“Viajeros” Diez poetas hiperbóreos

Viajeros

Primero, agradecer a la escritora María Eugenia Caseiro, quien desde Miami tuvo la feliz idea de publicar este muestrario de poesía de diez poetas que ella llama “hiperbóreos” y que no paran de viajar por el mundo, a veces físicamente, otras gracias a su imaginación.

En el poemario aparecen, siguiendo este orden, poemas de: Mireya Robles, Jesús J. Barquet, Lilliam Moro, Jorge L. García de la Fe, Maya Islas, Alberto Lauro, María Eugenia Caseiro, William Navarrete, Karyon Kuma y José Luis Santos Muñoz. El prólogo lo escribe desde Cárdenas (Cuba) Alberto Abreu Arcia y la editorial es Arjé, en su colección Ápeiron d Poesía.

Agradezco a María Eugenia la oportunidad de publicar algunos de mis poemas de la India, de los cuales dejo aquí dos con las imágenes del momento en que nacieron. Además de la portada y el enlace para encargar el poemario.

Viajeros. Diez poetas hiperbóreos. Ed. Arjé, Florida, 2019

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VIAJEROS.Contratapa

 

Poemas de la India, William Navarrete

 

Los ghats de Pushkar

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a Emmanuel Arbaretier

Para acercarse al lago sagrado de Pushkar

hay que dejar los pies desnudos

y olvidar cualquier remilgo,

caminar sobre postillas que apestan

sobre esos ghats que bajan hasta el agua,

heridas abiertas por siglos de clamor,

de gracia, otros dicen que de fe, tal vez,

de lo que sea, escalones más pútridos que el lago

donde practican abluciones los locales

y los turistas bobalicones de trencitas, abalorios y bombachas.

En Pushkar los peaceandloves se sienten como en casa,

los dromedarios no pueden dar un paso más

hartos de cargar con tanto imbécil,

los monos te mangan la comida en un descuido

y hay que ponerse duro, desafiante,

porque te rozan la cara con sus uñas,

y el petit garçon del Sunset Café lleva a tu mesa,

burlón, el peor té masala del planeta

y te dice que el crepúsculo tiene un precio,

mientras suenan los tambores huecos de más alternativos

como matracas tristísimas

al viento de este mundo.

 

La música del viento en Hawa Mahal

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En el Palacio de los Vientos de Jaipur

detrás de su fachada agujereada

cuando los últimos visitantes se retiran

se oye entre las celosías rosadas

el frufrú de ricas sederías rozar

los peldaños en que pacientes esperan

todavía mil doscientas concubinas

a que la vara enhiesta del marahajá

más rico de todo el Rajastán

las cubra de joyas, monedas y títulos

por cada gemido que en sus oídos suene

como las notas de su balada preferida.

 

Especias de la infancia

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a Rosa Hernández Almira

En Udaipur hay mil mercados en uno solo.

Me siento entre los sacos de especias,

entre montañas de comino, cúrcuma y cardamono.

Se toma el vendedor todo el tiempo del mundo.

Yo soy su rey, mío es también su reino,

huelo, siento, hablo, miro, palpo, vivo.

Me extiende una tacita de humeante té.

Me cuenta cualquier cosa, de su padre,

del mercado de otros tiempos, de la lluvia.

Me invita a hundir los dedos en los olores.

Me emborracho de belleza, de pasiones,

me llevo en el olfato el corazón de la ciudad.

Lo paladeo lento ya en París, aún sonriente.

Y pienso que entre aquellos sacos de sabores,

el tiempo discurre como antaño.

Me veo de niño ante el fogón de mi abuela.

Paladeo la delicia del tiempo reencontrado,

la sabiduría ya perdida para siempre.

 

El chofer del tuck-tuck

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Para Pierre, cómplice en desentrañar el mundo

De entrada, el inevitable regateo

y como un endemoniado, un resorte,

Bhuvan, el chofer del tuck tuck,

devora con su artefacto de juguete

la humareda de las amplias avenidas de Agra

donde yace en cuclillas la gente como animales.

En invierno no se sabe

si la niebla es un manto de impurezas

o toca porque enero es el mes de las gotas suspendidas.

