Jesse Fernández en París / en Diario de Cuba

Una reseña sobre la exposición de Jesse Fernández en París que durante el invierno exhibe la Maison de l’Amérique Latine. La recomiendo, sobre todo para quienes no pudieron ver la que hace años realizó el Museo Reina Sofía de Madrid. Oportunidad única para descubrir a este excepcional fotógrafo cubano y…  trotamundos:

Enlace: Jesse Fernández en París

Jesse Fernández en París

William Navarrete – París

Correspondía a París, desde hace tiempo, homenajear al fotógrafo cubano Jesse Fernández, nacido en La Habana en 1925. Lo ha hecho la Maison de l’Amérique Latine con una exposición de clichés y otras obras de este destacado artista, bajo la curadoría de Gabriel Bauret y Juan Manel Bonet. La muestra, inaugurada bajo el título de Tours et détours de La Havane à París puede visitarse en esta institución hasta mediados del mes de enero de 2013.

Jesse Fernández falleció el 13 de marzo 1986 en Neuilly-sur-Seine, una barriada periférica de París cuya mención evoca inmediatamente las clases más pudientes de la capital francesa. En realidad, se había instalado en Francia una década antes, en 1977, y aunque expone un año después en la Maison de la Culture de Orléans ninguna muestra significativa de la totalidad su trabajo había tenido lugar en este país. En 2010 se exhiben algunas de sus fotos en Marraquech (Marruecos) y en 2011 en la galería ALM, en Ramatuelle, departamento del Var, en el sur de Francia. Poca cosa si se tiene en cuenta que fue en este país en donde vivió los últimos años de su vida y en donde reposan incluso sus restos (en el cementerio de Père-Lachaise). La muestra subsana en buena medida este tiempo de olvido y silencio.

Los cubanos reivindicamos la pertenencia de Jesse Fernández a Cuba. Desconozco si en algún momento lo reivindicó él mismo, o si, como suele suceder con quienes hacen poco caso de fronteras y nacionalidades de arbitrarias coyunturas, nada le importaba este tema intrascendente. De lo que no cabe duda alguna es de que tiene apenas siete años cuando su madre se instala en Asturias, región de donde ella y el padre de Jesse eran originarios, huyendo de la situación política creada por el machadato en Cuba. En 1939, una vez terminada la guerra civil española, regresa con sus dos hijos a la capital cubana. Jesse tiene ya catorce años y poco después, en 1942, será enviado a Estados Unidos con el objetivo de que estudie ingeniería electrónica en Filadelfia. Regresa a Cuba tres años después, pero vuelve a marcharse en 1947, esta vez a Nueva York. Luego se instala en Medellín en 1952 y sólo regresa a Cuba por breve tiempo (1956) y en algún otro momento (1958) cuando realiza un reportaje de la vida artística y literaria cubana para la revista Life. En 1959, fecha de su última estancia en la Isla, realiza durante nueve meses un reportaje en que inmortaliza momentos precisos del triunfo de la revolución. De esa época datan las imágenes con que se ilustró uno de los ejemplares del semanario Lunes de Revolución (edición 39 del 14 de diciembre de 1959 de este suplemento cultural). Guillermo Cabrera Infante es el director y Pablo Armando Fernández el subdirector. Entre las fotos de Jesse hay todo una serie de La Habana de noche. Tal vez por eso la muestra de la Maison de l’Amérique Latine exhibe también el famoso cortometraje PM, de Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante. Después de ese año transcurrido en Cuba no regresará nunca más.

En total fueron sólo trece años los que aproximadamente vivió Jesse Fernández en Cuba. ¿Suficiente si se considera que al morir a la edad de 61 años había vivido en Asturias, Filadelfia, Nueva York, Colombia, Puerto Rico, Toledo, Madrid y, finalmente, nueve años en Francia? Tal riqueza de experiencias y de sucesivos viajes que incluyen desde el Amazonas (época en que que interesa en la arqueología y la etnología) hasta México y toda América Central; desde Turquía, Marruecos e Italia (por sólo evocar algunos sitios de la cuenca del Mediterráneo) hasta Tailandia, Indonesia y el Océano Indico, me hacen sospechar que Jesse Fernández era ante todo un ciudadano del mundo. “Cubano errante”, le llama Juan Manuel Bonet en uno de los textos que acompañan al catálogo. Irreverente, sin dudas, ante las distancias y el espacio, no como un trotamundos cualquiera, sino como el más alerta de todos ellos. Captando siempre en medio de tanta grandeza e instantes los detalles que han marcado la historia, el arte y las letras. No dudo que a ese exceso de curiosidad – la curiosidad nunca será en realidad excesiva para seres como Jesse Fernández –  se deba la amplia visión de su lente, la precisión evidente en su manejo, la manera de dirigir el objetivo hacia una figura que parece desprenderse del conjunto hasta alcanzar la magnitud de un relieve.

