Castelsardo – Cerdeña (22)

Otro pueblo maravilloso del norte de Cerdeña: Castelsardo. Su ciudadela, con el castillo, la basílica y las vistas del sol en el poniente valen más que la pena. Mi penúltima visita durante el periplo que me llevó a descubrir esta maravillosa isla.

Un sitio además donde se come muy bien.

Castelsardo 2

 

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Santa Teresa Gallura – Cerdeña (21)

Santa Teresa Gallura se halla en el extremo noreste de Cerdeña. La ciudad reverbera de blanco y azul. Y desde la costa se ven los acantilados de Bonifacio (Córcega) y las islas Lavezzi (en las fotos se ven en el horizonte). Hay muchas playas. Todas maravillosas. Nosotros estuvimos en Rena Majori. Dan ganas de bañarse en todas. La ventaja con respecto a la Costa Smeralda es que aquí hay una población autóctona que vive y que uno frecuenta diariamente.

Santa Teresa Gallura 2

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Costa Smeralda – Cerdeña (20)

La mítica Costa Smeralda lo es no solo por sus hermosas playas y fondos marinos de una transparencia inigualable, sino porque es sinónimo de un turismo de lujo que se concentra esencialmente en los puntos de Porto Rotondo y Porto Cervo. Se trata de dos estaciones turísticas creadas por el Aga Khan IV y otros empresarios a principio de los años 1960 para atraer a magnates y celebridades, dispuestas a pagar fortunas solo por estar en el sitio en donde “hay que mostrarse en el verano”. Un poco como Portofino o Saint-Tropez, pero en más exclusivo, aunque más feo también, ya que todo fue artificialmente creado para ello en los 1960-1970, con ese estilo un poco cacafuaca de California que es una reminiscencia de esto, de aquello y de lo otro, sin mucha alma y todo en su lugar.

Aún así, vale la pena recorrer estos sitios pues hay verdaderos pueblecillos de pescadores, los paisajes son espectaculares, las playas increíbles y siempre queda alguna que otra vieja finca que visitar.

Un poco de mi recorrido aquí:

Campos de San Pantaleo:

Cala Stintino:

Polto Quatu:

Porto Rotondo:

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Escribo sobre Teresa Fernández Soneira, en El Nuevo Herald

Escribo sobre “Mujeres de la Patria”, libro de la investigadora Teresa Fernández Soneira, exiliada en Miami. Es el segundo volumen de una obra esencial para conocer el papel desempeñaado por la mujer cubana en el siglo XIX. Y segundo de la serie.

Enlace directo: El Nuevo Herald / Teresa Fernández Soneira / reseña William Navarrete

teresa

Las mujeres en la historia de Cuba

William Navarrete* / El Nuevo Herald / 30 de octubre de 2018

Viaja hasta París el segundo volumen de Mujeres de la patria (Ed. Universal), un libro de la investigadora cubana Teresa Fernández Soneira, nacida en La Habana (1947). El primero de la trilogía prevista, lo publicó en 2014, en la misma casa editorial, y se refería a las mujeres que habían sobresalido en la historia cubana hasta el fin de la primera guerra contra la metrópoli (1868-1878). El que ahora nos ocupa, abarca el periodo de la guerra de independencia de 1895.

La autora lo ha sido también de otros ensayos relacionados con la historia de la educación y las Juventudes de Acción Católica en Cuba, fiel a su formación inicial en el Colegio del Apostolado del Sagrado Corazón, en Paseo y 21, Vedado, primera institución fundada por monjas cubanas en 1891.

Tiene razón la investigadora al recopilar esta información. El papel de la mujer cubana ha sido mucho más importante que lo escrito en los manuales de Historia, y, en no pocos casos, nombres y hechos han sido borrados de un plumazo por los historiadores.