A la altura del puente sobre el  Yamuna raquítico,

invisible, triste, hediondo, una fisura entre dos sueños,

Bhuvan desafía a su universo,

autobuses, carretas, la cara criminal de un pasajero,

un grupo de monos brincando de auto en auto,

el mundo que da ganas de salir gritando,

de llorar sin parar hasta llenar el cauce

de ese río que parece nunca fue,

el ruido ensordecedor de mil rutinas, de lenguas, de creencias

adornadas de saris, mil colores, pedazos de cuerpos

apenas sostenidos por los brazos, muñones

y reflejos de almas reencarnadas en carnes de dolor,

el puente gritando, el tuck tuck girando,

adelantándose al pastor con sus ovejas,

malabarista entre la mugre, malabarista de la muerte,

que ronda el precipicio, volcándose un remorque de estropajos

que nadie ayuda a recoger porque ese puente

hay que cruzarlo a todo precio,

so pena de volverse costra en el asfalto,

mientras corta Bhuvan entre dos rastras cargadas de

animales despavoridos, tan asustados como yo,

ya casi en otro mundo, mirando en la orilla

a unos niños que juegan sonrientes

y a unas viejas agachadas que soplan sus lumbres,

mientras aquel cacharro trepidante,

va venciendo la nada, lo engulle el tiempo,

recorre raudo entre chozas esmirriadas

el tramo que nos queda hasta Mehtab Bagh,

un jardín quimera o maldición del tiempo detenido,

desde la orilla opuesta al pétreo resplandor de los amantes,

la bruma cerrándonos el paso,

Bhavan orondo, gozoso, por su hazaña,

las verjas del jardín cayendo tras mi paso

porque el guardián cumple con celo los horarios,

el templo del amor del otro lado, envuelto en velos,

los naranjales, los rosales, luz de perla,

un animal desconocido que viaja hacia el ocaso

y atraviesa regio el lecho del Yamuna,

mis brazos abarcando los cuatro minaretes

flotando entre las lágrimas que empañan la memoria,

las aves libres, los seres unidos en un beso,

el día y la noche fundidos como amantes de otros tiempos,

Bhuvan sonriente, esperando del otro lado de las rejas,

vencedor de todas las miserias, creador de todo el universo.

 

Vagón de primera clase

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Salimos de Ajmer

el mismo polvo, los rostros agrietados,

Icham que juega con un globo

sin importarle el pez de plata

que se desgrana en los cristales

danzando en cada sacudida

de este vagón-Babel, camino de Chittorgarh.

 

El mundo se desteje

desde este cuadrilátero que rueda sobre rieles,

un ruso de Siberia, un coreano que habla chino,

el globo de Icham cambia de bando,

dos brasileras le dan un manotazo

y un griego con los ojos de Ulises

ha dicho que nació en Comodoro Rivadabia

y le cuenta a una francesa la historia de su abuelo,

buscador de petróleo en Patagonia.

 

El pez de plata se encabrita

lo zarandea el trote sobre rieles,

quedan atrás los campos amarillos,

la colza, el lodazal, y unas misteriosas lucecitas,

las vacas famélicas deambulan por los trillos

con cara de llorar todas las noches,

cuando el silencio le arrebata a las mujeres

maridos, vida, los gemidos

y sus miradas clavadas en este tren inalcanzable.

 

Tanto país abruma, tanto cielo,

hace rato que Ajmer se evaporó

devorado, como todo, en una madeja de recuerdos

y el globo de Icham que no ha parado ni un momento,

el pez de plata desmadejado en el espejo,

perplejo ante su propio decaimiento,

y la luna mordisqueando, leve, nuestras sombras en el barro.

 

La poesía de Delhi

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En Nueva Delhi el metro es terapéutico.

Viajo de Janpath a Lal Qila y al salir

vuelvo a abrirme paso entre las inmundicias

hasta encontrar refugio en el Fuerte Rojo.

De vuelta, tomo aire y cuento hasta cien

para emerger una vez de esta dulce entraña,

donde brilla el suelo de los pasillos desiertos

para encarar bostas de vaca, humaredas de fogones

un mundo frágil e improvisado en los parterres ingleses

de Connaught Place, y la misma cantaleta de

… te llevo a cualquier parte, al fin del mundo.

