“El fuego tricolor”, mi relato de ficción para la revista de AVIANCA

“El fuego tricolor” es un relato que escribí por pedido de la revista de AVIANCA, la compañía aérea nacional de Colombia, desde el HAY Festival de Cartagena de Indias 2018, en enero de 2018. Una revista mensual que como pasajeros hojeamos cien veces de alante para atrás, y de atrás para alante, durante las largas y monótonas horas de viaje, cuando ya nos cansamos de mirar películas o tenemos ganas de dejar un rato el libro que estamos leyendo, y no vemos el fin del viaje.

Enlace: Dos relatos de amor y viaje / El fuego tricolor, William Navarrete / Proceda bajo su propio riesgo, Eduardo Rabasa / AVIANCA

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Iglesias, conventos y claustros de Bogotá, Colombia

El patrimonio religioso de Bogotá es más importante de lo que parece. Aunque modestas con respecto a las de Lima, Quito o Ciudad de México, las iglesias de Bogotá tienen gran interés artístico. Un viaje a la capital colombiana implica visitarlas para admirar el mobiliario, las obras de arte y, sobre todo, la riqueza de sus techos de artesonado que recuerdan la influencia del mudéjar en la Península.

La iglesia de la Veracruz: Una de las primeras iglesias construidas por los conquistadores. Data de 1546, pero tuvo que ser parcialmente reconstruida después del terremoto de 1827. En su interior se encuentra el célebre Cristo de los Agonizantes, una de las imágenes más veneradas por los bogotanos. Su visita puede combinarse con la Iglesia de la Orden Tercera (la siguiente) y el Museo del Oro pues los tres monumentos se hallan a proximidad del Parque Santander.

La iglesia de la Orden Tercera: De finales del siglo XVIII se caracteriza por la riqueza de su mobiliario que incluye altares y retablos de maderas oscuras talladas de gran profusión ornamental. No permiten hacer fotos, pero yo las hice.

La iglesia de San Francisco: Data del siglo XVI pero tuvo que ser reconstruida después del terremoto de 1775. Atesora importantes lienzos de Francisco de Zurbarán y Gregorio Vásquez de Arce, entre otros. El artesonado mudéjar y la riqueza de su mobiliario merecen la visita.

La Basílica de Lourdes: Se halla fuera del centro, en el barrio de Chapinero y es la iglesia principal de éste. Data de fines del XIX y se trata de un edificio neogótico con dejes del mudéjar en su interior. Precedida de un vasto parque resulta muy agradable sentarse allí a contemplar la vida cotidiana de los habitantes, y el incesante ir y venir de los parroquianos.

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La iglesia de Santa Clara: Es la parroquia del Convento Real de Santa Clara, y ha sido convertida hoy en museo. Data del siglo XVII con techo abovedado y tachonado de motivos florales tallados en madera. Abundan en su interior las tallas policromas de los siglos XVII y XVIII y los lienzos de pintura religiosa colonial. Algunos elementos de mise en scène de la vida conventual que llevaban las clarisas de clausura completan la visita.

La iglesia de San Agustín: Mi preferida de todas las iglesias que visité en Bogotá por sus exquisitas tallas y frescos. Data de 1575. El púlpito y la decoración de las pechinas de las bóvedas son una auténtica maravilla.

El claustro de San Agustín: De finales del siglo XVIII el edificio acoge hoy día el Portal de Museos. No dispone de iglesia (excepto la de San Agustín que no se encuentra en ese mismo recinto). Los nostálgicos de la pâtisserie française pueden encontrar un remedo en un café que se ha instalado en el vestíbulo del edificio.

Iglesia de San Diego: La iglesia data del siglo XVI y a pesar de su valor se encuentra en una zona en donde se han construido altas torres que le restan visibilidad y que contrastan con su arquitectura que recuerda las ermitas y parroquias de los pueblos andaluces.

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Ermita San Miguel del Príncipe: Aunque no lo parezca data de 1969 y se construyó a imagen de la antigua Ermita del Humilladero que se hallaba en este sitio clave de la historia bogotana por creerse que fue allí, en el lieu-dit Chorro de Quevedo, que quedó fundada Santa Fe de Bogotá.

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Nuestra Señora de Egipto: De finales del XIX es la parroquia principal de este barrio situado entre las faldas del Cerro de la Guadalupe y el barrio de La Candelaria. Es aquí donde transcurren las festividades más notables de la Epifanía y sus festejos relacionados con los Reyes Magos.