¿Quién recuerda hoy día quién fue Irene Herrera Laferté, mujer negra, habanera, que aliviaba con su música la vida de los insurrectos cubanos en la manigua? ¿Quién menciona a Rosario Dubrocá Rodríguez de Osorio, fundadora de un hospital militar en San José de las Lajas para atender a los mambises heridos? ¿Quién a la holguinera de adopción Mercedes Sirvén Pérez-Puelles, doctora en farmacia y patriota ejemplar que llegó a ser comandante del Ejército Libertador?

El libro de Fernández Soneira añade un capítulo singular: ‘‘La mujer negra en la sociedad y en la guerra’’, algo que me llamó mucho la atención, por cuanto no es tema en el que se haya ahondado mucho. La autora debe haberse dado cuenta de su papel crucial, así como de la necesidad de dedicarles un aparte. Algunas fueron incluso prósperas hacendadas, como María Herculánea Corina Cunill, Matilde O’Bourke y Desideria Hernández, en la zona de Cienfuegos. También patriotas: Lucrecia González Consuegra, de Sancti Spíritus, o Teresa Pérez Nicot, de Baracoa, y otras.

El libro evoca las reconcentraciones de Weyler, verdaderos campos de concentración entre los primeros del planeta, y la mujer confinada, pero también aquella que alzó su voz para denunciar los crímenes del poder colonial. Hay especial mención para las enfermeras mambisas (como Gabriela Azcuy Labrador, Rosa Castellanos ‘‘La Bayamesa’’ y la pinareña María de la Luz Noriega Hernández).

Por otra parte, la autora rastrea la labor de las congregaciones religiosas de monjas en los ámbitos sanitario y educativo. Ahí están las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, al cargo de varios hospitales; las Siervas de María, las Religiosas del Apostolado, aunque también algunas religiosas norteamericanas, así como la sureña Clara Barton, presidenta de la Cruz Roja en su país, que realizaron una gran labor humanitaria.

Le siguen las páginas dedicadas a las ilustres camagüeyanas, holguineras y orientales en general, implicadas en la independencia: Eva Adán Betancourt, Gabriela de Varona, Caridad Agüero Betancourt, María Aguilar Borrero o Emilia Bernal de Agüero (todas de Camagüey), Cristina Pérez (de Guantánamo) y las mujeres de las familia Feria-Garayalde, Castellanos y Miró (de Holguín), y 700 más.

Aparecen también aquellas que desde el exilio de Nueva York, Tampa, Cayo Hueso o América Latina, recaudaban fondos y alentaban a los hombres en la Isla. Entre ellas, Elena Borrero, Manuela Boza, Caridad Carmenatti, Ana María García Menocal, Chalía Herrera, Rosalía García Osuna, Clemencia Gómez Toro, Isabel Machado Mesa, Magdalena Peñarredonda Doley, y otras exiliadas y desterradas.

Mujeres de la patria es una labor paciente que asocio a aquella del bordado de las primeras enseñas nacionales por las esposas de los mambises. Teresa Fernández Soneira ha urgado en una extensa biblografía (que ofrece en uno de los anexos), entrevistado descendientes, interrogado a personas relacionadas con estos temas. Es este el tipo de labor que queda para siempre en manos de generaciones futuras. La autora lo sabe. Lo que ignora es que también se ha convertido en una de esas mujeres que hoy rescata.

* Escritor cubano, residente en París

wnavarre75@gmail.com

 

Presentación del libro:

1° de diciembre, 11h 00

Salón Varela. Ermita de la Caridad.