 

La línea amarilla, especialmente cuando pasa por Chawri Bazaar,

e incluso más al sur, es el paraíso bajo tierra,

la antítesis perfecta de lo que está ocurriendo afuera,

y qué decir del refugio subterráneo de Nehru Place,

cuando late la plaza con el pulso desbocado del mercado,

repleta de mustios tenderetes de porquerías chinas

y multitudes taciturnas que nunca han visto el mar

e ignoran que el silencio puede retumbar en los oídos.

 

A las mujeres solas le reservan un vagón de ensueño,

el edén mismo si no fuera porque se les ve tristes

pues andan solas por la vida,

y a veces llevan niños cogidos de la mano,

y huyen de la mirada lasciva de hombres

invisibles como lobos hambrientos

en los vagones donde se apiña el olor de la manada.

 

Luego, para visitar la tumba de Hamayun,

un vastísimo palacio ya casi olvidado

hay que salir en Hazrat Nizamuddin, línea magenta,

y atravesar manzanas con choferes que esperan

ojerosos las órdenes de sus amos ausentes

y poner cuidado en no cruzar de un lado a otro

porque apenas dos calles hacia el este

legiones de leprosos en harapos tienden sus manos al cielo

para alimentar con semillas a las aves peregrinas.

 

Se está mejor en el oasis de estos túneles,

en el frescor de estos suelos de mármol,

entre personas que tienen con qué pagarse el viaje,

ajenos al tumulto, a la mugre que cubre hasta los ojos

de las bestias que pastan silenciosas donde quiera.

 

Y sin embargo, es afuera, donde germina y canta toda la poesía.

Donde la India se convierte en tu novia de por vida.

 

La India desde lejos

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a Didier Laporte

En Pioch Ramond solo el coro de cigarras

y el viento tramontano que azota los pinos

perturban el silencio de las tardes.

 

El sol abrasa las viñas que descienden

como un ejército al toque del clarín

y el gavilán centinela abandona su escondrijo.

 

El cuerpo de la India adolorido se evapora

como el recuerdo irreal y a destiempo

de una flor que surca el lago de Udaipur.

 

Pero aún aquí, las cornejas son el terror de las palomas,

la carabina de Roger expande púlvora en el aire

y puede desatarse una tormenta.

 

En Pioch Ramond puede surgir la India

intempestiva, porque la India es el riesgo de los hombres

tras su breve paso por la vida.

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Trento, joya del Alto Adigio – El Nuevo Herald

En El Nuevo Herald mi artículo / crónica de viaje al Trentino, exactamente a Trento, ciudad del célebre Concilio.

Pulsar: William Navarrete / Trento, joya del Alto Adigio / El Nuevo Herald

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Saint-Dié des Vosges: la madrina de América / en El Nuevo Herald

En El Nuevo Herald mi artículo sobre Saint-Dié des Vosges, una pequeña ciudad francesa en los Vosgos, poco conocida y a la que, sin embargo, debemos que América haya sido bautizada con el nombre del navegante florentino Amerigo Vespucci. Un poco de ese viaje a este sitio, en donde tiene lugar desde hace 30 años el fabuloso Festival Internacional de Geografía (FIG) lo cuento en la edición impresa dominical del Herald (que siempre ponen en línea días antes):

Saint-Dié des Vosges: la madrina de América / William Navarrete / El Nuevo Herald

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Saint Dié des Vosges, la madrina de América

William Navarrete / El Nuevo Herald

Confieso que, no por falta de interés sino porque no se encuentra en las rutas por donde suelo pasar, tal vez no hubiera estado nunca en Saint Dié des Vosges, un pueblo de una 20 000 almas, en los Vosgos franceses, región de Lorena. Si no me hubieran invitado a la trigésima edición del Festival Internacional de la Geografía que tuvo lugar durante el primer fin de semana de octubre, es probable que no hubiera pasado nunca por allí.

Saint Dié se encuentra cerca de la ciudad de Nancy (capital del Art nouveau francés) y del mítico pueblo de Baccarat (de donde proviene el famoso cristal), en un valle fluvial rodeado de bosques y montañas, a orillas del río Meurthe. De su pasado medieval queda poco y muchas de las construcciones antiguas se perdieron después de haber sido bombardeada por los nazis en noviembre de 1944, algo que obligó a su reconstrucción a partir de un plan reticulado concebido por urbanistas contemporáneos.