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La iglesia de Nuestra Señora de las Aguas: Data de 1644 y en general permanece cerrada, de modo que no pude visitarla. Sólo la capilla lateral (que data de 1901) permanece abierta. 

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Una fabulosa experiencia en el HAY Festival Comunitario en Santa Rosa de Lima, Colombia

Aquí cuento mi fabulosa e inolvidable experiencia en el pueblo de Santa Rosa de Lima, provincia de Bolívar, Colombia, durante el programa comunitario del HAY Festival de Cartagena de Indias en enero de 2018.

Santa Rosa de Lima o la capital del mundo (Hay Festival Comunitario) / William Navarrete

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Santa Rosa de Lima o la capital del mundo

William Navarrete

Hace tiempo que Macondo se convirtió en una palabra peyorativa. Cuando se evoca un pueblo de difícil acceso, con horizonte sin perspectivas, pasado nebuloso, al que se llega a duras penas para no salir nunca, sin esperanzas y en donde ya nadie espera nada, la gente suele decir: ‘‘Esto es Macondo’’.

La culpa la tuvo, ya lo sabemos, el brillante García Márquez, y sobre su Macondo casi imaginario y los otros Macondos que hubo después, de nombre tan sonoro y oportuno como tribal y simiesco, ha corrido muchísima tinta.

El chófer nos conduce tierra adentro.

Vamos a Santa Rosa de Lima, uno de los pueblos que el HAY Festival ha escogido para su programa del HAY Comunitario. Está a una hora de Cartagena, en la provincia de Bolívar. En esa trastierra el calor es sofocante. Basta ver la reverberación tras los cristales del auto para adivinar que es un monstruo con lengüetas de fuego lo que nos espera afuera. Me dejo ganar por la añoranza del campo cubano. El viaje es un túnel del tiempo en el que veo los mismos gallinazos que en la Isla llamamos ‘‘auras tiñosas’’, la misma gente afanándose al borde de la carretera, los árboles con sus troncos a medio pintar de blanco, el ganado de mirada extraviada por tanto calor … esa sensación de tierra una y mil veces conquistada y siempre por conquistar.

Viajo en el auto con Niurka Rignack, ex compañera de estudios de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana y ahora mi presentadora, a quien no había vuelto a ver en casi tres décadas, activa colaboradora para el HAY, quien vive desde hace años en Cartagena y es ya una cartagenera más. También vienen Sabina Schotborgh, nuestra voluntaria del festival, y Pierre Bignami, con quien he viajado por Colombia antes de llegar al HAY, además del conductor.

Santa Rosa de Lima tiene un nombre rimbombante. Se presta a equívoco pues, a excepción de la santa patrona limeña por la que se consagró su iglesia, nada hay en él que recuerde a la capital del Perú. Es uno de esos nombres de virreinato que llevan muchos pueblos americanos, y sus habitantes lo pronuncian con orgullo, a pesar de que varios cartageneros me dijeron que ignoraban dónde de encontraba.

El HAY Festival trasciende más allá de sus fronteras. Desborda la ciudad amurallada y Patrimonio de la Humanidad de Cartagena en su deseo legítimo de llevar la literatura a comunidades rurales alejadas de los polos culturales de siempre, sitios en que los estratos más modestos de la sociedad son con frecuencia olvidados y hasta desdeñados por los medios tan ávidos de lo manido y las celebridades tan ávidas de la fama.

Confieso que ignoraba todo de este pueblo. Peor: acostumbrado a la mezcla de apatía y desgano con muchas veces un autor es recibido en las bibliotecas municipales y tribunas de Francia y de Navarra (que es un dicho francés para decir ‘‘en todas partes’’), iba con reservas.

Nuestro auto acelera el paisaje. Asociaciones y recuerdos pasan pasan veloces. Al final del camino el pueblo como cualquier otro de la costa caribeña. Debe haber por lo menos cuatro grados más que en la ya calurosa Cartagena. No corre brisa alguna en ese mundo estático. Las cuatro de la tarde y pocos se asoman en los portales. Si no amaina el bochorno, como se le llama al calor en muchos sitios, cuando baje el sol diré que he visitado un pueblo fantasma.