3609 South Miami Avenue, Miami.

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Golfo de Orosei – Cerdeña (19)

El mítico Golfo de Oresei y sus calas y playas inaccesibles en coche. Simplemente paradisíaco. Como dije anteriormente es mejor hospedarse en Dorgali o en sus inmediaciones y visitar las calas o bañarse haciendo viajes de ida y vuelta para evitarse el sitio hortera y cutre de Cala Ganone. Son muchas las playas, muchas también las vistas estupendas, y el agua cristalina, la arena blanca, la temperatura ideal. Una vez más me sentí como si estuviera en uno de esos cayos fabulosos del archipiélago de las Bahamas, u otras islas del Caribe.

bahia sardinia

Bahía Sardinia

 

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Escribo sobre Ana Mendieta / El Nuevo Herald

Hoy escribo en El Nuevo Herald sobre Ana Mendieta y la exposición que en estos momentos exhibe el Jeu de Paume en París. Una artista fuera de los común, una víctima más del desarraigo y de sus propios fantasmas. Una creadora fuera de serie, visionaria, adelantada a su tiempo. Leerlo aquí:

Ana Mendieta en París: el tiempo y la historia / El Nuevo Herald / William Navarrete

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Ana Mendieta en París

* Por William Navarrete / El Nuevo Herald / 25 de octubre de 2018

Reúne prácticamente todas las condiciones que dan vida a los mitos. Murió joven y en condiciones oscuras. Tenía un talento desbordante y su obra se hallaba en plena madurez. Se había granjeado el interés del mundillo de arte, tan poco dado a privilegiar a las mujeres cuando no entraban en sus moldes. Y había aportado algo diferente al ámbito de la creación de la década de los 1970. Era Ana Mendienta, artista cubana y americana, llegada desde Cuba a Estados Unidos, durante el programa llamado Pedro Pan, en 1961. Entonces tenía doce años, una edad en la que ya se puede hablar de desarraigo cuando se ha dejado atrás el lugar natal.

El Jeu de Paume de París, uno de los centros de arte contemporáneo más prestigiosos de Europa, dedica, en colaboración con la galería Katherine E. Nash, de la Universidad de Minnesota, una retrospectiva a la obra de esta malograda artista, nacida en La Habana en 1946 y fallecida en Nueva York en 1985. La muestra se extenderá hasta finales de enero.

Desde sus primeras obras, Mendieta demostró estar obsesionada con el cuerpo – con su cuerpo – no de forma narcisista, sino tratando de entenderlo como una conexión con todo lo que la rodeaba, en un flujo constante entre esa entidad y el mundo exterior. La muestra dedica una sala al periodo inicial en que la sangre, como en ciertos ritos religiosos, es parte esencial de algunos de sus performances (todos filmados). De los 18 filmes que realizó sobre este tema, entre 1972 y 1975, la exposición presenta cuatro. Se piensa inmediatamente en ciertos rituales afrocubanos, pero Mendieta iba cada verano, a partir de 1970, es a México, un sitio en donde subyace una cultura precolombina en la que la sangre fue también un elemento de comunión entre el hombre, los dioses y la tierra.

México se manifiesta una vez más en las dos etapas siguientes, presentadas en dos salas distintas: el fuego y el árbol de la vida. Una vez más es su cuerpo el que está en juego. Su silueta (Siluetas, se llama esa serie) se incendia, las marcas que deja en la tierra las devoran las llamas, la materia se consume y se regenera con el tiempo. Parte de la tercera etapa la concibe en Iowa, estado en el que realizó estudios de arte y a donde llegó con su hermana de 14 años al salir de Cuba.

El doble desarraigo de Ana Mendieta pudiera explicar lo descarnado de su obra. Su madre demora (retenida por el gobierno cubano) cinco años en volver a reunirse con sus dos hijas, que, mientras tanto tienen que vivir en familias de acogida durante los difíciles años de la adolescencia. Su padre, preso en Cuba por haber participado en la guerra civil contra el régimen castrista en bahía de Cochinos, no sale a Estados Unidos hasta 1979. Ana durante vivió 18 años la ausencia del padre. A menudo, la artista habló de la tierra como madre, a Ana Mendieta le faltaron durante un periodo esencial de la vida sus dos madres, y para colmos, también el padre.