Saint Dié es, entonces, una ciudad moderna. Haciéndole honor a esta vocación casi forzada, adquirió en 1989 La Torre de la Libertad, una estructura metálica que parece un ave blanca posada en los jardines del Ayuntamiento, concebida para conmemorar el bicentenario de la Revolución Francesa. Esta extraña estructura tiene una sala en su parte más alta, rodeada de ventanales de cristales, en donde se desarrollan actividades culturales. También alberga la colección de joyas de Georges Braque, compuesta de unas cincuenta piezas que el maestro del cubismo concibió junto al maestro lapidario Heger de Lowenfeld, auténticas piezas esculturales que sorprenden por su extraordinaria originalidad y fineza.

Pero lo más sorprendente de Saint Dié, al menos para nosotros que venimos del otro lado del Atlántico, es la Sala del Tesoro de la Mediateca Victor-Hugo. La visité guiado por Alexandre Jury, subdirector de la institución y responsable del Patrimonio, quien me presentó lo que exhiben en las vitrinas y otras piezas de inestimable valor que conservan en la reserva.

Digamos que a Saint Dié le debemos que América haya sido bautizada con ese nombre. Y que primara este al decidir cómo llamar al continente, y no el de Cristóbal Colón, primero en desembarcar en esas tierras en octubre de 1492. Algo por lo que algunos consideran a su rival, el navegante florentino Amerigo Vespucci, como un usurpador de la gloria que correspondía al genovés.

Amerigo Vespucci describió en varias misivas dirigidas a Lorenzo di Pierfrancesco de Médicis sus cuatro viajes de exploración. Este relato es el que aparecerá publicado bajo el título de Mundus Novus, en París, entre 1503 y 1504. Pero, entre tanto, en el Ducado de Lorena, René II, un duque apasionado de geografía, recibió de parte del rey de Portugal el contenido de estos relatos y decidió contactar a un grupo de sabios de su Corte, congregados en una asociación científica llamada Gymnasium Vosagenge (Gimnasio Vosgo). La congregación había sido fundada en 1490 en la ciudad de Saint Dié por el canónigo Vautrin Lud, y pertenecían a esta el cartógrafo alemán Martin Waldseemuller, el impresor Mathias Ringmann, el latinista Jean Basin y otros hombres eminentes de aquel lugar.

El grupo de sabios entusiasmados por los relatos de Vespucci, toma entonces la iniciativa de diseñar un mapa en el que el Nuevo Mundo aparecerá como un continente aparte, separado de Asia, Europa y África. Es en este mapa, en la parte correspondiente a la actual Sudamérica, en que por primera vez en la historia, aparece el nombre feminizado de AMERICA, en homenaje al navegante florentino. Dicho mapa aparecerá en 1507 acompañado de un tratado de geografía (Cosmographiae Introductio), en donde los sabios explican por qué creen que debe llamarse América al nuevo continente. También imprimen un globo terráqueo elaborado a partir de 12 planchas correspondientes a igual cantidad de husos horarios. Curiosamente, el planisferio de Waldseemuller refleja el relieve de la cordillera de los Andes, cuando en realidad en esa época nadie se había aventurado del lado del Pacífico, ni evocado de la existencia de estas montañas. ¿Pura intuición por parte del cartógrafo alemán?

Un ejemplar de esta Cosmographiae se conserva en la Sala del Tesoro de la Mediateca de Saint-Dié, abierto en la página en que se lee la recomendación propuesta por el cenáculo para que al nuevo continente se le llame América. Y, entre otras razones, se menciona el hecho de que ha sido Vespucci el primero que anunció que se trataba de un continente independiente contrariamente a Colón que creyó haber llegado a las Indias.

La Sala del Tesoro exhibe además algunos incunables entre 70 000 libros antiguos. Se destaca el célebre Graduel, único en su tipo, un cantoral impreso alrededor del 1500, con 22 páginas iluminadas, que pudo digitalizarse íntegramente en 2005. También se muestra un manuscrito del siglo XII de Isidoro de Sevilla e incluso un ejemplar de la célebre Enciclopedia de Diderot y Alembert, con una nota que advierte que es un libro muy peligroso que se opone a las buenas costumbres y al dogma católico.

