo lo que contribuya a la invención de nuevas materias cuenta con su apoyo financiero. El refinamiento de las piezas alcanza niveles muy altos, como esa famosa ánfora de cristal rojo y montura de metal dorado que atesora la colección de Giuseppe Maranghi en Venecia y que exhibe hoy la muestra de París.

El arte de la Contrarreforma, el barroco, aporta también buena dosis de fantasía. La llegada a Europa de las técnicas de fabricación de la porcelana china contribuye al desarrollo de los célebres “lattimos” de siglos atrás. Son famosas las tazas y jarras de este tipo decoradas con esmaltes rojos al estilo de las sanguinas imitando en ocasiones paisajes, ruinas, ciudades imaginarias. Es la época en que se fabrican objetos de inspiración naturalista. Las frutas son imitadas, también las aves e insectos, y todo gracias a las posibilidades cromáticas de las nuevas técnicas y a los estudios botánicos que favorecen la libre circulación de los conocimientos.

El siglo XIX inventa el “vetro murrino”, un tipo de vidrio decorado típico de Murano con motivos multicolores inspirado de los mosaicos de la Antigüedad. También se reviven modelos antiguos gracias a las piezas que la arqueología ha rescatado en las excavaciones. Las formas son antiguas pero los detalles innovadores.

Las piezas del siglo XX, modernas, menos vistosas, son a veces de gran simplicidad. La pueza de las líneas, en ocasiones la imitación de formas que en la pintura se acercan al movimiento de la abstracción lírica, son indicadores de la modernidad en Murano. Uno de los grandes momentos del vidrio en este siglo es la creación por Vittorio Zecchin del vidrio soplado que aparece en La Anunciación, cuadro pintado por el Veronés en 1578.

Completa la muestra una exposición de artistas contemporáneos que han trabajado en los últimos años en los hornos de Murano. Pueden apreciarse, entre otras obras, una instalación del español Javier Pérez llamada Carroña en la que aparece una lámpara de murano desparramada por el suelo con cuervos anunciadores de la muerte posados en los brazos y cirios. Tal vez anunciadora del fin de una época, de una decadencia que comenzó con el siglo XIX con la importación de los cristales de Bohemia y de la que el vidrio del célebre islote no ha podido nunca recuperarse.

También vemos la obra del francés Jan Fabre, del veneciano Livio Seguso y de la milanesa Maria Grazia Rosin, que reinterpretan el vidrio de Murano, su larga historia y los siglos de diálogo incesante entre los maestros cristaleros de esta isla de la laguna de Venecia y la humanidad.

burano

Burano, 1999

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