La Riviera Francesa: tras las huellas de los escritores / El Nuevo Herald

En este edificio de la calle Segurana, cerca del puerto de Niza, vivió el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Aquí escribió parte de su libro Así habló Zaratustra.

En este edificio de la calle Segurana, cerca del puerto de Niza, vivió el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Aquí escribió parte de su libro Así habló Zaratustra.

Nietzsche, Chéjov, Apollinaire, Stefan Zweig, Louis Aragon, Elsa Triolet, Jean Lorrain, Maeterlinck, Roman Gary, Le Clezio, Max Gallo, Nucera, Jean Cocteau, Mérimée, Maupassant, Blasco Ibáñez, Scott Fitzgerald, Gogol, Nabokov, Simone de Beauvoir, Jules Verne, Graham Greene, … ¿qué tienen todos en común además de habernos lejados páginas inmortales? Muy fácil: la Riviera Francesa. Unos nacieron en esta región, otros establecieron su residencia principal, algunos pasaron largas temporadas que influyeron sus obras. Tras las huellas de muchos de ellos escribo este artículo en El Nuevo Herald:

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La Riviera Francesa: tras las huellas de los escritores

© William Navarrete / El Nuevo Herald, domingo 3 de marzo de 2013

Entre Cannes y Mentón, antes de la frontera franco-italiana, se extiende una franja de litoral conocida desde los albores del siglo XIX como Riviera Francesa. Ese sitio mítico, colonizado desde entonces por aristócratas rusos e ingleses que arrastraron tras sí a pintores, músicos, escritores, artistas, aunque también a dilentantes y magnates, casi no necesita presentación.

No obstante, siempre que se evoca esta región bendecida por la naturaleza se olvida que detrás de sus idílicos paisajes de costas, playas, dársenas y montañas, existe un vívido patrimonio artístico modelado a lo largo de doscientos años por la presencia de célebres creadores. Desde Cannes hasta Mentón, pasando por Mougins, Villauris, Saint-Paul de Vence, Grasse, Juan-les-Pins, Antibes, Cagnes-sur-Mer, Niza, Villefranche-sur-Mer, Saint-Jean-Cap-Ferrat, Beaulieu, Eze, Cap d’Ail y el Principado de Mónaco, escritores y artistas han hallado allí el lugar ideal para concebir sus obras. A los iconos de las artes plásticas como Renoir, Monet, Fernand Léger, Dufy, Soutine, Picasso, Chagall, Matisse, Yves Klein, Niki de Saint-Phalle, César, Cocteau, entre otros, habrá que añadir a compositores como Paganini, Berliotz, Diaghilev o Gounod, todos ampliamente relacionados con esta región. Museos y residencias atesoran su memoria. En cuanto a los escritores, tema que nos ocupa, es más difícil seguir sus huellas dado que a veces sólo una tarja recuerda la estancia o el sitio que les acogió y pocas veces dicho sitio se convierte en museo.

Por ser Niza la capital de esta Côte d’Azur (nombre por el que la Riviera se conoce más en la propia Francia), comenzaremos el itinerario por esta ciudad que se extiende a lo largo de su hermosa y célebre bahía de los Ángeles. El primero de los escritores de renombre que nos viene a la mente es el alemán Frederick Nietzsche, quien descubre los encantos del lugar a partir del invierno de 1883. En ese año se instaló en un piso de la calle Segurane, cerca del puerto y al pie de la llamada colina del Castillo. Una tarja a un lado de la puerta del edificio recuerda su presencia aquí. También entre Niza y Mónaco, donde el pueblo de Eze, situado a 403 metros de altitud sobre el nivel del mar posee una disposición que le convierte en mirador natural en forma de gradas sobre el azul del Mediterráneo. Desde allí hasta el litoral, y viceversa, caminaba el filósofo a lo largo de lo que se conoce hoy como “sendero de Nietzsche”: un camino que zigzaguea al pie de altos farallones escarpados a través de una tupida vegetación mediterránea. Dicho trayecto, dicen, le inspiró la tercera parte de su conocida obra Así habló Zaratustra.

Poco tiempo después Antón Chéjov descubre también el bienestar que provoca el saludable aire de la Riviera. A partir de 1891 repite los viajes a Niza. Se aloja primero en L’ Oasis, hotel que por aquel entonces llamaban “la pensión rusa”, dado la cantidad de visitantes que llegaban de Rusia huyendo del frío. Luego se hospedará en el célebre Beau Rivage, hotel que aún permanece en pie en el Paseo de los Ingleses, con vista al mar y que ha sido remodelado recientemente siguiendo las pautas del diseño contemporáneo.