Llegamos a la biblioteca. Es una casa modesta, con pocos anaqueles a lo largo de las paredes. Arrinconan las mesas y colocan sillas en su lugar. Extienden un mapa del departamento de Bolívar con gesto de protocolo ancestral. La sala antes vacía empieza a llenarse poco a poco. A pesar de que es sábado llegan los primeros adolescentes con sus uniformes de escuela. La sala se anima con la presencia de otros recién llegados. Hay gente de todas las edades, más de cincuenta. Ocupan sus puestos en silencio, se saludan discretamente, como si ingresaran en un templo. Todos se han endomingado. Sé que es una marca de respeto por la literatura y por nosotros, el pequeño cortejo que los visita hoy. Así sucedía antes en los pueblos de cualquier parte del mundo. Antes.

Hablo de Cuba, de la identidad caribeña, del gracejo popular que compartimos, de dichos y frases, de las muchas voces que han coloreado nuestros acentos, de las tantas veces que hemos intentado recomponer, generación tras generación, nuestras sociedades. Leo un fragmento de Deja que se muera España (Tusquets, 2017), mi reciente novela y alguien del público trae un poema de amor de José Antonio Buesa, un poeta cubano de la primera mitad del siglo pasado ya casi olvidado. En la sala hay otro escritor nativo de allí, Santiago Pinto Vega, que ha vivido en otras partes y me ofrece dedicado Vertiente de amor y vida, su último poemario. Las preguntas fluyen. El intercambio es cálido. Algunos quieren escribir, otros me preguntan si es difícil publicar, si hay correctores de estilo que nos ayudan, si las citas deben colocarse al pie de las páginas o integrarse en el cuerpo del texto, si hace frío en donde vivo. ‘‘¿Por qué escogió ese título para la novela?’’ ‘‘¿Cómo organiza la historia?’’.

Decenas de preguntas. Como si se hubieran acumulado desde hace tiempo, tal vez desde la época en que pasó por allí el último forastero.

He sido yo quien ha salido enriquecido de este encuentro. Son ellos quienes tienen mucho que enseñarnos de la vida. Pasan por mi mente palabras que son sensaciones: sencillez, ternura, humildad, respeto, dignidad … que raras veces concurren en un mismo tiempo/espacio. Gestos para los que ya no estamos preparados. Y quedo desarmado ante tanto afecto, ante la generosidad franca y espontánea con que he sido recibido.

Los autores pasamos en carrera trepidante por salas, universidades, librerías, escenarios, micrófonos, entrevistas. Hay una zona irreal y oscura con brillantes proyectores en todo esto. El foco de luz hace que perdamos el contacto con la realidad. A veces hay algo de mecánico en la manera en que leemos o hablamos hoy en México y mañana en un festival cualquiera, en el sur de Francia o en donde sea. No es que lo hagamos mal ni sin deseos. Más bien nos dejamos llevar por ese acuerdo tácito que implica para qué y para quiénes escribimos.

Santa Rosa de Lima y, por extensión, el Hay Comunitario es ese instante en que todo da un giro. Una trampa deliciosa para la que no estaba preparado. Del intercambio diáfano con su público, de la delicadeza en sus gestos, el fluir natural de la vida que llevan, el pausado ritmo en cada palabra, la generosidad y calidez del tiempo regalado, brotan sentimientos que estaban prisioneros en las tramas de mis libros. Tan improbables como ajenos al mundo en que vivo.

De pronto me entero dónde encontrar lo que vale la pena salvar del mundo. Es indescriptible – palabra prohibida para quien debe saber expresarlo todo – la emoción que siento. ‘‘Es lo mejor que me ha pasado desde que viajo por Colombia’’, afirma Pierre. Es una de las presentaciones más auténticas que he conocido, le respondo.

No sé si ahora los santarroseños (¿es ése el gentilicio?) sabrán cómo escribir una novela. Tampoco si les quedó claro que las citas cada cual las integra a su manera, y que ser publicado o leído es casi incompatible con la belleza del instante que me ofrecieron.

Lo único que sé es que en alguna parte de lo que escribiré en el futuro quedará la huella de ellos, de ese pueblo, de esa tarde.

Yo que creía viajar a Macondo he estado realmente en el centro del universo. En Santa Rosa de Lima sobra el amor y del amor nacerá siempre, una y mil veces, el mundo.