No ha de extrañarnos entonces que con su festival anual Saint Dié se convierta en la capital internacional de la Geografía. Hacia allí convergieron hace unos días numerosos geógrafos y científicos, y gran cantidad de escritores que interactuaron con el público a través de conferencias, debates, encuentros, intercambios gastronómicos, proyecciones de filmes, conciertos y cuestiones sobre  geodigitalización, todo en torno al tema de las migraciones y el Caribe, que fue el tema del festival.

Como recordó Christian Pierret, su presidente y fundador, el festival es contemporáneo con la caída del muro de Berlín y testigo de las barreras posteriores que bloquean los flujos migratorios entre los cinco continentes. Una razón de más para recordar que América se debe a esos flujos que fueron tejiendo nuestra historia y haciendo de nosotros lo que hoy somos.

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Un ejemplar de la Cosmographiae Introductio

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Rattenberg – Tirol (Austria) (12)

Ultimas imágenes del Tirol: Rattenberg, una de las ciudades medievales mejor conservadas de toda Austria. Conocida como la “Ciudad del Vidrio, pueden verse varios talleres (como el Kisslinger) en donde se fabrican objetos de este material. Desde las ruinas de la fortaleza muy bellas vistas del río Inn. 400 personas viven allí, pero hay mucha frecuentación turística. Vale la pena visitar el Convento de los Agustinos y la iglesia parroquial con su misteriosa cueva consagrada a la Virgen María detrás.

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Comment ça s’écrit – émission radio de Dominique Roederer

Grand merci à Dominique Roederer, brillant journaliste et présentateur de radio pour cette excellente émission de “Comment ça s’écrit” sur mon roman Vidalina (Ed. Emmanuelle Collas) et mon Dictionnaire insolite de Cuba (Ed. Cosmopole). Je le remercie surtout pour sa lecture sérieuse et la qualité de ses questions. Quelque chose qu’on trouve de moins en moins dans le milieu journalistique. Et merci aussi à son collaborateur Patrice Elie pour la lecture des extraits choisis.

Voici l’émission :

Comment ça s’écrit / Invité: William Navarrete / par Dominique Roederer

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Alpbach – Tirol (11)

Llegué a fines de septiembre a uno de los pueblos catalogados entre los más lindos de Austria: Alpbach.

Todo en él respira armonía: prados verdes con vacas estupendas, casas floridas, calles impecables y ordenadas, paisajes de ensueño en los que nada desentona, un hotel que parecía una casa de muñecas, una hotelera amabilísima que preparaba unos desayunos de película en los que todo era casero y natural. Tanta perfección daba miedo.

Incluso, había una capillita ecuménica en donde estaban representadas todas las religiones del mundo y en el centro brotaba manantial de una roca que hacía de altar y los asientos eran gradas circulares de madera con rellenos de pieles y felpas para uno sentarse arropado y no pasar frío en redondel alrededor de la mencionada fuente-altar. Y a la salida una especie de sendero que era un calvario pero con esculturas y tallas modernas, y al final de éste una cabaña para la lectura en donde los anaqueles estaban repletos de libros sobre diferentes religiones bien clasificados y cuidados, a disposición de todo el que quisiera pasar un rato allí leyendo (abajo se puede ver uno de los butacones). Me quedé pensando que a una cabaña como esa, en otras partes del mundo, ya le hubieran metido fuego los gamberros o estuviera ocupada por mendigos y hasta hubieran quemado los libros de gratis, solo por joder y destruir.

Aquí las fotos del hermoso Alpbach, una aldea cuya única atracción es irse de marcha por los senderos montañeses o sentarse a leer y contemplar el paisaje. Ojalá la vida fuera solo esto.