Ilustre huésped de la Riviera fue también Guillaume Apollinaire quien había nacido en Roma de padre desconocido y madre polaca antes de llegar de muy joven a Mónaco y Cap d’Ail, donde se establece con su madre poco después del terrible terremoto de 1887. En 1896 ya aparece inscrito en el internado Stanislas de Cannes y un año después estudiará en el Instituto de Niza, aunque sabido es que será en París donde ganará el renombre necesario antes de regresar a Niza en 1914. Tras su regreso vivirá en el 26 de la avenida Foch de Niza, en el barrio de la iglesia Notre-Dame-du-Voeu, un barrio que desde siempre fue considerado como la parte francesa de la ciudad en contraposición al casco histórico que acogía a toda la población histórica de origen italiano.

Poniéndose a salvo del nazismo llega el austríaco Stefan Zweig, quien se hospeda en el Hotel Westminster de Niza, aún en pie en la Promenade des Anglais. Luego, en 1941, son Louis Aragon y Elsa Triolet quienes también llegan a la ciudad. Desde 1916 Henri Matisse, a quien Aragon dedicará la obra Henri Matisse, roman publicada de manera póstuma en 1971, había convertido Niza en su hogar. En el momento en que ocurre el encuentro entro el genio de la pintura y el escritor, Matisse ha vivido en varios lugares: el hotel Beau Rivage, el palacete que cierra la perspectiva de la Cour Saleya, el antiguo hotel Regina construido para las estancias rivereñas de la reina Victoria de Inglaterra y, finalmente, en la Villa Rosa, donde se encuentra hoy el Museo que atesora parte esencial de su obra, en la colina de Cimiez. Elsa Triolet, por su parte, escribirá durante esta larga estancia azureña El caballo blanco, su primera verdadera novela. Ambos vivirán en el 63 de la calle de France, edificio que aún se conserva en una calle peatonal y de intensa actividad comercial.

En Niza vivirá también, desde principios del siglo XX, el conocido cronista, periodista y novelista de la belle époque Jean Lorrain. Su recuerdo perdura en uno de los hermosos palacetes italianos frente al puerto. El autor se pasea por los muelles mientras oye viejas historias de pescadores y chismes sobre celebridades que se entremezclan en el tejido social de una ciudad que tiene definida desde entonces su vocación de destino turístico predilecto de las clases pudientes de Europa. Lorrain compilará parte de esos recuerdos y anécdotas en sus libros El crimen de los ricos (1905) y La Riviera. Es la misma época en que el premio Nobel de literatura Maurice Maeterlinck, de origen flamenco, llega a la ciudad para instalarse, a partir de 1911, en la colina de Les Baumettes primero y más tarde en el paradisíaco Cabo de Niza, al pie del Monte Boron, en donde aún puede verse, muy modificado, el castillo de Castellamare que compró en 1930, hacia el final de su vida.

Otro de los célebres escritores que llega durante su adolescencia a Niza es Roman Gary, acompañado por su madre polaca. Allí da sus primeros pasos literarios antes de convertirse en el único autor que ha obtenido dos veces el prestigioso premio literario Goncourt. Jean-Marie Le Clezio, premio Nobel de literatura 2008, originario de Niza, cursó en su ciudad todos sus estudios y no sorprende constatar que su obra está impregnada de evocaciones de la tierra y trastierra alpina. Otro autor igualmente reconocido entre los contemporáneos franceses, Max Gallo, nació en 1932 en el 42 de la calle de Turín y estudió en el Instituto del Parque Imperial de Niza. Indisolublemente relacionado con su lugar de origen, Gallo es actualmente miembro de la Academia de la Lengua Francesa y ha escrito una trilogía sobre Niza: La bahía de los Ángeles, El Palacio de las Fiestas y El Paseo de los Ingleses, evocadora de sitios que definen su geografía e imagen. Vale la pena recordar entre los autores de nuestro tiempo a Louis Nucera. La biblioteca de Niza, inaugurada en 2002, lleva su nombre y fue concebida como una cabeza cuadrada por el escultor local Sacha Sosno y el arquitecto parisino Yves Bayard. Autor de unos treinta libros, Nucera nació en la capital de los Alpes Marítimos en 1928 y falleció, trágicamente, arrollado por un conductor, en el 2000, mientras se entregaba a la segunda gran afición de su vida: el ciclismo.