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La Hacienda del Chicó (hoy museo), Bogotá

Se trata de una de las haciendas construidas en las afueras de Bogotá en el siglo XVII y que, con el crecimiento de la ciudad, hoy forman parte de la ciudad. La hacienda da nombre a ese barrio de la zona de Chapinero, al norte de la ciudad, considerada la parte más chic de la capital colombiana.

La hacienda fue legada en testamento por su última propietaria, Mercedes Sierra de Pérez antes de morir en 1953. El sitio se convierte años después en museo de Artes Decorativas del Chicó con su patio hermoso central a la andaluza, sus jardines, tres salones a la francesa, baño árabe, capilla en estilo colonial hispanoamericano. Una mescolanza de la que no queda excluido el encanto y su excelente estado de conservación.

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Conjunto de Museos del Centro de Bogotá

En el barrio de La Candelaria, a una cuadra de la Catedral Primada, se encuentra un conjunto de casonas (dos de ellas de la época colonial) que reúne cuatro museos: el de Botero, el del Banco de la República, la Casa de la Moneda y un edificio destinado a exposiciones temporales.

En el Museo Botero, una de las cosas más admirables, es el hecho de que todas las obras expuestas fueron donadas por Fernando Botero a los colombianos. La visita de los cuatro museo es completamente gratis. La colección es estupenda, pues no sólo hay unas 40 obras del artista, sino que abarca unas 87 piezas de arte internacional de gran calidad entre las que figuran obras de Matisse, Picasso, Raoult, Soutine, Max Ernst, Miró, Dalí, Bonnard, Chagall, De Chirco, Pissarro, Corot, Balthus, Monet, Renoir, Toulouse Lautrec, Degas, etc, etc. Evidentemente junto con las colecciones de Sao Paolo y Buenos Aires se trata de una de las más relevantes de América Latina. No conozco a muchos artistas exitosos que hayan realizado una labor filantrópica semejante. Chapeau !

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La Casa de la Moneda, como su nombre lo indica, además de una historia de la numismática colombiana posee también no pocos cuadros de la época virreinal.

En cuanto al del Banco de la República, también tiene piezas claves y no pocas piezas de Luis Caballero, mi dibujante colombiano preferido.

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La Quinta de Bolívar en Bogotá

Uno de los paseos obligados durante una Bogotá es la Quinta de Bolívar, casi al pie de los cerros de la Guadalupe y de Montserrat, un poco antes de llegar a la estación del funicular.

La casa de campo o quinta, en la que Simón Bolívar vivió apenas unos meses, posee hermosos jardines, un huerto y la casona principal con mobiliario de la época. Al parecer correspondió a Manuelita Sáenz, la polémica mujer de Bolívar, su decoración y cuidado, siempre a la espera de que el libertador pasase por allí. En 1928 ambos viven en este lugar y es Manuela quien impide un atentado planeado por Francisco de Paula Santander, cuando se encontraba en la Casa de Gobierno, frente al Teatro Colón. Pero tras el fallecimiento de Bolívar, en 1830, es el propio Santander (al que se le perdona la vida) quien la expulsa del país y Manuela tiene que instalarse en Jamaica, luego en Guatemala, antes de establecerse definitivamente en el puerto de Paita, al norte del Perú, en donde murió unos veinte años después.

Este sitio más que la memoria de Bolívar, perpetúa la de esta mujer singular que fue relegada durante mucho tiempo por la historia por el simple hecho de haber querido vivir su vida y de renunciar al marido inglés con el que se aburría horrores y con el que se casó por simples conveniencias. García Márquez le dedica parte de su novela El general en su laberinto.

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Bogotá. Un paseo por el barrio de La Candelaria

La Candelaria es el barrio más antiguo de Bogotá. Allí fundó la ciudad en 1538 por Gonzalo Jiménez de Quesada. Se extiende alrededor de la Plaza Bolívar (la PLaza Mayor colonial), en donde se encuentran los edificios de gobierno y la Catedral Primada. Durante mucho tiempo, por cuestiones de seguridad, el barrio había sido descuidado, y apenas se veía turismo. En los últimos años sus calles empinadas se han animado, las fachadas de las casas restauradas, se han inaugurado hostales, restaurantes y comercios de todo tipo, de modo que el barrio ha ido cambiando su fisonomía. Hay quienes dicen que aún puede ser riesgoso andar tarde en la noche por él. No me aventuré a hacerlo, pues entre otras razones me hospedé lejos del centro, en la zona de Chapinero, al norte de la capital y solo anduve por La Candelaria durante el día.