Otra sorprendente revelación de la muestra es la impresionante cantidad de personalidades que, a lo largo de su carrera, pudo fotografiar y, probablemente, frecuentar. Da vértigo comprobar que ante su lente posaron Elizabeth Taylor, Marlene Dietrich, Thelonious Monk, Billie Holiday, Miles Davis, Dizzy Gillespie, Zoran Music, Françoise Sagan, Edgar Varèse, Vicente Escudero, Heitor Villa-Lobos, Tennesse Williams, Dalí, Calder, Bacon, Sonia Delaunay, de Kooning, Miró, Chillida, Buñuel, Siquieros, José Luis Cuevas, Tapies, Duchamp, Saura, Jesús Soto, Andrés Segovia, Mario Moreno (Cantinflas) y hasta Yolanda Montes (Tongolele). Pero no sólo ellos, sino Borges, Cioran, Carlos Fuentes, Octavio Paz, García Márquez, Juan Carlos Onetti, Roa Bastos, Miguel Ángel Asturias (en Cuba), Rómulo Gallegos, Vargas Llosa, Alfonso Reyes, Manuel Puig, Hemingway (viviendo en Cuba), Camilo José Cela, Delibes, Goytisolo, entre otros.

Los cubanos son numerosos y netamente mayoritarios en la galería de retratos del fotógrafo. Entre los que aparecen en la muestra se encuentran José Lezama Lima, Eugenio Florit, Gastón Baquero, Mariano Rodríguez, Amelia Peláez, Víctor Manuel, Guillermo Cabrera Infante, Enrique Labrador Ruiz, José Baragaño, Alejo Carpentier, Agustín Cárdenas, Alicia Alonso, Raquel Revuelta, Wifredo Lam, Joaquín Ferrer, Felipe Orlando, Jorge Camacho, Severo Sarduy, Néstor Almendros, e incluso, Fulgencio Batista y Martha Fernández de Batista inaugurando la Ciudad Deportiva de La Habana en 1958, que por error de apreciación aparece mencionada como si se tratase del Estadio del Cerro tanto en el catálogo como en las etiquetas de la muestra.

1958 y 1959 son dos años cruciales en la “carrera cubana” de Jesse Fernández. Estar en Cuba en ese momento le permite retratar momentos históricos tan diferentes como antagónicos resultaron sus protagonistas. En las carreras automovilísticas de 1958 retrata al célebre corredor argentino Juan Manuel Fangio, a la vez que toma un cliché del dandy y diletante dominicano Porfirio Rubirosa, de reputación sulfurosa, timón en mano, sentado en otro de los autos de la carrera. Retrata, como quedó dicho, a Fulgencio Batista al lado de su esposa y de Justo Luis del Pozo (alcalde de La Habana) inaugurando la Ciudad Deportiva ese mismo año y, pocos meses después, a una tropa de barbudos marchando por Trinidad, a Fidel Castro, a los comandantes William Morgan, a Eloy Gutiérrez Menoyo con Ramiro Valdés, a Celia Sánchez Manduley, entre otros.

Aunque la mayor parte del trabajo presentado corresponde a las fotografías en diferentes momentos de su vida, la muestra recoge también la labor artística del homenajeado en el ámbito de la plástica y el grafismo. La estrecha relación entre Jesse Fernández y muchos pintores que fotografió estaba probablemente motivada por sus propias inquietudes pictóricas. Guillermo Cabrera Infante al referirse a este aspecto de su creación adelanta la idea de que en el caso de Jesse nos encontramos ante un pintor de vocación que la vida convirtió en fotógrafo. Entre las obras presentadas podemos ver una serie de cajas realizadas a partir de 1969. Pueden contener bolas, una pipa, una brújula, un frasco de perfume o el esqueleto de la cabeza de un ave. La escritura cubre en ocasiones las paredes del recipiente. En otras aparecen estampas, caligrafías, tarjetas. Da la impresión que quiso, en un espacio limitado, resumir las experiencias de un viaje real o imaginario como mismo lo haría un viajero mediante su carné de notas o como lo ha estado haciendo él mismo gracias el poder acaparador, a la vez que reductor, del lente de su cámara.

Para el libro Les Momies de Palerme, de Dominique Fernandez, realizará una serie de clichés de las célebres momias del cementerio de los Capuchinos en la capital siciliana. No sé si esas momias parecen seres vivos o si es el lente del fotógrafo lo que las ha animado. Para ello habría que ir a verlas en el contexto en que se hallan. El caso es que aquellas que fotografía Jesse parecen seres listos para interpretar algún papel en una pieza de teatro. Se diría que quieren decirnos algos y que terminarán por hacerlo de un momento a otro.

Ludovic Py escribe unos de los textos que acompañan el catálogo. Nos habla del Jesse amigo que frecuentó durante sus últimos años en París, no del Jesse creador. Nos cuenta del último gran proyecto que asumió: retratar las sepulturas de muertos célebres. De este trabajo la muestra no muestra ejemplo alguno. Py nos cuenta que él deseaba demostrar cómo hasta en sus tumbas los muertos continuaban siendo fieles a lo que habían sido en vida. Curiosidad más que escepticismo nos provoca tal afirmación. Deseos de que en próximas exposiciones dedicadas a este genial creador podamos saciar nuestra curiosidad y comprobar qué quedó de Verlaine, Flaubert y Mallarmée – entre las sepulturas de su proyecto – en el sitio en que reposan sus restos. ¿Alguien pudiera retratar entonces el lugar donde reposa Jesse? No nos sorprendería escuchar que su tumba cambia de ubicación constantemente. Don de ubicuidad e ilusiones ópticas impedirían seguramente que pudiéramos tomar dos clichés de su última morada en un mismo sitio.

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Jesse Fernández / Elizabeth Taylor / (blog: misericordia.com)

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