En 1980, la artista regresa a Cuba. A esta etapa la muestra la coloca bajo el signo de la reconciliación de la artista con su pasado, con sus fantasmas, con la Isla. En Cuba trabaja en las Escaleras de Jaruco, allí esculpe cuerpos a la Venus de Willendorf en las paredes de dos cuevas (una serie de Esculturas rupestres), y en la playa de Guanabo, donde deja su propia silueta en la arena, que se va borrando lentamente por efecto de las olas. A Mendieta la obsesionaba también el efecto del tiempo, de la erosión, de la naturaleza, sobre su propia creación. La manera en que la huella se borra y solo perduran, como reminiscencias, en las prácticas místicas. Esta cuarta y última etapa es la del agua, elemento comiunicante entre la Florida y Cuba, como deja entrever con la marca de su cuerpo en la arena de alguna playa de Key Biscayne.

El Jeu de Paume exhibe un documental realizado por Raquel Cecilia Mendieta, sobrina de la artista, que reúne imágenes familiares, momentos de la vida de la artista, comentarios estéticos. La muestra, titulada ‘‘El tiempo y la memoria me cubren’’ resume muy bien la convicción de Mendieta de que la dimensión del tiempo es un misterio y su versión asimilada por los hombres, la historia, su pálido reflejo.

Yo descubrí a Ana Mendieta gracias al artista cubano-americano César Trasobares, una de las personas de obligada consulta si se quiere estudiar el fenómeno de la primera Generación Miami de artistas, quien pudo entrevistar y frecuentar a la artista. Eso sucedió en Miami, a mediados de los años 1990 y César me llevó a ver, en Little Havana, una ceiba en cuyo tronco Mendieta había ‘‘sembrado’’ vellos de su pubis y realizado unas incisiones en rojo que imitaban la forma del sexo femenino. Recuerdo que le comenté que había que ser muy atrevido para, siendo cubano, hacer algo así en una ceiba. Fiel a sus propios principios sobre el efecto erosivo del tiempo, de aquella obra perduraban, haciendo muchos esfuerzos y con deseos de ver alguna huella, unas ligeras marcas y alguna vellosidad que muy bien hubiera podido tratarse de otra cosa.

Mucho de este sentimiento perdura en su obra y el espectador que visite esta muestra en el jardín de las Tulerías de París podrá imaginar que murió con la misma intensidad con que vivió. Su defenestración desde una alta torre de Manhattan fue, sin dudas, su último performance, y las circunstancias en que esto sucedió conservará para siempre el misterio de su propia obra.

Ana Mendieta es ahora icono de muchas causas. Feministas, militantes contra la violencia de género, nostálgicos del body-art, del earth-art, artistas desarraigados y creadores independientes, reclaman su legado, se ven reflejados en ella, la llevan como estardante. Y es que suele suceder siempre así con los genios.

* Escritor cubano residente en París

wnavarre75@wanadoo.fr

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Dorgali – Cerdeña (18)

Dorgali es uno de esos pueblos sardos que tal parece no han cambiado en siglos. Al este del Supramonte es el paso obligado para los que van al golfo de Orosei y sus míticas calas solamente accesibles en barco. No obstante, la gente pasa por Dorgali sin detenerse y van, como ganado, a amontonarse en el espantoso pueblo artificialmente diseñado para turistas de Cala Ganone (que fue en el pasado una pequeña aldea de pescadores).

Como no hago nunca como los demás me quedé tres días en Dorgali, exactamente en este lugar paradisíaco, a apenas 10 minutos del pueblo:

Cedrino 6

Por las  noches cenaba en el pueblo, y así fue como descubrí una fiesta local, la del otoño, que se celebra por toda la Barbagia, y en la que salen los jinetes, se canta y baila polifonías sardos, se bebe, come y comparten especialidades locales. Una belleza de fiesta en la que hasta los niños pequeñitos bailan las danzas tradicionales, pues en Cerdeña (a diferencia de Francia) no tienen complejos con sus raíces, con las tradiciones, y no consideran “ringarde” (cutre) su propia cultura. Por eso mismo, como no tienen problemas con la identidad, a nadie se le ocurre convertirse al Islam, por ejemplo.