En esa zona se concentran los museos más interesantes (el de Botero, la Casa de la Moneda, el del Banco de la República, la Casa del Florero, el Museo Militar, la Casa de los Cuervo Urisarri, el de la Policía – cuya visita, quién lo iba a decir, fue una de las más instructivas que hice -, etc). También las iglesias coloniales y claustros como el de Santa Clara y San Agustín, además del famoso Teatro Colón, colegios antiguos (como el La Salle) y establecimientos de época como la hermosa Farmacia Santa Rita, una de las más bellas de la ciudad.

Para los que no tengan ganan de subir las cuestas (una de ellas se llama Calle de La Fatiga) hay la opción de un tranvía o remedo del antiguo tranvía, que por 20 000 pesos colombianos (unos 6 euros) les da un paseo bastante completo de las calles del centro y se prolonga hasta la parte alta en donde se encuentra la iglesia y barrio de Nuestra Señora de Egipto, la Quinta de Bolívar y otras partes cercanas al centro.

Les dejo algunas imágenes tomadas al vuelo de mis paseos por las calles de La Candelaria.

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Una de las calles empinadas de La Candelaria, con el cerro de La Guadalupe de fondo

 

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La antigua farmacia Santa Rita, en La Candelaria, Bogotá. Una botica de productos naturales donde pomadasy aceites esenciales son una auténtica maravilla. 

La Catedral, el Palacio Arzobispal y la Capilla del Sagrario, la Alcaldía o Palacio Liévano y el Palacio de Gobierno o Capitolio Nacional en la Plaza Mayor:

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El Teatro Colón, uno de los más hermosos de América Latina

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HAY Festival de Cartagena / Colombia 2018

Acabo de regresar de un mes en Colombia cuyo colofón fue mi participación en el HAY Festival de Cartagena de Indias, uno de los festivales literarios más bellos que existen. Con anterioridad había sido invitado al de Xalapa, en México, y esta es mi segunda participación en un Festival que se desarrolla una vez al año en lugares tan disímiles y distantes como Arequipa, Querétaro, Segovia, País de Gales, Dinamarca, etc.

Estuve del 23 al 28 de enero en Cartagena, ciudad amurallada y Patrimonio Mundial de la Humanidad que ya había visitado como turista en 2006 y a la que acabo de regresar, por segunda vez, en el contexto de dicho Festival.

Me hospedaron el Charleston Santa Teresa, un hotel con vista al mar y hacia las cúpulas de las iglesias principales de la ciudad colonial.

La primera actividad literaria que tuve fue una salida en velero con el Club de Lectoras “Armonía en el Dilema”, dirigido por Lina y Niurka Rignack, quienes escogieron como lectura del mes de enero a mi novela Deja que se muera España. Levantamos el ancla a las 19h 00 y regresamos de esa noche inolvidable de lecturas y conversaciones navegando sobre las cálidas aguas cartageneras cinco horas después:

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El 24 de enero, tuve una presentación en la Librería Ábaco, la más bonita de la ciudad, en donde fui presentado por Niurka Rignack. Fue una hermosa presentación y firmé todos los ejemplares disponibles de Deja que se muera España. Gracias a su propietaria de la librería María Elsa Gutiérrez

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Con María Elsa Gutiérrez en su Librería Ábaco, de Cartagena de Indias

Como en todos los festivales los encuentros y reencuentros forman parte de esos días en que vivimos al ritmo de conversaciones, cocteles, presentaciones, entrevistas, cenas e infinidad de sorpresas y momentos inolvidables. No son todos los que aparecen en estas fotos aquellos con quienes compartí pues sabido es que uno no saca foto de más de la mitad de las cosas vividas:

Con Haydée Milanés y Niurka Rignack

Con Niurka Rignack, la cantante cubana Haydée Milanés y su hija en el hotel Santa Clara

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Con Daniel Mordzinski, el fotógrafo oficial de los HAY

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Con el grupo de la Universidad Los Libertadores y el aventurero noruego Erling Kagge en una de las fiestas del Festival, en el baluarte de la muralla

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Con Jaime Abello, director de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano

