Juan Carlos de Borbón – Laurence Debray / El Nuevo Herald

Escribo en El Nuevo Herald sobre el formidable y muy bien documentado libro de Laurence Debray publicado en París. Un tema de actualidad y que interesa a muchos en la península. Aquí les dejo el enlace y recomendaciones de lectura:

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Juan Carlos de Borbón ¿último rey de España?

© William Navarrete / El Nuevo Herald, 28 de abril de 2013

Los reyes y sus monarquías siempre han provocado fascinación. El anacronismo que representan hoy redobla el interés que despiertan. El Reino de España, el imperio donde en otros tiempos nunca se ponía el sol, constituye uno de los casos más curiosos de la historia. En el momento en que el país logra liberarse, por motivos biológicos, del dictador Francisco Franco es un rey quien, designado por Franco, queda en su lugar. Lo paradójico será que dicho rey, Juan Carlos de Borbón, se convierta en la fuerza motriz del restablecimiento de la democracia. Esa circunstancia, poco usual, incluso inesperada, ratifica uno de los lemas célebres del franquismo: “España es diferente”.

Un poco de esto (y mucho más) nos explica, desentraña y estudia concienzudamente Laurence Debray en su enjundioso libro Juan Carlos de España (Ed. Perrin, 2013). La autora, preparada para el mundo de las finanzas, renuncia a una carrera de cifras y plusvalías, para entregarse a algo que como al galgo le viene de cepa pero que no por ello estaba en su horizonte profesional: la historia.

Nacida y criada en París, de padre francés y madre venezolana, Debray se mueve ligera en ambas culturas. No le es ajeno el mundo hispano en general y de niña vive con su madre un tiempo en Andalucía, a finales de la década de 1980, justo en el momento de la apoteósica Movida y de la reconstrucción económica y política de la Península. La instauración de la democracia en una sociedad arcaica y anquilosada como fue la española durante siglos es un fenómeno que despertará su pasión e interés. En el centro de ese milagro se encuentra una figura a la que consagrará un estudio profundo: Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, nacido en Roma, en exilio a consecuencia de la proclamación de la segunda República en 1931, hijo de Juan de Borbón y Battenberg y nieto del depuesto rey Alfonso XIII.

La autora nos cuenta los primeros pasos de “Juanito” –nombre por el que se llamaba al futuro Juan Carlos para diferenciarlo de su padre– en Roma; sus estudios primarios en un internado suizo; las temporadas en el balneario portugués de Estoril donde reside la familia real española en el exilio; su educación en manos del preceptor Vegas Latapié. A los 10 años comenzará una etapa decisiva en la vida del príncipe. Su padre, deseoso de obtener un día el reconocimiento de sus propios derechos dinásticos, sella un acuerdo con Francisco Franco: “Juanito” será educado en España, lejos de su familia y bajo la estrecha vigilancia del Caudillo. La única prerrogativa que el rey nunca cederá al dictador será la elección de sus profesores.

A esta parte de la vida del joven príncipe Debray la llamará “juventud sacrificada”. Lo será sin dudas en todos los ámbitos. Con un sentido estricto del deber Juan Carlos vivirá en la austeridad impuesta por un régimen de militares y católicos, con compañeros de clases escogidos o sugeridos por el propio Caudillo, en Las Jarillas, finca del marqués de Urquijo. Esta primera estancia será de corta duración. El príncipe es una pieza de mercadeo entre el aspirante a Rey y el Caudillo de poderes supremos. Un año más tarde Juan Carlos será repatriado a Estoril por voluntad de su padre quien no tardará en comprender que para mantener viva la esperanza de la restauración monárquica es necesario que Juan Carlos siga educándose en España, bajo la tutela de Franco.

Por ello, en el otoño de 1950, con apenas 12 años, Juanito es enviado a Miramar, propiedad de la familia real en San Sebastián, Vizcaya. Al final de sus estudios secundarios se ha convertido en Juan Carlos (al parecer el propio Franco ha decidido que así se le llame) y comienza entonces la carrera militar de un adolescente que cursará estudios en la Academia General de Zaragoza, en la Escuela Naval de Pontevedra y en la Academia General del Aire San Javier (Murcia). Tres academias, tres formaciones militares en tierra, mar y aire. Al rigor de la España franquista, hay que sumar la austeridad de la vida militar, la disciplina férrea y, colofón del dramatismo de estos años, la muerte accidental por bala perdida de su hermano querido, el infante Alfonso, acaecida en 1956, cuando ambos hermanos jugaban con las pistolas del padre en la biblioteca de la villa familiar La Giralda, en Estoril. Una muerte sobre la que Juan Carlos nunca se ha pronunciado y que la autora deja también pendiente hasta tanto el único testigo del hecho, el actual rey, estime conveniente aclarar. Si es que algún día lo hace.

Terminados los años de preparación militar, Juan Carlos tomará cursos de enriquecimiento personal bajo la tutela de Torcuato Fernández-Miranda en El Escorial. Ciencias humanas, derecho, literatura, administración pública, formaciones humanistas y técnicas, nada queda al descuido. Surge entonces la idea del matrimonio, a los 24 años, como única opción para liberarse del pulseo constante entre padre biológico (Don Juan) y padre tutelar (Franco). Para ello nadie mejor que la descendiente de la casa reinante de Grecia, una joven princesa emparentada con casi todas las monarquías europeas, acostumbrada al mundo protocolar, dispuesta, sobre todo, a soportar los rigores de una vida con el hijo de un rey sin corte ni trono, instalado en un país anacrónico a merced de los caprichos de un dictador testarudo e imprevisible. A Sofía de Grecia, la princesa con que Juan Carlos se casa en Atenas bajo los ritos ortodoxo y católico en 1962, los años de franquismo le curtirán y moldearán también el carácter.