Dorgali 1

Dorgali 2

Las viudas son un espectáculo. Van por decenas a la iglesia, de negro perfecto de pies a cabeza, como mi bisabuela en Cuba o las abuelas de algunos españoles hasta antes de la movida de los años 1980:

 

Dorgali viudas 9

Por estas fiestas se comen los ricos chiviricos (que así les llamamos en Cuba) y que en otros lugares el mundo – en casi todos – se hacen con diferentes nombres y formas.

chiviricos

Más de Dorgali en su contexto:

Dorgali 9

 

 

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Serra Orrios – Cerdeña (17)

Continú con el viaje a Cerdeña.

Aquí la aldea nurágica de Serra Orrios, en la trastierre de Dorgali, al pie del Supramonte. Se trata de un pueblo de la Edad de Bronce (1600 adC) del que se conservan las estructuras de 49 cabañas y dos templos. El sitio tiene el encanto de las ruinas prehistóricas de toda la isla, pues se halla en medio de un campo de olivos, rodeado de un monte de arbustos bajos típicos de la región. Las aceitunas, que no recoge nadie de una estación a otra, forman casi una alfombra a ambos lados del camino de piedra que conduce a la antigua aldea.

Las piezas que se han hallado (vasos, instrumentos, peines, recipientes, etc.) se encuentran en el Museo Arqueológico de Dorgali, o sea, en el pueblo actualmente habitado.

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“Ventanas”, un libro de entrevista a escritores latinoamericanos, de Glenda Galán

Fruto de cinco años de entrevistas que la escritora dominicana Glenda Galán ha hecho a autores de América Latina, Ventanas es un libro de 322 páginas publicado recientemente por la Editorial Cátedra Pedagógica y contiene además los retratos de cada autor realizados por la artista Jennie Santos ( a quien agradezco ya por mi retrato y a Glenda por la idea).

Entre los autores entrevistados: Carmen Boullosa, Antonio Ortuño, Roxana Méndez, William Navarrete, Enzo Maqueira, Sergio Gutierrez, Ariadna Vásquez, Rey Andújar, Josefina Báez, Claudia Salazar, Raquel Abend van Dalen, Carlos Aguasaco, Rubén Sánchez, Víctor Manuel Ramos, Rosa Silverio, Juan DIcent, Junot Díaz, Jorge Galán Wendy Guerra, Maricel Mayor Marsán, Joaquín Badajoz, Manuel A. López, Anjanette Delgado, José Ignacio Valenzuela, María Juliana Villafañe, Gloria Hernández, Ana Cecilia Blum, René Rodríguez Soriano, Homero Pumarol, Frank Báez, Denisse Español, Martha Rivera-Garrido, José Mármol, Tony Raful, Pedro Cabiya, Luis O. Brea F. y Scherezada (Chiquito) Vicioso.

Más información: en Dominicana en Miami (página de la autora)

Presentación de Ventanas en la Feria del Libro de Miami, en noviembre de 2018

Presentación de Ventanas en la Feria del Libro de Bogotá

Ventanas, Glenda Galan

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Mes Lueurs voilées du Sud dans la revue NUNC de poésie

Merci à Patricia Dao pour cette jolie critique de mon recueil de poésies Lueurs voilées du Sud, édition bilingue français-espagnol, publié par les Editions Oxybia (Grasse, 2017). Parue dans la revue de poésie NUNC, n° 45, à Paris.

Gracias a Patricia Dao por esta linda crítica de mi poemario Lumbres veladas del Sur, en su edición bilingüe francés-español, publicada por las Ediciones Oxybia (Grasse, 2017). En la revista parisina NUNC de poesía, n° 45.

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