Con Carlos Manuel Alvarez y Maria Elsa Gutierrez

Con el escritor cubano Carlos Manuel Álvarez y la librera María Elsa Gutiérrez en el almuerzo ofrecido por Planeta en el Club de Pesca de Cartagena

Un momento especial fue el almuerzo ofrecido por las fundaciones BIGOTT y BAT en el patio del hotel Charleston Santa Teresa. Se trató de una visita a las cocinas regionales de Colombia y Venezuela por el chef Harry Sasson. Allí, en ese almuerzo opíparo, degustamos las empanadas de Pipián con ají maní, la carantanta (raspa del almidón de maíz del valle del Cauca), el ají de aguacate, el casabe amazónico, los chicharrones de cerdo, los pastelitos andinos de carne de la región de Táchira, los tequeños y la reina pepiada que es la arepa caraqueña más famosa. Entre los platos servidos tuvimos el rábalo en escabeche de la península Guajira, el ñame de queso de los departamentos de Sucre y Atlántico, la arepa de arroz de los Llanos Orientales de Venezuela, la olleta de rabo de ser típica de Caracas y el tarkarí de pollo, plato venezolano de origen trinitario. Al final una orgía de dulces presentados en las bandejas multicolores que se ven en la última foto.

(Por supuesto, los presentadores de la charla recordaron que la mayoría de la gente de Venezuela no tiene acceso a esos platos que antes podía elaborar cualquier ama de casa)

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El menú del almuerzo tradicional venezolano-colombiano. Más que un menú casi un libro

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Almuerzo en el patio del hotel Charleston Santa Teresa

Con María Elsa Gutiérrez y García Márquez

Con Jaime García Márquez (hermano de Gabo) y María Elsa Gutiérrez en el almuerzo de las Fundaciones BIGOTT y BAT

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Los dulces servidos en coloridas bandejas

El plato fuerte del HAY es el HAY Comunitario. Se trata de llevar la literatura a pueblos y comunidades que encuentran fuera de los polos culturales habituales. De más está decir que la acogida fue tan cálida como inolvidable. A mí me tocó el poblado de Santa Rosa de Lima, a una hora de Cartagena. La experiencia fue vital y acabo de escribir sobre ese momento único.

Hay Comunitario. William Navarrete presentado por Niurka Rignack en la biblioteca de Santa Rosa de Lima

Con el público de Santa Rosa de Lima, en la Biblioteca Municipal. Parte del programa del HAY Comunitario de Cartagena, el 27 de enero de 2018

En el teatro de la Universidad de Bellas Artes de Cartagena (UNIBAC) compartí panel sobre música cubana con la cantante Haydée Milanés y el escritor Juan Gossaín. Animado por Mario Jursich. Fue un encuentro maravilloso con un público muy entusiasta y conocedor del tema. No en balde muchas de las tradiciones cubanas (como la de la avena en el desayuno) se conservan mejor en Colombia que en la propia Cuba. Me encantó conocer a quienes me acompañaban en el panel, cada cual con sus propias anécdotas y vastos conocimientos.

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William Navarrete, Haydée Milanés, Juan Gossain y Mario Jursich en la presentación sobre música cubana del HAY Festival de Cartagena de Indias 2018

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Las fiestas y los momentos de descanso son también parte del festival. Desde la piscina en el techo del Charleston Santa Teresa se goza de una de las mejores vistas de la ciudad y el Caribe. Hay tantas fiestas y cocteles durante el Festival que es casi imposible asistir a todos. Las dos primeras fotos corresponden a la fiesta organizada en la Casa Búho por Rurik Ingram, uno de los benefactores del HAY. Otro de los cocteles (invitación abajo) fue el del embajador británico en el Museo de la Inquisición, actual Museo Histórico de la Ciudad, que tiene uno de los patios más hermosos de la vieja ciudad. La última de las fotos fue el Balcón de Julián en donde un grupo excelente de jazz manouche animó toda la soirée de despedida del Festival

 

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Pero también me entregué al dolce farniente porque después de un viaje de un mes por toda Colombia (del que iré poniendo fotos y etapas poco a poco) no hay nada mejor que relajarse bajo el sol del Caribe con vista de toda la ciudad colonial

 

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“Deja que se muera España” / El Espectador – Colombia

Gracias a la periodista Karina Medina Pino por esta entrevista en El Espectador de Colombia, a propósito de la presentación de mi novela en Cartagena de Indias, en la librería Ábaco y luego en el HAY Festival

El cubano William Navarrete presenta nueva novela en Cartagena / El Espectador

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El cubano William Navarrete presenta nueva novela en Cartagena

Karina Medina Pino

Este miércoles, 24 de enero, a las 6:30 de la tarde, en el Café de Ábaco, el escritor conversará con Niurka Rignak sobre su más reciente obra, “Deja que se muera España”.