A diez minutos de carretera de Niza se encuentra Villefranche-sur-Mer, probablemente la dársena más hermosas del Mediterráneo, abrazada de forma tentacular por dos penínsulas: el Cabo de Niza y el exclusivo Cabo Ferrat en donde el esplendor de su naturaleza se confunde con una arquitectura doméstica de excelencia esencialmente constituida por grandes mansiones precedidas por pinares y jardines a la francesa. En Villefranche vivió parte importante de sus años juveniles el artista Jean Cocteau. En agradecimiento por lo mucho que le aportó este pueblo marítimo fundado en el siglo XIII por Carlos I de Anjou, el pintor y poeta ofreció los frescos de una pequeña capilla consagrada a San Pedro (chapelle Saint-Pierre) que hoy día puede ser visitada. En el hotel Welcome, aún en funcionamiento frente a dicha capilla y al puerto, estableció su residencia en la década de 1920 y allí escribió su conocido Orfeo.

Del otro lado de Niza, Cannes servirá de casa a Prosper Mérimée designado por el Estado como inspector de Monumentos históricos en 1834. Se trataba entonces de una minúscula aldea de pescadores en la que los ingleses comenzaban a construir grandes mansiones atraídos por Lord Brougham. El autor de Carmen alquila un piso frente al puerto, en la plaza que hoy lleva su nombre. Una placa recuerda su presencia a partir de 1860, fecha en que decide instalarse de manera permanente en el balneario. En esa misma década se codea in situ con turistas llamados Luis II de Baviera, Gustave de Rothschild, el marqués de Caulincourt, Alexis de Tocqueville, el arquitecto Viollet le Duc, etc. De Merimée es aquella célebre frase: “ya habría muerto y estaría ya enterrado y remplazado en la Academia, si no hubiera comprendido la sabiduría de las golondrinas que cambian de país según las estaciones”.

El otro notable huésped de la Riviera será Guy de Maupassant, quien residió asiduamente, desde 1884 hasta su reclusión en un asilo de alienados, en Niza, Cannes, Antibes, Mentón y Grasse. Anclado en el puertecillo de Cannes estaba el Bel-Ami, su yate deportivo, siempre listo para emprender largos paseos marítimos. En Antibes pone punto final a su novela Mont-Oriol y en Primera nieve, describirá una Croisette de Cannes repleta de convalescientes de toda Europa que vienen con la esperanza de curarse de sus dolencias pulmonares. La última morada del conocido autor normando se convirtió, más tarde, en el hotel Chalet de l’Isère, en el 42 de la avenida de Grasse.

Al otro extremo de la Riviera, exactamente en Mentón, se exila en 1921 el novelista republicano español Blasco Ibáñez. Allí se instala en la villa Fontana Rosa, una propiedad que le recordará su casa de Valencia. La dota de motivos hispano-moriscos; diseña el jardín en honor de quienes llama sus “queridos fantasmas”: Cervantes, Flaubert, Zola, Goethe, Dostoievski y Victor Hugo. Recibe a sus amigos personales Rodolfo Valentino y Greta Garbo y escribe Novelas de la Costa Azul y termina (en 1927) sus Novelas de amor y muerte, un año antes de fallecer en ese mismo lugar. La villa puede ser visitada aunque partes importantes han desaparecido.

En el Golfo Juan-les-Pins vive desde 1926 Francis Scott Fitzgerald y Zelda. Allí tiene su Villa Paquita en donde recibe a Dos Passos y a Hemingway. Vienen artistas norteamericanos, cantantes, diletantes. El pueblecillo crece entre la playa y el pinar del cabo de Antibes. La memoria de esa época dorada se perpetúa desde hace 50 años mediante el conocido Festival de Jazz de Juan-les-Pins, en donde se presentan cada año las figuras de mayor renombre del género musical. El pueblecillo posee la mayor concentración de bares y discotecas de la costa. El cabo de Antibes y su célebre hotel Edén Roc reciben todavía a las celebridades del mundo del espectáculo.

Innumerables son los lugares de la Riviera donde escritores célebres han vivido y creado. Muchos quedan al margen de este recorrido: Gogol en Niza o Nabokov en Cannes,  Simone de Beauvoir en Saint-Paul-de-Vence o Graham Greene en Antibes, Jules Verne en el Cap d’Antibes o Herbert G. Wells en su villa de Grasse, la ciudad de los perfumes. Sus obras están plagadas de menciones y reflexiones inspiradas por esta región. Recorrer la Riviera Francesa es también una oportunidad de repasar la historia del arte y la literatura de los últimos dos siglos. Uno de los pocos sitios del planeta donde a una estancia dedicada al dolce farniente, a la belleza contemplativa y a los deportes acuáticos podrá añadirse un auténtico catálogo de arte e historia.

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