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El Principado de Liechtenstein

© Fotos: William Navarrete

El Principado de Liechtenstein es uno de los micro-Estados europeos con el que sueñan todos los que no son europeos. A él llegan miles de turistas chinos con la ilusión de enviar a sus comptariotas, desde el Correos de Vaduz (la capital de esa pequeña porción de territorio soberano) una tarjeta postal como prueba de que allí estuvieron. De hecho, entran en el Correos como locos, compran los sellos, escriben las tarjetas y salen, de nuevo como locos, con esa prisa china que es insoportable, sin echar una mirada a la interesante colección del Museo Postal, que es una de las instituciones (junto con los bancos libres de impuestos) de este reino extraño entre Suiza y Austria, y orillas del río Rhin:

 

(a la izquierda el Ayuntamiento, a la derecha dos imágenes de lo que puede apreciarse en el Museo Postal de Vaduz)

Vaduz tiene varios Museos. Como el país es inmensamente rico les ha dado por comprar obras de arte, muchas de ellas modernosas y a mi juicio de poco valor, aunque el valor, lo sabemos, lo inflan la especulación y los coleccionistas ávidos de subir el precio a piezas que, en realidad, no valen nada artísticamente hablando. Por ello, no es raro encontrar en las calles de Vaduz obras de arte diseminadas, como esta gorda de Botero, en la entrada del Museo de Bellas Artes:

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El príncipe Hans-Adam II vive encaramado en su Castillo, desde donde ve toda la ciudad y el Rhin. El castillejo es una vieja fortaleza medieval, del siglo XII, destruida por los otomanos y reconstruida después, a la que se sube ya sea caminando por un sendero que atraviesa un bosque que crece en la ladera, ya sea por una carretera estrecha. Una vez en los jardines que anteceden al castillo hay que conformarse con mirarlo todo desde fuera porque como la familia principesca vive en él no está permitido visitarlo. Así y todo, los chinos llegan en minibuses y sin mirar los jardines, ni los árboles que crecen en el parque forestal, se bajan, de ponen delante de la torre principal (desde afuera), se tiran una foto y se van corriendo.

 

(Tres vistas del Castillo, desde Vaduz y desde el parque en lo alto de la colina)

Luego, se puede visitar la Catedral Saint Florin, que no es gran cosa. Era una simple iglesia parroquial y aun costado están enterrado todos los príncipes (o parte de ellos) del Principado.

 

Debe ser muy aburrido vivir en Liechtenstein. Tuve la suerte de caer durante un periodo soleado, pero me imagino lo que debe ser cuando empieza el frío, y que las brumas alpinas y los vientos helados del norte se ocupan del resto. El Principado tiene 160 kilómetros cuadrados y viven en él 38.000 personas. Tiene además el mayor PIB por habitante del mundo y la tasa de desempleo más baja también. Evidentemente, es un paraíso fiscal, en el que reina esa monarquía reconocida como Estado independiente, desde 1719.

Después de recorrer los Museos y las pocas calles de la capital, me dirigí a “El Oro del Rhin”, una edificación construida por el arquitecto cubano Ricardo Porro, para el coleccionista y financiero judío nacido en Hamburgo, Robert Altmann, casado con una cubana (Hortensia) a la que tuve el gusto de conocer hace años pues era muy amiga de Mariíta Mesa (otra cubana de París conocida por unos Guateques que daba en los años 1990, primero en un restaurante colombiano llamado Mi Ranchito, que se hallaba en la rue Rodier, luego en una especie de hangar enorme, en la de Mont-Cenis, cerca del Cementerio de Père-Lachaise). Este edificio fue, durante un tiempo, un Centro de Arte y Comunicación que dirigió durante un tiempo uno de los hijos de Robert Altmann, llamado Roberto Altmann, artista, a quien también conocí en París y entrevisté hace años cuando vivía en el Bd. de Magenta.

Los Altmann tenían una casa en las afueras de París y sus hijos vivían en Francia en aquella época. El caso es, que Altmann, quien vivió en Cuba en los años 1941-1950, encargó a Ricardo Porro este proyecto en 1968. Y esa fue la primera realización del arquitecto cubano más internacional una vez llegado al exilio:

 

Una vez, en su casa de París, Ricardo Porro me contó por qué concibió esta obra de esta manera. Ricardo era un esteta y también un simbolista. Acababa de concebir sus Escuelas de Arte de La Habana, y con la misma fantasía y originalidad que siempre lo caracterizó pensó en este encargo como si se tratara de los gigantes de la mitología germánica, con brazos como aspas de molinos, chorreando oro (el Oro del Rhin, por haber sido este río una fuente de riqueza y arteria por donde fluyó durante siglos la riqueza del corazón de Europa). Desafortunadamente, no se puede visitar el interior de la casa.