El escritor William Navarrete honra el universo femenino en su nueva novela Deja que se muera España. “He querido homenajear a las mujeres porque fueron ellas quienes soportaron, en ocasiones, las peores humillaciones e hicieron los mayores sacrificios de nuestra historia”: expresa de entrada antes de hablar de la trama del libro.

Es su tercera novela y está centrada en sus tatarabuelas y el entorno cercano de ambas. Se inicia cuando Elba, una mujer de edad madura sueña con salir de Cuba, al enterarse de la noticia de una nueva ley en España, en la que se establece que hijos y nietos de emigrantes y exiliados podrán obtener la nacionalidad española.

“”A Elba le pasa por la mente como un relámpago el nombre de Ramón Guillamón, el abuelo español de su padre…” “Se queda media atontada. La cháchara de esta mujer le ha causado el efecto de un porrazo en la crisma. Lleva siete años tratando de reunirse con sus hijos Marlon y Liza –el varón en La Florida, la hembra en Yucatán-,  y tanto el consulado mexicano como la oficina de intereses norteamericanos le niegan sistemáticamente el visado…”

“Dígame, señora…¿está usted segura? Vaya, quiero decir…usted me entiende. ¿No será un rumor?…”

“¿Rumor has dicho? ¿Muchacha, qué bien se ve que no conoces a Orquídea Villamarzo de la Cuesta! A mí, en esta Habana, no se me escapa ni una. ¿Soy de las primeras en enterarme de lo bueno, de lo malo y de lo regular!”…

Así, deliciosamente narrada, la va contando Navarrete, con una cubanía intacta, llena de gracia y picante, con todo y que reside desde hace dos décadas en París. El escritor nos deja claro, que de ninguna manera ha renunciado a su esencia.

¿Cuál fue el objetivo de escribir Deja que se muera España?

Con esta novela quise hacer un homenaje a las muchas mujeres que han quedado en las páginas en blanco de la historia. Fueron ellas quienes soportaron, en ocasiones, las peores humillaciones e hicieron los mayores sacrificios. No obstante, nuestras historias latinoamericanas están plagadas de próceres y héroes, pero ningunean a las heroínas. Es el caso de las dos protagonistas de mi novela: una en la Cuba de la guerra de 1868, la otra en La Habana del siglo XXI (en realidad “casi” otra guerra).

¿Por qué ha dicho en varias entrevistas que con esta novela, usted cierra de alguna manera el tema cubano

He escrito más de diez libros sobre Cuba, entre ellos tres novelas. He vivido más de la mitad de mi vida fuera de la Isla. Vivir en el extranjero me ha permitido entender mi país desde una perspectiva global. Sabido es que la magnitud del bosque se aprecia mejor desde fuera. Creo que en el futuro, aunque Cuba siga presente, ya no será el eje de mis historias. Deseo, además, tratar otros temas que han enriquecido mi vida desde la experiencia europea.

Usted ha transcurrido más de 20 años de exilio en Francia pero al escucharlo hablar y sobre todo al leerlo se siente su esencia intacta, y eso también es demasiado notable en otros escritores cubanos exiliados, cuéntenos por qué la cubanidad no se pierde

Todo parece indicar que los isleños en general somos más reacios a perder nuestros valores identitarios. Cuba era ya, desde el siglo XVII, un país globalizado, de grandes y ricas mezclas e influencias. La Habana era el puerto más populoso de las Américas hasta mediados del XIX. Por ello, los cubanos absorbemos con rapidez lo foráneo (a diferencia de otros isleños), pero raramente renunciamos a nuestros rasgos culturales esenciales.

Volvamos a su novela, háblenos de su estructura, por qué eligió contarla de esa manera, digamos un poco compleja, la narración da saltos en el tiempo, recorriendo varios países.