Debray se toma el tiempo de revelar los intríngulis y complejidades de la trama familiar, los intereses políticos, las aspiraciones de don Juan, de Franco, de Carmen Polo (esposa del Caudillo), las amenazas y pretensiones dinásticas de los legitimistas (rama de los Borbón-Dampierre emparentados con el Caudillo por la alianza marital entre la nieta de Franco y Alfonso de Borbón-Dampierre). La autora nos hace vivir la angustia de Juan Carlos, recién estrenado Príncipe de España (una invención y ardid franquista para no reconocer el título de Príncipe de Asturias que sólo podría llevar un primogénito de un rey de España reconocido), incluso después de haber sido proclamado sucesor por el propio Caudillo en 1969.

Si algo queda claro tras la lectura de esta oportuna biografía es el sacrificio que ha representado para Juan Carlos la nominación como sucesor de un régimen dictatorial de cuatro décadas. Han sido 26 largos años de vida a la sombra de Franco, dos décadas y media de privaciones, de obediencia, de disimulaciones, de austeridad. Los mejores años de la vida de cualquier individuo Juan Carlos los consagró a lo que consideró y era (en su caso) un deber inherente a su nacimiento: la restauración en el trono de su linaje. Si no participó en grandes batallas ni alcanzó su corona como los reyes de épocas gloriosas, ese largo y muy áspero camino hasta el trono nada tiene que envidiar a las hazañas caballerescas de antes.

Todo parece desvanecerse con la decadencia física de Franco. Incluso conociendo como conocemos el desenlace de la historia, la autora logra imprimir suficiente expectativa y tensión a la lectura para que creamos que en cualquier momento todo puede fracasar. El atentado a Carrero Blanco a fines de 1973, la Marcha Verde pacífica de los marroquíes contra la ocupación del Sahara español en 1974, la repulsa mundial ante las penas de muerte dictadas en 1975 contra militantes de ETA, estos y otros acontecimientos enturbian la paz del Caudillo en sus últimos años. Las intrigas de palacio no cesan. En vísperas de la muerte de Francisco Franco (el 19 de noviembre de 1975) Juan Carlos no las tiene todas consigo: el viejo militar gallego puede cambiar de idea a última hora.

A partir de la muerte de Franco, el libro de Debray acompañará al joven Rey (entronizado el 23 de noviembre de 1975) por los tortuosos caminos de la democratización de España. Cierta simpatía de la autora hacia todo lo que hasta ese momento logró Juan Carlos aflora en las páginas del libro. Es cierto que su juventud le fue confiscada. Tampoco es falso que obró con mucha clarividencia y firmeza para que no se abortara su proyecto democrático cuando el intento de golpe de estado de 1981 en las Cortes de Madrid. Que tuvo que ser juicioso y hábil para que todas las tendencias políticas quedasen legalizadas, para no ganarse el rechazo de los poderosos militares franquistas y saber apaciguarlos cuando amenazaban con oponerse a sus planes democráticos. Cada uno de estos aspectos son tratados con suficiente propiedad. Gracias a que las fuentes de los archivos diplomáticos han sido puestas a disposición de los investigadores Debray ha podido aportar valiosos datos acerca de este capítulo esencial de nuestra historia contemporánea.

La motivó, explica durante la presentación de su libro en París, “ese milagro llamado transición española que permitió que España acabase con el círculo vicioso de su historia”. El personaje es fascinante. Como vive aun en pleno ejercicio de poder su biógrafa decidió no entrevistarlo, ni siquiera pedirle cita. Así ha evitado que ejerza sobre ella cualquier tipo de encanto que pudiese afectar la imparcialidad de su entrega. “Cuando Juan Carlos decide convertirse en sucesor de Franco se emancipa de su padre, pero cuando decide nombrar a Suárez como Primer Ministro entonces se ha emancipado del franquismo”. Estas observaciones de Debray dejan suponer que los planes de Juan Carlos vienen de muy lejos.

Es inevitable, visto el contexto de crisis económica y política de la España del siglo XXI, con 25 por ciento de desempleo, grupos nacionalistas cada vez más poderosos, el desprestigio rampante de la clase política que salpica con el caso de la infanta Cristina y su esposo Iñaki Urdangarin a la Casa Real, no preguntarse y preguntar a Laurence Debray por el futuro de esa monarquía.

“No es de dudar –nos dice– que el prestigio se ha deteriorado, el Rey está cansado, ha cometido deslices difíciles de perdonar por una generación que no vivió el franquismo y que desconoce el papel esencial que jugó el monarca en la España que ellos heredaron”. Todo esto nos hace pensar que el poder que garantiza la unidad de Todas las Españas pende de un hilo y que hay un verdadero divorcio entre la Casa Real y los españoles de a pie. Un divorcio que casi ningún especialista oculta ya.

El pueblo descubre en medio de este contexto difícil a un rey malherido que posa delante de un elefante cazado durante un safari africano. Se habla incluso de que tenía conocimiento del caso de corrupción imputado a su yerno Urdangarin. Pequeños deslices de este tipo, más que la fama de donjuan, pueden echar por tierra la labor de décadas de hombres como éste. La simpatía y gratitud de los pueblos no es incondicional sino coyuntural. Eso debe saberlo mejor que nadie un Borbón insertado directamente en la genealogía de los reyes de Francia.

Queda para el futuro una pregunta: ¿Será Juan Carlos I el último de los Borbones que reine en la península? Si el libro de Laurence Debray no da y no puede dar una respuesta definitiva a la pregunta, su lectura sí es fuente inequívoca que permite ventilar muchas dudas.

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