Otros edificios interesantes de Vaduz pueden verse caminando por la calle principal o subiendo al barrio en la ladera del Castillo:

Con esta visita a Liechtenstein doy por visitados todos los micro-Estados europeos, que son: el Principado de Mónaco, el Principado de Andorra, el Gran Ducado de Luxemburgo, la República de San Marino, la Ciudad del Vaticano y la República de Malta. El único que me falta es la República Monástica de Monte Athos, que espero visitar un día a pesar de las dificultades que imponen los monjes ortodoxos que la gobiernan.

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Bregenz, Estado de Voralberg – Austria (10)

© Fotos: William Navarrete

Llegué a Bregenz, una de las ciudades más importantes del Estado austríaco de Voralberg, con la ilusión de ver el Lago Constanza, tantas veces evocado en la literatura alemana por haber sido lugar de predilección de los poetas romáticos, escritores (Hermann Hesse), pintores (Otto Dix, quien dijo que el lago “era bello hasta el vómito”, extraña comparación que debe funcionar en alemán, pero que en francés y en español querría decir lo contrario) y también de la casa real de Baviera. A pesar de que septiembre estaba bien avanzado el tiempo era completamente estival. Ese domingo, había una feria a orillas del lago y el gentío que participaba en las actividades o, simplemente, se paseaba por el Seeanlagen (paseo lacustre), le daba un aspecto menos romántico que el de las descripciones que conocía.

Pero ahí estaba el famoso lago, menos limpio que otros de Italia y Suiza, en el que supongo que nadie se atrevería a bañarse por mucho que hayan habilitado playas para esto.

La parte baja de Bregenz tiene poco interés. Hay que subir a la ciudadela que es donde están los edificios medievales y las mejores vistas. La Torre San Martín (en una de las fotos) es el emblema de la ciudad, muy conocida, además, por su festival de música.

Es en la parte alta en donde se encuentra la iglesia St. Georg, la parroquia de St. Gallus, hermosas casas con vigas aparentes, la Deurisnschlösschen (antigua residencia del Alcalde), las callejas pintorescas, el antiguo Rathaus (Ayuntamiento) y la hermosa Martinskapelle, con frescos del siglo XIV y su torre maciza del XVI a la que se puede subir para disfrutar de un panorama completo de la ciudad y el lago. Y mucho más.

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St. Anton am Arlberg y la cima de Valluga – Austria (9)

© Fotos: William Navarrete

Llegamos a St. Anton am Arlberg en medio de una fiesta popular un domingo cálido y soleado de septiembre. Nunca supimos muy bien qué era lo que festejaban, pero nos incorporamos, felices de poder sentarnos en las mesas que habían montado en medio de la plaza de la iglesia. Se hacía una cola disciplinada y por 5 euros salías con un plato de salchichas que hervían en unos toneles metálicos, mostaza y una jarra de cerveza. ¡Más germánico ni Hegel! A duras penas supimos que se trataba de una fiesta parroquial, ya que en este mundo rubiojiazul de tradiciones y hermetismo nadie habla otra lengua que alemán con acento tirolés. Hasta la fiesta era ordenada, cada cosa en su sitio, cada grupo listo para intervenir en el momento que le tocaba. La banda local o fanfarria ejecutó unas marchas que a mí me parecieron militares (pero quién quita que fueran litúrgicas), y luego un grupo de carabineros alineados disparó al aire con gran estruendo unas salvas que provocaron un ligero sobresalto a quienes no estábamos preparados para ese ruido. Un vaquero sacó su rebaño de vacas de una raza peluda (tipo yaks) hasta ahora nunca vista por mí y atravesó con ellas, muy campante(s), la calle principal del pueblo. El clero bendijo no sé qué, lps de la Alcaldía dieron luz verde y: ¡a comer salchichas! y apurar los tragos que, en estas latitudes, la diversión dura poco y la gente se recoge temprano. Porque lo de ellos es trabajar mañana, tarde y noche. Eso sí, hora y media después del “jolgorio sumamente organizado” no quedaba en la plaza ni en ningún rincón de pueblo nada que delatara lo que había ocurrido, ni una colilla de cigarro en el asfalto ni la más mínima señal de que en este pueblo se había estado festejando un santo, una batalla victoriosa del pasado o la aparición de alguna virgen, ¡lo que fuera!, porque en realidad, repito, nunca supimos qué celebraban.