Es una saga que ocurre entre 1850 y 2010. En realidad una parte se refiere a España y Cuba entre 1850 y 1880, y la otra sucede en La Habana, Yucatán y Miami entre 2007 y 2010. Lo complejo es el sistema de personajes porque en el continente americano somos el resultado de historias entrecruzadas. Cuando reunimos nuestras ramas familiares y las historias de cada una de ellas tenemos para escribir varias novelas. En esta novela es necesario prestar atención a los personajes pues aparecen cuando menos lo esperamos.

¿Podría decirse que su nueva novela es bastante personal. Realmente, qué significado tiene esa atracción que ejerce hoy la autoficción, lo testimonial o confesional?

De personal hay poco, excepto la historia novelada de dos tatarabuelos que fueron militares españoles y la de dos tatarabuelas criollas cubanas, sus esposas. En cambio, los personajes y situaciones del siglo XXI son pura ficción literaria.

Para terminar, no puedo dejar de preguntarle sobre el cambio que está teniendo Cuba, desde el restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos. Hay quienes ya hablan de que la Isla se convertirá en una Barcelona chiquita o hasta en una especie de Nueva York con la sabrosura del Caribe. ¿Usted qué cree, será posible eso?

Comparado con el país que dejé en 1991 es cierto ha habido grandes cambios. La prueba es que muchos regresan a vivir allá, cuando antes eso era impensable y toda salida era definitiva. Espero que el país no se convierta en una Barcelona, fundamentalmente por una razón: el tufo nacionalista es una traba, un obstáculo y una tara para muchos pueblos, y la razón por la que Cuba dejó de ser el país abierto y maravilloso que era hasta los 1950 para convertirse durante décadas en uno de los más herméticos del mundo. Ojalá tampoco se convierta en una Nueva York pequeña en donde se vive pendiente de escapar de lo efímero y la vida acelerada en cuanto llegan las vacaciones. Bastaría con que Cuba volviese a ser aquella isla generosa y abierta al mundo en donde tenían cabida todos, independientemente de las ideologías y maneras diferentes de ser. Es hacia esa dirección, y hacia la tolerancia del otro, hacia donde deberían dirigir los próximos cambios.

¿Ha pensando volver a vivir en Cuba, regresaría a escribir desde Cuba?

No lo sé. Eso es algo que depende siempre de muchas circunstancias imprevisibles. Creo que para escribir sobre París, o sobre Europa, en donde he vivido 28 años, lo ideal sería que lo hiciera desde Cuba. Como para completar un ciclo. Tomar distancia es vital. Mirar en retrospectiva, desde la lejanía, es para mí lo ideal. Pero eso, como dije, casi nunca depende de uno, sino de factores externos: Esos factores y actores que envenan siempre la vida de los seres humanos en muchas ocasiones y que todos padecemos, de una u otra forma.

Sobre el autor

William Navarrete (Cuba, 1968). Vive en Francia desde hace más de veinte años. Cursó estudios de Historia del Arte en la Universidad de La Habana, y de Civilización Hispanoamericana en la Universidad de La Sorbona París IV. Ha trabajado como periodista, conferencista, curador de arte y traductor. Ha publicado unos veinte libros de ensayo, poesía y narrativa, dirigido varias antologías y colecciones de literatura, y obtenido diversos premios y reconocimientos por su obra. En 2015 obtuvo la beca de creación del Centro Nacional del Libro en Francia. En francés ha escrito dos volúmenes sobre la música cubana, un libro de cuentos y varios ensayos literarios, así como diccionarios de hechos y personajes insólitos de Cuba y la Florida. Su primer libro de poesía, Edad de miedo al frío, recibió el premio Eugenio Florit del Centro Cultural Panamericano de Nueva York. El último, Animal en vilo, fue publicado en México por la Universidad Autónoma de Nuevo León (Monterrey, 2016). Sus dos primeras novelas, La gema de Cubagua (Madrid, 2011) y Fugas (Tusquets, 2014) fueron incluidas en el catálogo de La Cosmopolite, dirigida por la editorial francesa Stock. Deja que se muera España es su tercera novela.

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Ausente en Colombia

Ausente en Colombia. Viaje de un mes: Bogotá, Villa de Leyva, San Gil, Barichara, Manizales, Armenia, Pereira, Filandia, Medellín, etc, etc, hasta terminar a fines de enero en el Hay Festival de Cartagena de Indias:

Fotos del viaje en febrero. Feliz año nuevo desde Bogotá

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