St. Anton am Arlberg es, en invierno, una de las estaciones chics de Austria. Pero en verano o en periodos en que no hay nieve (como en septiembre), el pueblo permanece casi vacío, los hoteles cuestan mucho menos, y se respira aire puro y mucha armonía. En uno de los hoteles encontré esta vieja victrola que funcionaba todavía y que me recordó aquella de la Villa Arenas Blancas (que ya no debe existir, ni la villa ni la victrola), en la playa cubana de Varadero, en donde pasaba las tardes de mi infancia a fines de los 1970 y principios de los 1980, durante el mes de julio, tomando daiquirís (sí, daiquirís con 11 o 12 años, que en Cuba nos daban como si fuera refresco con alcohol de 90° C, por cierto) y poniendo cuanta pista se me antojara echando solo un medio por la ranura. Así que en esta victrola del Sport Hotel de St. Anton me di gusto poniendo, por 50 cts euro, cuanto disco se me antojó, en una atmósfera que recordaba la de los años 1950.

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Uno de los entretenimientos, cuando no hay nieve, es pasearse por las montañas y subir por los funiculares y telesféricos los 2800 metros del monte Velluga u otros montes, cambiando a cada rato de aparato, dada lo empinado de las cimas. Y como es lógico, no me iba a perder esa oportunidad, cuanto más que todos los hoteles te regalan el boleto que permite subir, durante todo un día y cuantas veces desees, en todos los telesféricos:

A veces es muy agradable estar en un sitio en donde no hay ningún museo, y si lo hubiere, que no sea más que un museo de algo que no nos interesa, ya sea implementos de esquí antiguos o historia de las primeras escaladas, o cosas por el estilo.

De modo que, lo sabroso de St. Anton, para los que no somos aficionados a los deportes de invierno ni al esfuerzo de arrastrar con toda la indumentaria requerida por dichos deportes, es justamente eso: no hacer nada. O hacer muy poco: contemplar desde el balcón de la habitación la montaña, caminar sin rumbo por el pueblo mirando las vacas y las aves, y dar paseítos por la zona, como en el caso de esta visita al pueblo de Stuben am Arlberg:

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Gries – Niederthai y la cascada de Stuibenfull / Tirol, Austria (8)

© William Navarrete

Seguimos viajando por el Valle de Otztal, uno de los más hermosos del Tirol austríaco. Los pueblos más hermosos están entre las montañas y hay que subir por carreteritas llenas de curvas para llegar a ellos.

Antes de llegar a Niederthai, desde un mirador a mano izquierda, se puede contemplar la Stuibenfull, una cascada de 159 metros, la más grande del Tirol. Los más deportivos pueden subir desde el valle, a través de puentes y escaleras que la bordean. Me conformo con haberla visto desde el mirador, que se ve muy bien.

Luego, llegamos a Niederthai, a 1550 metros. Un pueblo recóndito rodeado de montañas de más de 2000 metros. Aquí se viene en invierno para esquiar y en verano para descansar y caminar por los senderos montañosos hasta los lagos perdidos entre las altas cumbres. El pueblo es tan pintoresco y apacible que cuesta trabajo creer que pertenece a este mundo. Un riachuelo de aguas cristalinas desciende de las laderas (el mismo que unido a otros alimenta la cascada), una iglesilla, casas con balcones floridos y maderas labradas, granjas con vacas, algún que otro restaurancillo y mucha paz. El sitio para instalarse un mes y escribir una novela, si pudiera uno aplazar el resto.

Desde Langenfeld se sube a Gries, otro pueblo con las mismas características que el anterior. Los campos están perfectamente cuidados, la hierba como césped y en esta época del año se ve a los jóvenes ayudando a la familia en las labores del campo, recogiendo el heno, apilándolo. Todos activos, nadie remoloneando.

Por último esta imagen del valle de Otztal. Capillitas como esta, en medio de los pastos ligeramente ondulados, se ven desde la carretera principal.

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